"Democracia es consenso pero también disenso”
Para Francisco Delich, es un gran avance que hoy la democracia argentina tenga continuidad más allá de sus vicios y defectos. Admite su preocupación por la discusión de “viejos paradigmas ideológicos” en los círculos intelectuales, porque entiende que llegó el momento de terminar con algunos debates obsoletos.
La larga trayectoria de Francisco Delich en el ámbito académico le permitió trazar puentes con la política y la función pública, actividades en las que incursionó en varias oportunidades. Hoy reconoce que la política práctica le hizo sentir que usurpaba un lugar y que está tranquilo con su actual rol de simple observador. –¿Qué es la democracia hoy en Argentina? –Es una idea que aún está echando raíces culturales. Hay que recordar que los argentinos atravesamos un péndulo de medio siglo, en el que se alternaron golpes de Estado y gobiernos elegidos por el voto ciudadano, situación que dio forma a una fuerte cultura no amigable con la democracia. Para el poder, el sistema democrático fue entonces una variable de ajuste que había que sacrificar con el pretexto de salvar la república. –¿Cuál es la clave del proceso de consolidación democrática que, pese a las dificultades, sigue hoy vigente en Argentina? –En 1983, nuestro país tuvo una transición a la democracia no pactada, a partir de la decisión de Raúl Alfonsín de enjuiciar a las juntas militares. Eso significó una medida metapolítica, una decisión de valor, asentada por supuesto en la recuperación de los derechos humanos. Entiendo que eso permitió que hoy la sociedad argentina se mantenga leal a la democracia más allá de todos sus defectos y vicios. Y a la vez los ciudadanos aceptan los derechos humanos como valor fundante de la cultura democrática, un valor que atraviesa todas las ideologías y partidos. –Esa consolidación democrática no está exenta de algún retroceso... –Todavía aparecen latigazos del pasado porque aún prevalece la vieja cultura del péndulo. A veces parece que mejora nuestra capacidad de diálogo, pero no logramos dejar atrás ciertos lastres. Algunos sectores creen que la democracia es el gobierno de la mayoría, pero la democracia es la mayoría y la minoría, es el consenso pero también el disenso. La dirigencia siempre se negó a aceptar la negociación y, sobre todo, los pactos políticos. Esa actitud constituye nuestro límite cultural. –¿Qué responsabilidad tiene la propia sociedad en los retrocesos de la democracia? –En la sociedad existen prácticas que no son fáciles de erradicar. Una sociedad como la nuestra, por ejemplo, es muy proclive a legitimar las transgresiones, mientras en otros países son rápidamente señaladas. Me refiero tanto a las pequeñas como a las grandes transgresiones, incluyendo por supuesto la corrupción. Aquí hay responsabilidad de las elites, porque no son capaces de conducir y avalan ese tipo de comportamientos. –¿Qué rol juegan las elites intelectuales en la consolidación democrática? –Siento en las elites intelectuales una incapacidad para ir a fondo con la ruptura de los paradigmas ideológicos que están usados, deteriorados, pero que todavía se repiten y siguen circulando. Esa actitud es un freno al desarrollo democrático. El rol de los intelectuales y cientistas sociales es muy importante y a veces tengo la sensación de que no estamos a la altura de las circunstancias. En los años '80 había que terminar con la idea de la revolución armada y fundar la idea de la revolución democrática; hoy llegó el momento de terminar con discusiones en las cuales no hay más nada para agregar. –¿Qué debate le parece obsoleto actualmente? –Creo que no se debe discutir más la inflación. No hay ningún lugar en el mundo donde alguien pueda decir que esto sirve, porque cuando se produce un proceso de esa naturaleza, hay una búsqueda desesperada de sobrevivir individualmente y se rompe el pacto colectivo. Es como querer poner de nuevo carretas y bueyes en el tiempo de Internet. Si nos seguimos atando a determinados paradigmas, las condiciones de reproducción de la democracia se hacen difíciles. –¿Cómo imagina la