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Comprender los procesos globales para no fracasar

Entrevista al sociólogo mendocino  José Octavio Bordón le preocupa que en el actual proceso electoral no se discuta con profundidad la estrategia argentina en materia de relaciones internacionales.

05 de octubre de 2015 a las 12:01 a. m.
Gustavo Di Palma (especial)
Comprender los procesos globales para no fracasar
Para negociar con el mundo. “Es necesario alejarse del debate inconducente sobre qué alineación debe tener un país”.


Tras una larga trayectoria en el mundo de la política, José Octavio Bordón actualmente está dedicado de lleno al ámbito académico. Dirige el Centro de Asuntos Globales que depende de la Universidad Nacional de Cuyo, espacio en el que sigue con atención la forma en que Argentina se inserta en el mundo. Bordón acuñó el concepto de ­"poligamia diplomática". De esa ma­nera sintetiza su propuesta de aban­donar la discusión sobre las alineaciones de los países, para establecer un debate más abierto. En el último congreso orga­nizado por la Sociedad Argentina de Análisis Político (Saap), que tuvo lugar en Mendoza, disertó junto a Roberto Russell y Juan Gabriel To­katlián sobre el "orden mundial en transición". – Su idea de poligamia diplomática es una marca registrada. –Frente al creciente proceso de ­nuevos poderes que trascienden los estados, algunos legales como la ­transnacionalización de las finanzas y otros ilegales como el crimen organizado, que ponen en tensión el funcionamiento de la autoridad estatal y de las organizaciones internacionales que se ocupan del tema, observo que los países más dinámicos y relativamente más exitosos frente a esas problemáticas no se restringen a posiciones exclusivas. Es necesario alejarse del debate inconducente sobre qué alineación debe tener un país, para enfrentar de manera más amplia las relaciones interna­cionales.– ¿Qué países de la región tienen una estrategia inteligente en el planteo de las relaciones internacionales? –Brasil, por ejemplo, tiene un gran compromiso con la construcción de la Unasur y ratifica permanentemente que la prioridad estratégica es su re­lación bilateral con Argentina, pero al mismo tiempo conforma los Brics (Brasil, Rusia, India, China y Sudáfrica) y tiene un juego propio en el G-20. Por otra parte, pese a sus claroscuros, despliega una política muy activa y especial con Estados Unidos, sin ol­vidar una participación también in­tensa en instituciones como la Celac (Comunidad de Estados Latinoame­ricanos y Caribeños). Me parece, por otro lado, que hay un gran déficit en la comprensión del eje de asociación estratégica de Argentina. Si no hay valores u objetivos, cualquier país participa de 20 instituciones absolutamente confundido, sin saber qué busca en cada una de ellas.– ¿Los debates políticos que se observan actualmente en Argentina abren esa discusión que usted plantea? –Muy poco. Y es fundamental entender que no se puede tener una política de desarrollo nacional si no hay una estrategia clara de inserción internacional, si no se comprende lo que está pasando en el mundo. El centro que fundamos hace tres años y depende del rectorado de la Universidad Nacional de Cuyo, tiene fundamentos muy precisos sintetizados en una frase que no está escrita pero la repetimos en cada oportunidad: "Comprender los procesos globales que están ocurriendo no garantiza el éxito de nuestras políticas nacionales, pero desconocerlos pavimenta el camino al fracaso".– A partir del perfil de los tres candidatos con más posibilidades de llegar a la presidencia, ¿cree que desde diciembre puede cambiar el rumbo de las relaciones que entabla Argentina actualmente con países como China o Venezuela, o que se puede volver la mirada hacia Estados Unidos o Europa? –No deberíamos tener prioridades absolutas, salvo las que nos imponen la geografía o las que dirigen nuestras convicciones democráticas y de derechos humanos en algunos foros, con la aclaración de que los principios siempre deben acompañar a los intereses. Entiendo que no se trata de abandonar la relación con Venezuela, tampoco la importancia de tener una buena relación con China. Se trata de entender, en cambio, que para ciertas relaciones, entre las que debemos incluir a Rusia y sin dudas a Estados Unidos, es muy importante que esa vocación de integración que decimos tener nos llevara a actuar en forma conjunta, de acuerdo a nuestros intereses, con países como Brasil o Chile. En nuestro proyecto de relaciones internacionales en la Universidad Nacional de Cuyo pensamos en el desafío de una Sudamérica bioceánica, que no esté encerrada sólo en el Pacífico o el Atlántico, sino que busque oportunidades en ambos.