El adversario
Una mañana de enero de 1993, en la tranquila comarca francesa de Gex, cerca de la frontera con Suiza, Jean-Claude Romand asesina a su esposa y a sus pequeños hijos, una niña de 7 años y un niño de 5: a la mujer le aplasta el cráneo con un rodillo de repostería y a los niños les dispara con una carabina.
Una mañana de enero de 1993, en la tranquila comarca francesa de Gex, cerca de la frontera con Suiza, Jean-Claude Romand asesina a su esposa y a sus pequeños hijos, una niña de 7 años y un niño de 5: a la mujer le aplasta el cráneo con un rodillo de repostería y a los niños les dispara con una carabina. A la noche, de visita a sus padres, emplea la misma carabina para matarlos también, después de cenar con ellos. Cuando regresa a su hogar, donde aún yacen los cadáveres de sus primeros asesinatos, toma barbitúricos y prende fuego a la casa. El intento de suicidio, sin embargo, falla, y unos días más tarde despierta del coma. La comunidad del vecindario consideraba a Romand un amante de su familia y un destacado científico de la Organización Mundial de la Salud, pero pronto surge en estas valoraciones la explicación de sus crímenes. "Calmado, mesurado, obsequioso a las expectativas del interlocutor", Romand es también un mentiroso fenomenal que engañó a su familia, a sus vecinos y amigos durante más de 18 años. Aun durante su convalecencia, se descubre que no trabaja ni trabajó nunca en la OMS, y que jamás se recibió de médico porque abandonó sus estudios en los comienzos de la carrera. La revelación, emparejada con la naturaleza atroz de sus asesinatos y el alto nivel de vida del que gozaba, despierta la curiosidad del escritor Emmanuel Carrère, autor de El adversario pero, también, uno de sus personajes centrales, porque asistirá como periodista en el juicio y se carteará con el homicida para descubrir "lo que pasaba en su cabeza a lo largo de aquellas horas de vacío transcurridas en autopistas y estacionamientos de cafeterías", lugares que suplían sus oficinas imaginarias y en los que, forzosamente, mataba el tiempo antes de regresar a casa.El episodio precursor de las mentiras de Romand fue su ausencia en un examen clave del segundo año de Medicina. Las razones de la falta no están claras (desde no haber oído el despertador hasta un suicidio que lo deprimió), pero ese acontecimiento principiaría su larga cadena de imposturas. La ficción de la vida de Romand, edificada tímidamente sobre el éxito profesional y el prestigio que refractaba de él, detona cuando comprende que ya no podrá mantener la arquitectura de piruetas bancarias gracias a las cuales sufragaba sus gastos. Lo cerca un descubrimiento inminente (la estafa a su amante, Corinne), y el trastorno que esto le provoca, la proximidad de un desenmascaramiento vergonzante para su familia, fomentará su decisión extrema. Los engaños a parientes crédulos, sin embargo, irán más allá del timo cuando ilusione a un enfermo de cáncer con una medicina experimental tan cara como inexistente.Subyace en El adversario la seducción de la historia verídica como propuesta y un argumento atado a la fidelidad del testimonio, un non fiction capoteano sin la figura del reportero inquisitivo y tenaz, pero, como toda gran obra, la fuerza de la verosimilitud está dada por la forma elegida para contarla. La prosa aquí explica y después informa, como si se diera la definición de una palabra primero para develarla después. El relato avanza de ese modo, la sensación de expectativa crece por el aliento del dato escondido. Un recurso cuya resolución se advierte a veces muchas páginas más adelante, pero que también funciona en el mismo párrafo ("Luc explicó que Jean-Claude era investigador de la OMS... Un gendarme telefoneó: no había en la OMS ningún doctor Romand"), huellas temáticas con antecedentes reconocibles gracias al arte de Carrère y a la hechicería de la historia.

