De rector a pastor
Después de más de ocho años de conducir la Universidad Católica de Córdoba, este jesuita, cordobés de origen, termina su gestión y regresa al conurbano bonaerense para estar más cerca de la feligresía. Entre tanto, quedan sus sensaciones y opiniones de lo vivido aquí.
Cuando el sacerdote que oficiaba la misa llegó al momento de la consagración, el joven Rafael abandonó su banco y salió presuroso de la iglesia. Sus pensamientos se habían vuelto perturbadores: es que durante toda la ceremonia había dejado crecer un sentimiento que le sublevaba los latidos del corazón. Creía haber encontrado un destino para él: ser cura.
La pregunta era si Dios quería que él fuera cura, o acaso, era su pregunta más esencial. Pero se fue de la iglesia porque no era lo que hasta entonces había entrevisto para el andar de las alas de sus pies. Pensaba en su militancia política en la democracia cristiana (recién había regresado la democracia, en 1983, y la intensidad de la hora ganaba voluntades y corazones), en su barra de amigos, su liderazgo en travesuras y otras transgresiones en el barrio General Paz (ciudad de Córdoba), en el fútbol (fanático de Belgrano y protagonista en las canchas de los vecindarios de alrededor) y, sobre todo, pensaba en su novia…
Conmovido por la revolución que andaba en su pecho, fue, como se suele hacer en estos casos, a consultarlo con su mejor amigo. “No serías mal cura”, le dijo Fernando, para su asombro.
Él no pensaba que aquel que era líder en tantas aventuras y actividades sería entendido en su gran decisión. Al resto de sus amigos le costó un poco más, pero al final admiraron su vocación.
De parte de sus padres, Jorge y Lila, siempre tuvo apoyo. “Eran católicos practicantes de un catolicismo lúcido y, aunque no rezaban todo el día, iban a la misa de los domingos. Los dos eran docentes universitarios, así que crearon un clima del que me nutriría después. Cuando fue la gran discusión de 1958 sobre educación laica o religiosa, ellos militaron a favor de la oportunidad de la creación de instituciones religiosas como la Universidad Católica. En cuanto a mi decisión, me dejaban absoluta libertad. Cuando les dije de mis intenciones de ser cura, me felicitaron y a la vez me dijeron que las puertas de casa siempre estarían abiertas si es que cambiaba de parecer. Después, con el tiempo, me enteraría que mi mamá siempre rezó para tener un hijo cura”.
Claro, los tres hermanos mayores, Jorge, Lucas y José, habían elegido otras profesiones, y la última esperanza para Lila era Rafael, aunque cuando lo vio de la mano de una novia, se consoló pensando en que tal vez pudiera serlo un nieto.
Sí, a esa muchacha por la que iba a misa todos los días para verla, para conquistarla, ahora debía enfrentarla y decirle que la vida los separaba. “Lo más traumático fue dejar a mi novia, la mayor dificultad y el mayor dolor”.
Córdoba, antes y después
Rafael Velasco elegiría ser sacerdote jesuita. Un punto de partida había sido sus charlas con el padre-poeta Osvaldo Pol, en el mundo sin tiempo que transcurría en la manzana de la Compañía de Jesús, en pleno centro de la ciudad; entre otros maestros decisivos. Después marchó hacia el Noviciado, en San Miguel, y luego pasó a estudiar Teología y Filosofía… Y fue en una de las parroquias de San Miguel en las que dio su primera misa.
–Cuando se ordenó sacerdote, ¿para qué servicio se sentía más capaz?
–Nunca dejé de sentir vocación por la misión pastoral, por estar cara a cara con las personas. También me atraía lo que tenía que ver con la espiritualidad; de hecho, en España había ido a trabajar sobre los retiros espirituales para los jóvenes.
–Pero desde muy joven, poco tiempo después de su ordenamiento, sus superiores lo habían visto con dotes para la educación.
