Crimen político en barrio Güemes
Hace 80 años, el asesinato del dirigente socialista José Guevara evidenciaba el poder y la impunidad del fascismo en la provincia. El hecho nunca se esclareció.
Tras el golpe militar de 1930, que llevó al general José Uriburu a la presidencia de la Nación, los principales dirigentes del movimiento de la Reforma Universitaria de 1918 pasaron a engrosar las filas del Partido Socialista. El objetivo era construir una trinchera de contención al avance del fascismo y del autoritarismo. En mayo de 1931, Uriburu reconoció a través del Ministerio de Guerra la legalidad de la Legión Cívica, organización paramilitar creada a imitación de las Camisas Negras de la Italia fascista (Milizia Volontaria per la Sicurenza Nazionale), cuya preocupación principal era vigilar, castigar y, en muchas ocasiones, asesinar a opositores al régimen autoritario. En este contexto, las estrellas intelectuales del movimiento del '18 fueron los candidatos del Partido Socialista en las elecciones de noviembre de 1931: Gregorio Bermann (gobernador), Deodoro Roca (intendente) y Arturo Orgaz (senador). En esta ocasión, el PS, columna vertebral de la Alianza Civil, obtuvo los mejores resultados electorales de su historia política. Orgaz fue elegido senador y los socialistas obtuvieron, además, diputados provinciales provenientes de las filas de los trabajadores: José Guevara y Argentino Gallegos (empleados de farmacia), Francisco Mulet (zapatero), Juan Corzo (maquinista ferroviario), Miguel Ávila y Juan Cirulli (sastres). Desde la mirada de estos intelectuales y trabajadores socialistas, la defensa de los valores de la democracia y el liberalismo político constituían un baluarte por defender y un piso desde el cual avanzar hacia transformaciones sociales más profundas.El 28 de septiembre de 1933, los socialistas habían organizado un acto en la intersección de las calles Belgrano y Achával Rodríguez, cerca de donde varias décadas antes se habían construido, por iniciativa del ingeniero Luis Revol, viviendas obreras (el actual Paseo de las Artes). Se trataba de un acto con cierto aire festivo, con una banda de música, familias, muchos niños y mujeres. Lo político, lo cultural y lo artístico se entrelazaban al estilo de la dinámica comunitaria y la pedagogía socialista de la época. Esa noche, cuando el estudiante de medicina Bernardo Movsichoff hablaba desde la tribuna levantada por el PS, un grupo de militantes de la Legión Cívica irrumpió al grito de "¡Viva el fascismo!", mientras el sonido de las balas aterrorizaba a los presentes. En estas circunstancias, cayó asesinado el diputado José Guevara, a la sazón director de Tribuna Socialista , periódico que editaban los socialistas cordobeses. La estrategia operativa del crimen fue descripta en la Legislatura por uno de sus compañeros de bancada, Miguel Ávila: "Los gritos que se han dado enfrente y los disparos que se han realizado desde allí no han sido nada más que para concentrar hacia ese lugar la atención de todo el público, mientras se lo asesinaba por la espalda. Esa ha sido la estrategia empleada y con resultados matemáticos, que demuestran que esos crímenes ya se han producido otras veces". La Policía intervino inmediatamente, pero para reprimir a los socialistas. El diputado Cirulli, ubicado al lado de Guevara en el momento de su asesinato, recibió un sablazo (de nada le valió su investidura, "Qué me importa que seas diputado", le espetó el policía). Movsichoff también fue duramente golpeado. Antes de iniciarse el acto, el jefe de Policía, Julio de Vértiz, hizo saber a Guevara, por intermedio del comisario inspector Pauli, que se aplicaría el edicto policial sobre reuniones públicas "si los oradores se excedían en sus palabras". Guevara le respondió que felicitaría a Vértiz y a las autoridades policiales si tomaban idénticas medidas con los legionarios y fascistas.
Retrato de Guevara
José Guevara era hijo de trabajadores rurales del norte de la provincia de Córdoba. Perteneciente a una familia de criollos nativos residentes en Totoral (pedanía Cañada de Río Pinto), había abandonando la escuela primaria en segundo grado.
En contraste con otros socialistas, no era un hijo de la Universidad Nacional de Córdoba. Su vida laboral había transcurrido como empleado de comercio y de farmacia. Empezó a militar en el Partido Socialista a los 18 años (tenía 36 en el momento de su muerte).
