Aprender a pedir ayuda
La historia de Mateo, Andrés y Lucas. “Lo importante –como dice la canción de los alpinistas– no es caer sino evitar mantenerse caído”, le decía Bergoglio, y agregaba: “Yo no soy quién para aconsejarte”.
Cansada de tanto estar cansada, Inés anduvo, durante meses, pateando su agobio como si llevara una bolsa de cemento sobre los hombros. Corrían los primeros meses del año y Mateo, su hijo, andaba mal. Una mezcla de drogas, una historia de dolores y malas decisiones lo tenían fuera de control. Durante mucho tiempo, Inés retuvo las lágrimas que se volvieron úlceras y le hicieron arder el estómago mientras buscaba, junto a Lucas, su marido, soluciones. Hasta que un día no pudieron más y tuvieron que internar a Mateo. Inés se derrumbó y Lucas fue su pilar, el que la alentaba a seguir, el que la ayudaba a conservar esperanzas. El dique que sostenía esa realidad insoportable se rompió y, de la mano de él, ella pudo dejar que drenara el dolor como si fuera agua, hasta que se le secaron todas las lágrimas y no quedaron más que su cuerpo y su mente agotados. Se tienen más que nunca, se quieren más que nunca. A partir de entonces, los tres buscaron comenzar a recuperarse. Una tarde sonó el timbre. Era el cartero del Papa. Un vecino que, viendo el calvario de su amigo Mateo, le escribió para contarle, para pedirle o para intentar entender. Y esa tarde venía con una carta de Francisco para su amigo. "Lo importante –como dice la canción de los alpinistas– no es caer sino evitar mantenerse caído", le decía Bergoglio, y agregaba: "Yo no soy quién para aconsejarte". "Grande el viejo", dijo Mateo y agregó una cuota de optimismo a su tratamiento. "No sé todavía qué es lo que tiene este Papa que con una sonrisa pone en orden el mundo, con una palabra armoniza las internas vaticanas y con unas líneas te devuelve las ganas de seguir viviendo", concluye Inés. Hace unos días, en la comunidad terapéutica armaron el arbolito y decoraron el salón. A Mateo se lo ve contento. En algunos casos, el brillo de la mirada habla de sus heridas que van cicatrizando, de sueños y proyectos. "Yo quiero trabajar y terminar el secundario, quiero volver con mi familia y reparar el daño que hice, quiero poder por mí mismo y, cuando no pueda, saber pedir ayuda". Mateo se está levantando lentamente; Inés y su marido juntos, también. Todos van a brindar el 24, con la esperanza genuina de los que necesitan seguir creyendo.

