Temas del día:

August Eschenburg

Ambientada en la Alemania prusiana de finales del siglo XIX, August Eschenburg cuenta la historia de los últimos fulgores de una decadencia, el arte de los autómatas, muñecos mecánicos accionados mediante los principios de la relojería.

05 de abril de 2015 a las 12:01 a. m.
August Eschenburg

Ambientada en la Alemania prusiana de finales del siglo XIX, August Eschenburg cuenta la historia de los últimos fulgores de una decadencia, el arte de los autómatas, muñecos mecánicos accionados mediante los principios de la relojería. La búsqueda de la pureza artística en contraste con su banalización constituye la tensión conflictiva de esta novela del neoyorquino Steven Millhauser, centrada en la figura de su exponente más genial de la época, un muchacho obstinado que buscará extender la vida de su oficio llevándolo a una perfección desconocida en la imitación de los movimientos humanos. El carácter huraño de August le confiere una especie de extraterritorialidad que lo inmuniza de las presiones de renovación a que lo someten sus mecenas, más preocupados por el negocio (primero la exhibición de los muñecos móviles en unas vidrieras, luego su progreso final al convertirlos en actores de teatro) y prestos a resignar excelencia para atraer a las masas. El surgimiento de una competencia fuerte, que pronto da pasos hacia la ordinariez, la grosería y la lascivia pornográfica, contribuye a sostener el conflicto y da pie para entrar en el terreno de la filosofía del arte, aquella eterna confrontación entre pureza, entretenimiento y necesidades comerciales. Pero August no tiene ninguna intención de halagar a un público corrupto, aquel populus alemán decimonónico que se encontraba inmerso en la transición entre dos épocas. Espíritu sensible y complejo, refractario a las modas y defensor de la belleza oscura del arte, estará dispuesto a expresar aquello que tenga que expresar sólo en un medio específico, como único modo de ser fiel a sus principios estéticos ("Tenía la ambición de insertar sus sueños en el mundo, y si eran sueños errados los soñaría solo"). Desprecia la sinecura del éxito porque lo sabe ligado con el relumbrón, la trampa tras el reconocimiento que lo encadenaría a los mandatos ajenos. Ya desde niño lo había seducido la posibilidad de que los juguetes pudieran moverse de tal modo que parecieran organismos vivientes. Por eso el empresario Hausenstein, quien lo admira y se encarga de su manutención, monta para él el Teatro Mágico (guiño a El lobo estepario , de Hermann Hesse), lugar donde August podrá representar obras clásicas con los cada vez más sofisticados muñecos como actores. El muchacho siente que la faceta comercial de las cosas es un accidente misterioso y divertido sin la menor relación con los engranajes, pero Hausenstein conoce el principio de novedad que sustenta a su negocio y lo va a defender. Intenta convencer a August de ceder a los dictados de las tendencias más modernas ("La novedad de hoy es el hastío de mañana"), aquellas que claman a gritos los últimos gustadores de los autómatas, arte obsoleto en vías de extinción cuyo destino ya lo ha condenado a una delicia de museo. Lo halaga diciéndole que nadie, excepto unos cuantos diletantes, es capaz de apreciar la belleza perturbadora de sus representaciones teatrales, que el público no está a la altura de la sensibilidad, la experimentación y la complejidad de sus obras. August responde temperamentalmente con lo mejor que sabe hacer, con lo único que está capacitado para persistir: la búsqueda de la obra maestra, aquella que superaría todas sus creaciones y las creaciones conocidas, una figura excepcional que diera la impresión inequívoca de respirar, pensar y sufrir. Desde aquella tarde remota cuando en la carpa de un mago se despertó su vocación, August Eschenburg sólo vivió para honrarla. Ha entregado sus mejores años a una pasión infantil y de pronto se descubre, casi sin darse cuenta, al final de su camino soñado.