Los orígenes de su afiliación fueron rememorados por el diputado Francisco Mulet: con ocasión de un acto público en Jesús María, se le acercó un muchacho con la intención de afiliarse. Era José Guevara, quien debió esperar un año para concretar su intención dado que tenía 17 años. Su prédica política se destacó por la crítica a los personalismos, el caudillismo y los líderes providenciales. Sostenía en un discurso pronunciado en 1931: “El Partido Socialista realiza una política de principios e impersonal (...). Toda nuestra acción responde al propósito de imponer las ideas por encima de los hombres. En nuestras filas se destacan los que más trabajan, los que más saben y los que mejor sirven al ideal socialista. Estas prácticas han hecho imposibles el personalismo y la funesta idolatría de los hombres entre nosotros (...). No soy caudillo electoral y mi partido no me permitiría tampoco que me arrogara facultades que no me acuerdan los estatutos, ni la educación ni las normas socialistas”.
Su lucha contra la “funesta idolatría” de los caudillos y las formas verticalistas y personalistas del ejercicio de la política entroncaba, por cierto, con el peso que los socialistas daban a la educación y con el ideario rebelde de la generación de 1918.
Su propia trayectoria biográfica –de niño pobre del sector rural con educación primaria incompleta a director del periódico de los socialistas cordobeses– era un testimonio de la fuerza de sus convicciones y capacidad de autosuperación.
Las responsabilidades políticas
En la mañana del día de su asesinato, el diputado José Guevara había sido recibido por el gobernador Pedro J. Frías. En la audiencia, le solicitó garantías para el desarrollo pacífico del acto por realizarse en la noche.
Sus temores no eran infundados. Unas semanas antes, el 6 de septiembre, los legionarios encabezados por Constantino Jair, que celebraban el aniversario del golpe de Uriburu en la plaza San Martín, agredieron con respaldo policial a un grupo de militantes socialistas.
El apoyo policial a los legionarios se manifestó en la detención de varios socialistas, entre ellos, el pedagogo Juan Zanetti. Ese mismo día, otro grupo de socialistas fue golpeado por legionarios uniformados en la confitería El Plata. En la noche del 6 de septiembre, los legionarios intentaron incendiar la propia casa de Guevara, quien radicó la denuncia en la seccional Séptima de Policía. Ciertamente, la tolerancia del gobierno conservador y de los poderes tradicionales hacia el accionar de la Legión Cívica era difícil de disimular.
El propio Arturo Orgaz recordaba al respecto en su texto
Hitler y los católicos
: “La Legión Cívica, que vio a varios de sus miembros imputados de un alevoso asesinato, era constituida por gran número de jóvenes católicos ‘de acción’, es decir, de revolver y cachiporra, y durante mucho tiempo, varios años, ocupó gratuitamente una amplia casa, sita en la calle Colón 716, de propiedad del Obispado”.
Para la élite cordobesa de la época, el principal peligro no era el fascismo, sino los sindicatos obreros, la izquierda y los jóvenes reformistas herederos del movimiento de la Reforma Universitaria. La prueba de esta complicidad encubierta de los factores de poder se verificó en el debate legislativo: el proyecto de declaración socialista, que pedía la destitución del jefe de Policía, Vértiz, y del personal superior que estuvo en el acto de barrio Güemes, así como la disolución de la Legión Cívica y el Partido Fascista, fue rechazado por el bloque del Partido Demócrata.
Una voz disidente y lúcida dentro de ese bloque fue la del diputado José Antonio Mercado: “En este país, el reaccionarismo legionario y fascista no tiene ni siquiera la justificación del ambiente popular”.
En efecto, en Argentina, y particularmente en Córdoba, la Legión Cívica careció del sesgo plebeyo que tuvieron las camisas negras en Italia. Reclutó sus adherentes entre jovencitos de familias patricias (que gustaban de realizar prácticas de tiro en cuarteles del Ejército y desfilar junto a los militares cada 9 de Julio en el parque Sarmiento), pero estuvo huérfana de calor popular. Fue, a lo sumo, una caricatura de su modelo italiano.
*Investigador del Conicet y Director del Programa de Historia Política de Córdoba de la UNC

