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Viaje a un planeta incierto

Cientos de cadenas de e-mails e informaciones imprecisas nos aproximan todos los días a un mundo conspirativo, hecho de medias verdades e inventos.

01 de agosto de 2010 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Viaje a un planeta incierto

En una ruta de la provincia de Entre Ríos, el conductor de un camión frigorífico se suicidó con un disparo en la cabeza cuando se descubrió que transportaba una docena de cadáveres de niños a los que les faltaban los órganos. Se aprobó la apertura de una mina de oro a cielo abierto que provocará niveles tan altos de contaminación suficientes para matar a buena parte de la población del valle cordobés de Traslasierra. Las hamburguesas de una conocida casa de comida chatarra están hechas con lombrices. En Tierra del Fuego funciona una base militar estadounidense que monitorea los recursos naturales de los que otros países piensan despojar a la Argentina. En las butacas de los cines dejan jeringas con sangre infectada con sida para que espectadores desprevenidos se las claven al sentarse. Un diario alemán afirma que Argentina va camino a su disolución y que sus habitantes sobreviven como en el Lejano Oeste. Los barcos pesqueros extranjeros arrojan cada día al mar Argentino cientos de toneladas de pescado que servirían para alimentar a medio país.

Las historias no dejan de fluir. Llegan una tras otra, se amontonan, se entreveran y reproducen. Son tantas, que dan luz a un mundo paralelo. Un ecosistema con sus propios habitantes predispuestos a lo improbable, convencidos de lo extraordinario, militantes de una realidad alternativa en la que conviven entre conspiraciones y riesgos mortales cotidianos. Un planeta al que se puede entrar y salir de a ratos.

Gracias a la red electrónica, su mejor hábitat, sólo con un clic una nueva historia puede ser despachada simultáneamente para que la lean miles de personas que a su vez la reenviarán a otros miles. No hay antivirus que funcionen contra la geometría expansiva de los rumores, las informaciones falsas y las mentiras que fatigan las casillas de los correos electrónicos.

Es imposible estar informado sobre todo. Por eso no es difícil que uno termine preocupado, temeroso, paranoico por la última homilía del profeta que recuerda que en dos años se cumplirá la profecía maya sobre el fin del mundo, o por la última predicción de un desconocido gurú económico que asegura el salto del valor del dólar y el regreso inevitable a la hiperinflación. No importa que no sea cierto. Importa que sea verosímil, que pueda ser creído y comentado. Ahí la rueda comienza a girar.

Historias en cadena. Desde el año pasado circula por las computadoras argentinas la historia del camión de una conocida empresa láctea que transporta cadáveres de niños y choca con otro vehículo, cuya conductora llama a la Policía y desencadena el suicidio del camionero al verse descubierto. La versión incluye detalles locales y, para conseguir mayor credibilidad, se apoya en prejuicios y conclusiones pesimistas más o menos compartidos. Por ejemplo, que las autoridades nacionales son inoperantes, que el Estado es incapaz de controlar el tráfico ilegal de órganos y que hay miles de niños descuidados por sus familias. Ese e-mail ha sido reenviado a millones de direcciones y mucha gente lo mantiene vivo y lo sigue reenviando porque cree que la historia es cierta. En realidad, se trata de un invento que circula a modo de leyenda urbana en varios países desde hace más de una década. Hasta hace poco circuló intensamente en México, donde el episodio se localizaba en una carretera del estado de Jalisco, con el nombre de otra empresa láctea y detalles vinculados al narcotráfico.

Otra historia muy recurrente en cadenas de e-mails refiere a una nota muy crítica sobre la Argentina actual que habría publicado el diario alemán Berliner Tageblatt . El artículo incluye numerosas apreciaciones terminantes sobre los políticos y la sociedad local que retratan al país como lo haría el más taciturno de los compatriotas. La realidad es que ese diario dejó de publicarse hace más de 70 años; no existe la persona citada como autora de la nota ni tampoco existe el militar argentino que, supuestamente, la puso a circular y firma el envío.