–Como que apenas tenía 31 años cuando me designaron rector del Colegio del Salvador, en Buenos Aires. Fue una decisión que no había pedido, como ha sucedido hasta aquí. De todos modos, como dije otras veces, no es lo que más me gusta pero lo hago con gusto. Pasé cinco años en el Colegio, que bien había conocido en mis años de formación.
–Entonces lo de la Universidad Católica de Córdoba llegó por añadidura…
–No lo sé… por lo pronto, yo había empezado a realizar mi última etapa de formación cuando fui convocado por el Superior Provincial (en la estructura de la Compañía, los provinciales están a cargo de las provincias en que se dividen las jurisdicciones, en este caso, la provincia abarca a Argentina y a Uruguay) para el cargo de vicerrector de medios universitarios de la Universidad Católica de Córdoba. Fue en 2004, y al año siguiente me designaron como rector.
–¿Cómo fue regresar, esta vez ocupando un rol destacado en la comunidad, como lo es nada menos que ser rector de la UCC?
–Fue como volver a hacerme cordobés; muy intenso el reencuentro con mi familia y con mis amigos del grupo juvenil cristiano, del colegio secundario. La gente no me reconocía como cordobés en la tonada.
–¿Cuáles eran las ideas principales que usted traía al Rectorado?
–Cuando asumí como rector tenía muy claro –aunque para algunos no haya sido bien visto– que la universidad es un lugar público, es decir que tiene la oportunidad y el deber de decir una palabra pública. Yo he expuesto mi opinión como hombre creyente y hombre de universidad privada.
–La gran polémica inicial en su mandato llegó con la entrega de la distinción “honoris causa” a Estela de Carlotto, presidenta y fundadora de Abuelas de Plaza de Mayo.
–Fue un episodio muy interesante, que se hizo público en febrero de 2006 y abrió una polémica no siempre sana. Es que alguna gente tiene la idea de que el rector se levanta y decide “hoy haremos tal cosa”. Pero el honoris causa es uno de los acontecimientos más democráticos en nuestra vida universitaria, pues es el Consejo Académico el que vota y resuelve. Para más, la presentación había venido de parte de Arquitectura. Fueron necesarias dos sesiones del Consejo para llegar a una definición. Yo voté a favor y después defendí mi voto.
–¿Qué fue lo peor de esa polémica?
–Me impactó mucho tanta intolerancia. Podía entender que unos estuvieran en contra, pero no de la manera en que tantos se expresaron. El episodio más llamativo fue la renuncia de un exdecano a su cátedra quien, además, mandó su renuncia por Internet. Me empezaron a llover toda clase de insultos, incluso amenazas, aunque también apoyo.
–El episodio también ilustraba sobre lo que era una parte de la sociedad cordobesa en acción.
–Creo que recordé lo que era Córdoba. Hay un sector que se cree dueño de la Iglesia y, tal vez, también de la Universidad. No entendía la virulencia que despertaba el hecho de que le diéramos el premio a una organización que ha trabajado por los derechos humanos, que silenciosamente ha logrado recuperar ya más de un centenar de nietos. Muchos de los que se enojaron es porque en su momento tomaron partido y tienen intereses y posiciones que defender. Y sobre estas cuestiones, la Iglesia aún tiene una deuda.
–O sea que vio el rostro conservador en toda su intensidad.
–Córdoba tiene una característica bastante conservadora en algunos estamentos sociales, pero la impresión que tengo, después de estos más de ocho años, es que hay muchas cosas que han cambiado, que no se parecen a las de mi adolescencia. Hay más naturalidad. Por ejemplo, que una persona se separe y se vuelva a unir con otra ya no representa un escándalo. Otro ejemplo es que hay pluralidad de expresiones políticas.
–¿Y dónde está ahora esa Córdoba?