Argentina del poskirchnerismo? –Tengo la impresión y la esperanza de que este período va a concluir naturalmente, en tiempo y forma. Es un gran avance saber que no hay reelección posible y que la democracia va a continuar. Pero las opciones políticas por ahora están más cerca del carisma que de la institución; y lo que hace falta, en realidad, es un poco más de institución y un poco menos de carisma. Las condiciones que uno imagina para el 2015 pueden ser disimuladas por el carisma, pero no resueltas con la misma herramienta. –¿Por qué habla de la tensión entre democracia y república? –Porque son dos instituciones con tradiciones diferentes, cuya buena relación hay que cuidar. La república nos ofrece las garantías de libertad, de derechos; mientras la democracia significa la posibilidad de expresión pero también de transformación de la sociedad. Entramos en un terreno peligroso cuando en nombre de la democracia se impulsan acciones o discursos que empujan a la república hacia sus límites o cuando en nombre de la república se genera temor sobre el demos . El desafío central es la búsqueda de un necesario equilibrio. –¿Cómo se puede resolver esa tensión? –Debemos tratar que la defensa de las instituciones no genere un orden conservador inconmovible, mientras que el demos tiene que encontrar su propio orden en correspondencia con la naturaleza de la democracia pero también de la república. Es muy difícil el desafío para una historia como la nuestra, en la que durante 53 años se mató a la democracia en nombre de la república, ahogada a su vez en nombre de la democracia. –Usted advierte que las elites argentinas se forman en las universidades privadas. ¿Qué consecuencias tiene eso para la democracia? –La universidad pública siempre aseguró que se construyeran elites en un espacio común para ricos y pobres que podían llegar a completar sus estudios. Hoy, las universidades públicas, pese a que son 50, perdieron terreno frente a las universidades privadas. Ese fenómeno es preocupante por los sesgos y la extrema selectividad que produce dentro de los espacios intelectuales. –¿Cómo puede recuperar espacios la universidad pública? – Tenemos que aceptar que las universidades se convirtieron en grandes terciarios, por lo que el futuro de la formación de las elites y del mejor conocimiento está en el nivel de posgrados. La Universidad de Córdoba, por ejemplo, va por buen camino porque multiplicó los posgrados de cuarto nivel y los doctorados, a la vez que comenzó con la etapa de posdoctorado. En ese nivel tenemos la oportunidad de retomar la vanguardia, para darle a las elites democráticas un mayor alimento intelectual. –¿Cómo ve la trunca experiencia de Carolina Scotto en el Congreso de la Nación? ¿Es un fracaso del mundo académico en la política? – Me dio mucha pena. Yo puedo comprenderla porque hice la misma experiencia. Habría que preguntarse por qué una intelectual valiosa como Carolina no encuentra un lugar en la política. Desde mi experiencia, estoy seguro de que la política práctica la rechazó. Y no quiero imaginar lo que deben haber sido esos meses en el bloque del Frente para la Victoria. –¿Usted también sintió el rechazo del mundo de la política? –Yo también lo sentí, claro que sí. Lo que la política práctica nos hace sentir, en definitiva, es que no somos de ahí, que estamos usurpando un lugar. Yo sentí eso muchas veces.
Perfil
Francisco Delich es abogado y doctor en Derecho por la Universidad Nacional de Córdoba. Realizó estudios de Economía y Sociología en la Universidad de París.
Fue rector normalizador de la Universidad de Buenos Aires (UBA) (1983-1986) y rector de la UNC (1989-1995). Ocupó cargos en la función pública durante los gobiernos de Raúl Alfonsín y de Fernando de la Rúa, fue convencional constituyente (1994), senador nacional por la UCR (1997-1999) y diputado nacional por el Partido Nuevo (2005-2009). En la actualidad, es profesor emérito de la Universidad Nacional de Córdoba y director del Doctorado en Estudios Sociales de América latina y del Posdoctorado en Ciencias Sociales del Centro de Estudios Avanzados de la UNC.