En las últimas semanas, otra cadena similar cuenta que el gobierno argentino se negó a apoyar económicamente a la banda militar del Regimiento de Patricios, que igual terminó ganando el concurso internacional de bandas en la ciudad alemana de Bremen. Esta historia fue subida a numerosos sitios de noticias de todo el país, y miles de lectores comentaron con indignación la falta de apoyo estatal a los campeones castrenses. Pero, la verdad es que ese famoso encuentro de bandas no es competitivo, es sólo una exhibición en la que ninguno de los participantes se consagra ganador de algo.

Hamburguesas y urani. ¿Quién no leyó la historia de las hamburguesas fabricadas con lombrices que vendería una conocida empresa internacional de comida rápida? Es una leyenda urbana que da vueltas hace décadas en Estados Unidos. ¿Y la de las agujas con sida en las butacas de los cines? ¿Y la de las hojas de afeitar en los toboganes de las plazas?

Las historias que vienen en alza son las relacionadas con el ambientalismo y la naturaleza. Una que circula con insistencia afirma que en el valle de Traslasierra, cerca de la localidad de Nono, se aprobó un emprendimiento minero a cielo abierto -de oro o de uranio, según la versión- que contaminará las cuencas de agua, destruirá el paisaje y provocará cáncer y muertes en la población. La mentira llega apoyada con planos del supuesto emprendimiento y fotografías de los lugares que serán arrasados. Es imposible que un proyecto así se haya aprobado porque, pese a los reclamos vigentes de las mineras, en Córdoba rige una ley que prohíbe expresamente la minería metalífera a cielo abierto. Pese a esto, esa invención integra la oferta informativa de centenares de sitios dedicados a defender cuestiones ecológicas.

Otro e-mail que tiene millones de envíos atribuye a una científica argentina de Bariloche, Dora Grigera, el envío de una nota publicada en Bélgica sobre la depredación pesquera del mar Argentino, que incluye cifras escandalosas sin sustento comprobable alguno. Llegó tan lejos la historia que la bióloga emitió un comunicado negando tener algo que ver con esa información. Otras cadenas de e-mails inundan las pantallas con imágenes de niños secuestrados o que necesitan trasplantes y operaciones urgentes, y piden que el mensaje sea reenviado a todos los contactos. Este tipo de historias, que atentan contra las situaciones en que realmente hay personas viviendo esas situaciones, son cazabobos para obtener listados de e-mails a los que luego poder distribuir correos no solicitados y spam . En ciudades como Córdoba y Buenos Aires, suelen incluir nombres de conocidos colegios o clínicas, para darles verosimilitud a las historias.

Mientras sea verosímil. En las últimas elecciones presidenciales en Estados Unidos el comité de campaña de Barack Obama debió lidiar sin descanso contra la historia de que el candidato no había nacido en Estados Unidos sino en Kenia. Miles de sitios republicanos la difundían como algo real y el tema era discusión permanente. El escritor Joe Bageant, en Crónicas de la América Profunda , cuenta cómo los asesores del actual presidente decidieron abrir un sitio en Internet en el que reprodujeron la partida de nacimiento de Hawai con calidad suficiente como para que cualquier persona ampliara cada trazo en su mínimo detalle y comprobara que no era falsa. Pero el efecto fue el contrario. Los convencidos del origen africano del candidato parecieron ver en esa publicación del acta una prueba más de que tenían razón: si fuera estadounidense, no habría necesitado publicar nada, dijeron.

El periodista argentino Miguel Wiñazki, en su trabajo La noticia deseada, desarrolló la hipótesis de que a muchas personas les resulta tan horroroso como insoportable enfrentarse con situaciones que no coincidan con sus creencias. Por lo tanto prefieren elaborar una respuesta que coincida con su deseo. "El modelo conspirativo -dice-, aquel que todo lo refiere a un plan urdido en las tinieblas por inteligencias malignas, resulta siempre funcional al deseo social. Porque explica lo inexplicable y conjura el absurdo". Por eso, por ejemplo, Alfredo Yabrán sigue vivo según la creencia de muchas personas, a las que no les importa no contar con una sola prueba que avale eso.

