¿Vuelve la socialdemocracia?
Ludolfo Paramio, reconocido intelectual español, sostiene que con la crisis financiera internacional "habría sonado de nuevo la hora de la socialdemocracia".
La crisis financiera internacional, abierta en 2007-2008 y aún irresuelta, podría significar el fin del ciclo neoconservador y el retorno de la socialdemocracia al poder. Pero para que ello sea posible, la llamada "izquierda democrática" tendría que saber reformular su alianza con distintos sectores sociales y encontrar un liderazgo nuevo y confiable. Esa es la hipótesis sobre la que trabaja el español Ludolfo Paramio, doblemente interesado en el tema, como político y como docente, en La socialdemocracia (Fondo de Cultura Económica, 2010), su nuevo libro. Un poco de historia. Una de las cosas que más le interesa a Paramio es demostrar la necesidad que tiene la socialdemocracia de renovar su identidad ideológica. Renovarla en el sentido de volver a ella y hacerla de nuevo, no de sustituirla o de transformarla en otra cosa. Recuperarla y revitalizarla, para decirlo en dos palabras. Por lo tanto, abre su texto revisando la historia del movimiento. La socialdemocracia nació en Europa al calor de la industrialización y la negación de una serie de derechos fundamentales a los trabajadores. Allí, en los barrios obreros, cuando se tomó conciencia de que se dependía de la solidaridad que se pudiera establecer entre iguales, se fue conformando una "contrasociedad" en la que se destacaron las asociaciones de ayuda mutua (las mutuales) y las organizaciones sindicales.Los partidos obreros que surgieron en ese contexto fueron los partidos de la democracia social. "La idea era reclamar una democracia no sólo política, sino una democracia que incluyera igualdad social, igualdad de derechos para todos", sostiene Paramio. Sin embargo, una cosa es defender los intereses del proletariado y otra muy diferente construir un programa nacional de gobierno. El primer paso en ese sentido lo dio la socialdemocracia sueca, en 1932: "La socialdemocracia no puede apoyar a una clase trabajadora a expensas de las restantes". En consecuencia, decidió incluir al campesinado y las clases medias en su programa. Eso produjo la necesidad de revisar un punto crucial: la definición del socialismo. Como dice Paramio, a partir de aquí el socialismo ya no sería "un modo de producción distinto, caracterizado por la propiedad social de los medios de producción", sino –y atención a la diferencia– "un proceso de creciente influencia de la democracia sobre la economía". Con esa redefinición, la socialdemocracia sueca se propuso maximizar la igualdad real, que es mucho más que generar igualdad de oportunidades.Hay un ejemplo de Paramio, acaso esquemático pero válido por lo gráfico, con el que se puede jugar un buen rato para ver lo que ese cambio significa. Supongamos un empresario y su chofer: igualdad de oportunidades sería que los hijos de ambos tengan acceso a una educación similar tal que el hijo del chofer pueda, esfuerzo mediante, convertirse en empresario y ascender socialmente; en cambio, igualdad real es, además, hacer posible que el chofer sea propietario de una casa tan cómoda y tan bien ubicada como el empresario, hasta el punto de, más allá de la relación laboral que los une, transformarlos en vecinos. En un caso, el resultado podría verse en la próxima generación; en el otro, el impacto es inmediato.Pero para que eso sea posible, mínimamente, el Estado debe cobrar altos impuestos al empresario, ser un buen recaudador y un eficiente administrador de esos recursos para brindar servicios sociales de calidad al hijo del chofer; y por otro lado, asegurar las condiciones para que el chofer gane un sueldo alto y para que el empresario, a pesar del aumento de sus costos (porque tiene que pagar impuestos y salarios altos), no traslade su empresa a otro país.En Suecia, estos son los valores que sustentaron el "contrato social" que permitió la construcción de un Estado de Bienestar tras la crisis de 1929. El resultado político es insoslayable: la socialdemocracia gobernó Suecia ininterrumpidamente desde 1932 hasta 1972. Cambia, todo cambia. La teoría económica de aquella primera socialdemocracia triunfante fue el keynesianismo. Sintéticamente dicho, John Maynard Keynes fue el economista que, al pensar en contra de la corriente que dominaba la economía a principios del siglo 20, propuso