–Todavía existen aquellos grupos, pero tienen menor peso a nivel social. Quizá lo sigan teniendo a nivel político y judicial, porque hay clanes, familias. Son conservadores precisamente porque quieren conservar el poder que han conseguido. Siempre he tratado de no frecuentar esos lugares.
Heridas de diciembre
–¿Qué lectura hace de la sociedad luego de los recientes saqueos?
–Lo viví con mucha pena, mucho dolor. De repente fue un todos contra todos y todos pensando en lo propio. La Policía pensando en sus reclamos… Estoy seguro de que si les preguntamos, van a seguir sosteniendo que actuaron bien. Es una locura, si la sociedad les da la posibilidad de portar armas no es para que la extorsionen sino para que la defiendan. No quita esto sobre la legitimidad, pero hay modos y modos de ejercerlos. Luego, las autoridades provinciales que sólo pensaron en salvar su ropa echándole la culpa a otro, sin aceptar su incompetencia en un hecho que se podría haber evitado. Y la Nación que, chicanas de por medio, dejó que Córdoba se hundiera sola.
–¿Cuál cree que será una de las heridas más difíciles de superar?
–Más allá de la sensación de abandono que sufrió toda la sociedad, lo que quedó después es la estigmatización de los pobres; se abrió más aun esa herida medio racista que tenemos. Ahora, cualquier chico en una moto es un potencial delincuente y no un pibe que está laburando, buscando salir adelante. Entre los que robaron muchos no eran pobres, pero al día siguiente, el día de la vergüenza, se señaló a una clase: los pobres son negros y ladrones.
Volver a las fuentes
–En estos más de ocho años que ha estado al frente de la UCC, como decía al principio, ha hecho de su palabra una palabra pública, a través de sus columnas en los diarios, de su militancia en diversas organizaciones. Eso también se trasladó a la política de su gestión.
–El concepto fue alcanzar para la universidad una política integrada de calidad académica y compromiso social, concretada en numerosos proyectos. Se hicieron muchas cosas antes en ese sentido, pero creo que hemos logrado profundizarlas. Eso me pone contento. Por mi parte, he participado de muchas iniciativas desde la reanudación de la Asamblea Permanente de Derechos Humanos, en Córdoba, pasando por actividades con el Comipaz, en la ONG Un techo para mi país, en la Red Ciudadana Nuestra Córdoba, junto a la UNC y otras instituciones, en la revista La Luciérnaga, los sábados en la misión en Villa Angelelli, o nuestra militancia en el caso Malvinas Argentinas.
–¿Cómo resumiría la situación de ese conflicto?
–La ley dice que antes de la instalación y el funcionamiento de la planta que quiere hacer Monsanto, es necesario un estudio de impacto ambiental y una consulta a los pobladores a través de una asamblea o referéndum. Ninguna de las dos cosas se hizo. Decir que van a construir nada menos que 130 silos y después es posible prohibir el funcionamiento es una hipocresía. No se trata de demonizar a la empresa, sino de que la población tiene derecho a que el Estado los proteja.
–¿Por qué se va?
–Mi segundo mandato concluyó en 2011, y me pidieron que siguiera. Yo estuve de acuerdo, pero quería que apenas fuera posible se me reemplazara. Si uno pide la alternancia de los gobiernos públicos, lo mismo tiene que hacer en estos casos, porque si no, son las instituciones las que terminan adaptándose a los hombres y no al revés.
–¿Y cuáles son sus sensaciones?
–Estoy muy contento de mi paso por la UCC, pero a la vez siento alivio porque es una gran responsabilidad la que termina. Además, yo pedí volver a San Miguel, en el Gran Buenos Aires, para hacer un trabajo pastoral. Hace casi 20 años que me fui y sé que muchas cosas han cambiado, como la presencia de la droga, por lo que tendré que aprender. Pero es un desafío interesante. Siempre he tenido la necesidad de vivir la cercanía con la gente de un modo más real, sentir la fe desde otro lugar. Es volver a lo básico del cristianismo.