Más de una vez las dudas y el pensamiento conspirativo encuentran confirmación en situaciones en que se usó la mentira y se falsearon pruebas para incidir en la opinión pública. ¿Recuerdan la fotografía del pájaro empetroleado en la Guerra del Golfo "por culpa" del gobierno de Saddam Hussein, que había provocado un desastre ecológico, allá por 1991? Fue una mentira para conmover a la opinión pública; el ave había sido víctima de un derrame causado por un barco petrolero en Alaska. ¿Recuerdan las armas de destrucción masiva que justificaron la invasión de Estados Unidos a Irak y jamás aparecieron? ¿Recuerdan cuando numerosos canales de televisión, el mes pasado, pusieron al aire presuntas imágenes tomadas por un pasajero del vuelo de Air France que cayó al Atlántico y que en realidad pertenecían a la serie televisiva Lost? ¿Recuerdan la fotografía oficial de fin de año de la familia real española, todos muy sonrientes y unidos, pero que en realidad nunca se habían juntado y fueron pegados, uno por uno, usando un programa para retocar imágenes?La película que Clint Eastwood dirigió en 2006, Banderas de nuestros padres, cuenta la historia de la más famosa fotografía de la Segunda Guerra Mundial: un grupo de soldados que elevan la bandera estadounidense en la cima del monte Subachi tras la batalla de un mes en Iwo Jima en la que murieron 26 mil norteamericanos, en 1945. La fotografía resultó ser armada, ya que no correspondía a la escena original, y el gobierno la usó como herramienta de propaganda para convencer a la sociedad de que desembolsara más dinero para la guerra. Los ejemplos de ese tipo son innumerables. Grandes agencias de noticias, como Reuters y Associated Press, se han visto obligadas en los últimos años a reconocer que varias de sus imágenes, que luego publicaron medios de todo el mundo, resultaron ser fabricadas digitalmente. En algunos casos las fotos reunieron a personas que no habían estado juntas, agregaron misiles o humo inexistentes en escenas de guerra o falsearon tomas para lograr mayor dramaticidad.Percepciones cambiantes. Un experimento diseñado por la psicóloga Elizabeth Loftus de la Universidad de California y realizado por investigadores de la Universidad de Padua (Italia) en 2007 demostró que con imágenes trucadas hasta es posible alterar los recuerdos, esto es, modificar el pasado en la mente a través de la implantación de falsas memorias. A un grupo de personas le mostraron fotografías alteradas digitalmente de las protestas en la Plaza de Tiananmen, en Beijing, en 1989, y de una manifestación contra la guerra realizada en Roma en 2003. Los participantes del experimento terminaron recordando los hechos no como fueron sino como aparecían en las fotografías, que habían sido trucadas para sugerir que en ambas situaciones había habido más violencia que la que hubo realmente.Otros estudios buscan explicar por qué millones de personas se predisponen a creer en hechos que nunca existieron. El escritor y corresponsal de guerra estadounidense Chris Hedges sostuvo en su libro del año pasado, El imperio de la ilusión, que hoy conviven dos tipos de sociedades, una, minoritaria, basada en un mundo literario dominado por la prensa escrita, que puede lidiar con complejidades y distinguir entre verdad e ilusión; otra, cada vez mayor, que se aleja de un mundo basado en pruebas de realidad y que se apoya en falsas certezas y en una mirada mágica. Algo similar sostiene Pippa Norris, especialista en Política Comparada de la Universidad de Harvard que habla de una sociedad diariocéntrica, enfrentada a otra que sería tevecéntrica. La primera, con alto índice de lectores de diarios y más informada, que ella identifica con el modelo de países como Noruega y Japón, y la segunda, menos democrática y más epitelial, predispuesta a creencias sin arraigo real.Así vamos, viajando en colectivos con personas convencidas de que el hombre jamás llegó a la Luna, de que la caminata de Armstrong fue un montaje; nos encontramos con madres que creen que sus hijos son niños índigo enviados por seres extraterrestres para mejorar la humanidad; subimos en ascensores con desconocidos que están seguros de que sus vidas son regidas por intereses inmanejables y que la conspiración es la energía que sostiene el universo. Vivimos en un ambiente extraño. Somos extraños. No podemos distinguir lo verdadero de lo falso porque es imposible conocer todo, estar informado de todo. El mundo paralelo e irreal, hecho con ladrillos de rumores, inventos y ficciones, es también, inevitablemente, nuestro propio mundo.