una dinámica basada en la acción gubernamental para controlar la actividad económica, refutando así la idea de que el mercado puede autorregularse, que sólo hay que dejarlo actuar porque naturalmente va a tender al equilibrio entre la demanda y la oferta y a la búsqueda del pleno empleo y de la máxima producción posible. Controlar la economía, según Keynes, le permitiría a un gobierno cualquiera, por ejemplo, actuar en tiempos de crisis a través del manejo del presupuesto: si la actividad económica disminuye, el Estado debe estimularla aumentando sus gastos, los que se financiarán con impuestos, emisión de dinero o endeudamiento. Por el contrario, cuando la actividad económica se expande demasiado, el Estado debe generar medidas que la restrinjan lo necesario. De allí que se habla del keynesianismo como una política económica en la que el Estado juega un papel contracíclico: si los actores económicos se deprimen, el Estado los estimula; y si se excitan demasiado, el Estado los deprime un poco.Desde la crisis de 1929 hasta la posguerra (y la consiguiente reconstrucción), se puede decir que Europa vivió una serie de trágicas circunstancias que contribuyeron a que la alianza entre socialdemocracia y keynesianismo fuera respetada y apoyada. Los socialdemócratas no sólo gobernaron en Suecia, sino también en Inglaterra, en Alemania, y hasta liberales y conservadores adoptaron en algún momento políticas keynesianas. Pero si así crecieron, contenidos y felices, los hijos de aquel empresario y su chofer, los hijos de aquellos hijos, en la década de 1960, sintieron la necesidad de criticar al sistema y de exigirle más derechos y libertades: querían saber si la empresa del abuelo dañaba el medio ambiente; se declaraban pacifistas, en contra de la carrera nuclear; reclamaban mayor libertad, fuera para abortar, fuera para definir su identidad sexual.Fue una lógica confrontación generacional, según Paramio: "Veinte años después de la guerra, los jóvenes no tenían experiencia directa de los horrores de ésta ni de las indecibles penurias de la reconstrucción. Habían accedido masivamente a la educación y vivían en un mundo en el que resultaba fácil encontrar empleo e independizarse. Esta libertad material y su mejor nivel cultural les hacían extraordinariamente reacios a la aceptación de las jerarquías tradicionales". Así las cosas, pusieron en jaque a la política. O se radicalizaron y acusaron a la socialdemocracia de burguesa, o se alinearon con las fuerzas conservadoras y condenaron a la socialdemocracia por burócrata y paternalista.Y entonces ocurrió la crisis petrolera de 1973, que llevó el precio del petróleo a las nubes y generó preocupantes picos de inflación, y el capitalismo financiero ganó espacio a costa del capitalismo industrial. La socialdemocracia se quedó sin respuestas. El modelo neoconservador. Así comienza, a fines de la década de 1970, lo que Paramio denomina como "el modelo neoconservador", cuyos máximos símbolos fueron, en su primera etapa, Margaret Thatcher y Ronald Reagan, y que, más tarde, entre nosotros se conoció como el "Consenso de Washington". Ese modelo, dice Paramio, "se ha caracterizado durante tres décadas por promover el recorte de los impuestos, la reducción de los servicios públicos, el acoso a los sindicatos, y a lo que representan, y por impulsar la ilusión de que la prosperidad de todos depende de que los más ricos aumenten sus ingresos, alejándose cada vez más del ingreso medio, y del acceso a través del mercado a los servicios que en el modelo socialdemócrata de sociedad constituyen servicios públicos esenciales". Los valores ideológicos más importantes de ese modelo se defendieron con argumentos que, directa o indirectamente, desacreditaban a los socialdemócratas. Para incentivar el esfuerzo, el ahorro y la inversión, se bajan los impuestos; el mercado, y no la planificación económica estatal, otorga libertad y crecimiento; la gestión privada de los servicios públicos asegura eficiencia. Todos esos giros discursivos fueron potenciados por la caída del Muro de Berlín, en 1989, y la consiguiente desaparición de la Unión Soviética. Como dice Paramio, lo que podría haber sido visto como un triunfo de la socialdemocracia sobre el llamado "socialismo real" –porque el fracaso del socialismo revolucionario sólo dejaba en pie al socialismo democrático–, en realidad fue presentado como el fin del socialismo. Y