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Desayuno en Tiffany’s

En el momento real de la escritura de Desayuno en Tiffany’s habían ­pasado muchos años desde la última vez que Truman vio a su amiga Holly, de modo que no será su ausencia, o la nostalgia por esa ausencia, el disparador de la trama.

13 de marzo de 2016 a las 12:05 a. m.
Desayuno en Tiffany’s

En aquel tiempo remoto, Truman (Capote, 1924-1984) era un escritor en ciernes que vivía en un edificio de piedras rojas en el East Side de Nueva York, cuyo departamento, desamueblado y estrecho, contrastaba con el lujo del de su célebre vecina del piso de abajo, Holly Golightly. Era el primer año de la Segunda Guerra Mundial y la austeridad que el Estado imponía a los ciudadanos no parecía afectar la rutina de una reina de la noche como Holly, una starlet provocadora que decía vivir de las propinas de los hombres excéntricos que desfilaban por su vida como en una fiesta eterna. Ella era, por su juventud y talento, la punta de la pirámide de esa fauna que flotaba en la atmósfera kitsch del mundillo elegante de la ciudad y que dejaba su huella, para bien o para mal, en las regatas de los fines de semana y en las revistas del corazón.En el momento real de la escritura de Desayuno en Tiffany's habían ­pasado muchos años desde la última vez que Truman vio a su amiga Holly, de modo que no será su ausencia, o la nostalgia por esa ausencia, el disparador de la trama.Será, en realidad, una foto que llega a manos del escritor (una escultura africana de la cabeza de Holly tallada por el artista de una tribu) la excusa para escribir los recuerdos de aquellos años. "Fred" –como ella lo había rebautizado en honor a un hermano que estaba en la guerra– regresa al edificio de piedras rojas, a aquel verano de inicios de los años 1940, cuando a Holly le faltaban dos meses para cumplir los 19 años y ya era una consumada playgirl que cantaba y tocaba la guitarra, se presentaba a sí misma como "viajera" y dominaba con virtuosismo los secretos de su oficio.Los primeros datos que el escritor sabe de ella se cuelan en el texto de un modo tangencial, mientras fisgonea en los papeles de cartas abiertas que ella solía dejar tirados junto a su puerta.Así descubrirá a una lectora de ­folletos de viajes y publicaciones as­trales que fuma con boquilla y sobrevive a base de tostadas y queso blanco, pero también a la destinataria de mensajes de soldados que desde el frente le reprochan que haya dejado de escribirles. "Recuerdo y te extraño y llueve y escribe, por favor, eran las palabras que más a menudo se repetían en esas tiras de papel".Un secreto confesado es el primer cráter del argumento y el que relanzará tempranamente la amistad entre los dos: una vez por semana Holly va a la cárcel para visitar a un narcotraficante que le paga por esos encuentros. El núcleo narrativo de la confesión aparecerá de golpe tironeado por dos pode­rosas fuerzas anecdóticas que se conocerán tan pronto como decanten las consecuencias legales de esa relación, sorprendente, turbia, potencialmente delictiva, con el mafioso.Una de ellas apurará el destino de Holly, en medio de la angustia por un despecho amoroso; la otra terminará de trazar el perfil del personaje en retrospectiva, cuando, una vez develado el origen de la muchacha, se comprenda ese deseo de provisionalidad y trashumancia que la empujará a dar vueltas por el mundo.Siempre en busca de ese lugar libre, idealizado pero impreciso, que la haga sentirse del mismo modo como sólo la célebre joyería neoyorquina podía hacerlo ("Quiero seguir siendo yo cuando una mañana, al despertar, recuerde que tengo que desayunar en Tiffany's"), un paraíso arrogante que de algún modo la convirtió en lo que es y en lo que, como decía una canción que ella acompañaba con su guitarra, nunca dejaría de ser: "Una muchacha que no quiere dormir/ que tampoco quiere morir/ que sólo quiere seguir viajando por los prados del cielo".