– ¿Es cierto que, cuando usted era embajador en Estados Unidos, le dijo a Néstor Kirchner: "Vos querés un chancho gordo que pese poco", en alusión a su pretensión de manejar con disimulo la buena relación con ese país? –Esa es una frase muy mendocina, por cierto. Fue en momentos en que estábamos defendiendo nuestros intereses en torno al tema de la deuda externa, en términos razonables, justos y coincidentes con la visión del moral hazzard (riesgo moral) que tenían el presidente George Bush y su equipo económico, sin prescindir de nuestras grandes diferencias sobre otros temas, como la guerra en Irak, por ejemplo. "Vos estás muy contento por la negociación con Bush para que coopere con nosotros, por su nivel crítico frente al Fondo Monetario Internacional, pero no querés que nadie se entere", le dije un día, consciente de que eso era bastante difícil.– ¿Tiene justificación disimular la buena sintonía con determinados países? –Acordar temas con un país o con un presidente con los que uno no coincide en todo, no es ningún demérito. Al contrario, habla de la inteligencia de ponerse de acuerdo en temas específicos, sobre todo en este clima de tanta diversidad de situaciones que vive el mundo. Eso no significa no tener valores. Chile, por ejemplo, entendía que les convenía un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, mientras para Brasil y Argentina era distinto. Sin embargo, a la hora de manifestar una postura sobre lo que estaba pasando en Irak, los chilenos decidieron igual que nuestros países. Ellos no cambiaron su convicción, pero tam­poco trasladaron la diferencia por el tema Irak a un tema que consideraban de gran significación, como el acuerdo de libre comercio. – Seguramente la posición de Kirchner tenía que ver con su política interna. –Exactamente, pero quiero resaltar que finalmente Kirchner lo entendió. Le costó mucho, pero cuando el canciller (Rafael) Bielsa, el ministro de Economía (Roberto) Lavagna y yo logramos convencerlo, jugó con todo. Después entiendo que no tuvimos la misma habilidad para manejarnos en la cumbre de las Américas, al tratar el tema del acuerdo de libre comercio que para Brasil y Argentina no era bueno. Brasil fue más duro que nosotros en lo técnico, pero sin embargo fue amable para discutirlo. Aunque nosotros compartíamos con nuestros vecinos la misma postura, generamos más conflicto que el necesario. Recuerdo la frase de un gran diplomático argentino, "en la vida hay que tener los conflictos inevitables y evitar todos los conflictos que no sean necesarios", decía. Pero por supuesto que respeto la voluntad de Kirchner y del ministro Lavagna, a quienes acompañé, para hacer negociaciones firmes en función de los intereses del país. – Usted plantea que, a diferencia de la rigidez del bloque comunista, el capitalismo encontró en la socialdemocracia un mecanismo para aliviar sus tensiones. ¿Qué pasó en los últimos años con eso? –Cuando se planteó el fin de la historia en los años '90, se pensó que la socialdemocracia tenía sólo un sentido en el marco de la confrontación estratégica entre la Unión Soviética y Estados Unidos. Sin embargo, aquello que surgió como el fruto de reflexiones bismarckianas, en el gran pensamiento de Roosevelt y en algunas encíclicas papales frente a las crisis capitalistas, tenía que ver no solamente con un hecho moral sino con un hecho realista, como es el desafío de enfrentar y resolver los problemas de la ine­quidad y la injusticia. Sabemos que esas situaciones llevaron a un proceso global, incluso en los países más desarrollados, que se refleja en una tremenda concentración de la riqueza en pocas manos. Hoy tenemos un mundo no digo más pobre, no digo que viva peor, pero sí es un mundo más inequitativo y que está proyectando múltiples conflictos. Por eso es importante debatir el grave error de pensar que esas ideas inteligentes del siglo 20 fueron simplemente necesarias para encarar una confrontación estratégica, en lugar de aceptar su valor histórico basado en más justicia, libertad y ciudadanía.