si faltaba algo para completar el cuadro, llegó la globalización.La imagen ideológica de la socialdemocracia se desdibujó por completo. Hasta el caso español, donde el socialismo llegó al poder de la mano de Felipe González en 1982, le sirve a Paramio para concluir que "los gobiernos socialdemócratas, después de la crisis de los años '70, no sólo se enfrentaban a la necesidad de una nueva política económica frente a la inviabilidad de la gestión keynesiana, sino que también se veían limitados en su capacidad de invertir en bienes públicos por el riesgo de sufrir la sanción de los mercados si incurrían en un déficit que éstos consideraran excesivo. Y a su vez, el crecimiento del déficit podía ser consecuencia de un choque externo o una crisis global, que ningún gobierno podía descartar ni prever". Una nueva oportunidad. Con todo, entiende Paramio, el modelo neoconservador se tambalea porque el corazón de su proyecto ha sido dañado gravemente. La crisis financiera internacional que comenzó en 2007 –al día de hoy, con final abierto– desacredita "el fundamentalismo del mercado" y deja a la luz "los aspectos socialmente negativos del modelo". Por lo tanto, "habría sonado de nuevo la hora de la socialdemocracia". Pero como "los cambios de modelo no se realizan sin cambios de gobierno", es imprescindible "la formación de alternativas políticas que propongan con credibilidad el cambio de modelo".En este sentido, señala como "el primer problema" de la socialdemocracia la reconstrucción de "la coalición que existió después de la Segunda Guerra entre los trabajadores industriales y las clases medias, incluyendo en éstas a los trabajadores de los servicios". Según Paramio, no hay muchas posibilidades en el presente de elevar considerablemente los salarios medios, de modo que sería racional para el grueso de la población que el Estado vuelva a brindar servicios públicos de calidad. Pero eso repercutiría en los impuestos porque demandaría un mayor gasto e inversión, y como la idea de que el Estado despilfarra los dineros públicos cuenta con abundantes ejemplos, es difícil que la clase media confíe en una propuesta semejante. Además, "para una familia que lleva a sus hijos a colegios de pago y tiene un seguro sanitario privado, optar por los sistemas públicos –por razones de ahorro o por convencimiento sobre la superioridad de los resultados– puede vivirse como una pérdida de posición social, como la admisión de un fracaso". ¿Cómo hacerle entender a la clase media, entonces, que mayores impuestos redundarán en una serie de beneficios sociales para todos, y que mandar los hijos a la nueva escuela pública que se construya con esos fondos, por ejemplo, no será símbolo de un fracaso sino todo lo contrario? Paramio sabe que hace falta algo tan difícil como el restablecimiento de la confianza: "Una condición para el regreso a una coalición socialdemócrata mayoritaria es un nuevo discurso que gane la confianza de las clases medias y revalorice el valor de lo público frente a su degradación –simbólica y a veces real– durante el ciclo conservador". La confianza es algo que se pierde de golpe y que se tarda mucho en recuperar. Según Paramio, es probable que exija "renovaciones significativas en el liderazgo de los partidos". Más allá de que uno pueda sospechar que esa frase está dirigida en particular al interior del socialismo español del que forma parte, no se le puede negar razón, sobre todo cuando reconoce que "el liderazgo no es algo que se improvisa; el agotamiento de un grupo dirigente no garantiza la aparición de un grupo alternativo". Parafraseando a Gramsci, entonces, tanto en su disputa con el neoconservadurismo como hacia su interior, la socialdemocracia debe recordar que lo viejo puede morir sin que lo nuevo haya nacido. En ese caso, habrá perdido una nueva oportunidad.
El libro. La socialdemocraciaLudolfo ParamioFCE, 2010Ludolfo Paramio (Madrid, 1948) es doctor en Ciencias Físicas. Formó parte de la dirección del Partido Socialista Obrero Español (Psoe) entre 1990 y 1997, y fue asesor del gobierno español entre 2004 y 2008. Es director del Programa de América Latina en el Instituto Universitario de Investigación Ortega y Gasset. Es autor de numerosos artículos publicados en revistas especializadas. Entre sus libros se destacan Tras el diluvio. La izquierda ante el fin de siglo (1988) y Democracia y desigualdad en América latina (1999).

