Viajar con las palabras
Ana María Bovo, narradora de historias. Contar y generar relatos es el gran objetivo de esta narradora, que toma su trabajo como un desafío, como "un viaje temerario y generalmente muy hermoso".
–¿Cuál es el valor que tiene el relato narrado? –Tiene el valor de transmitir la experiencia. – ¿Hay algún aspecto en particular que usted resalte en sus narraciones? –Hay relatos en donde los conflictos son menores y lo más importante es el clima que se logra. En otros, suceden tantos acontecimientos que tenés que prestar menos atención al entorno para dar cuenta de lo que están sufriendo o padeciendo los personajes. Cada relato pide lo suyo. –¿Qué relatos la atraparon? –Todos los que cuento. Hay relatos que son fundantes en mi historia de narradora, algunos de Eráclito Sepúlveda, Fiesta en el jardín de Katherine Mansfield; Para dos pianos de Daniel Moyano. La lista es larga. –¿Ha tenido oportunidad de conocer a Cristina Bajo? –Me encantaría conocerla personalmente. Me interesa mucho su vida, su literatura, su persona. –¿Tiene a algún narrador o narradora como referencia? –Un narrador espontáneo fue mi padre, otra narradora espontánea maravillosa, que marcó mucho mi carrera, fue una tía abuela andaluza que se llamaba Ana María y que era la narradora de su pueblo. Por último y a nivel profesional, yo adhiero mucho a la estética y a la técnica actoral del narrador italiano Marco Baliani. –¿Cómo se pasa de escribir a relatar? –Siempre improviso las historias en voz alta, me las cuento a mí misma, soy la primera espectadora y voy acuñando cada frase sintiendo color, el sonido, la musicalidad y luego recién la llevo a la escritura. También hay cantidad de historias que las cuento en el escenario y que jamás tocarán el papel. –¿Cómo se relaciona con su auditorio? –Lo que se improvisa siempre es la adrenalina, que implica conocer un público nuevo. No hay oficio que alcance, hay algo muy trémulo, muy lábil, un temor. Pero lo que sí tengo acuñado en mi cabeza es un guión muy preciso que tiene el aspecto de un relato espontáneo porque yo lo vuelvo a ver por primera vez, se lo estoy contando a un público nuevo por primera vez. –Su público es un público por definición atento, va a escuchar un relato contado, no leído, ¿cuál es la diferencia? –Hay gente que va con mucha confianza al espectáculo porque ya cree en lo que yo hago o tiene alguna referencia o me ha visto, y siempre una persona muy amorosamente arrastra a otra para que venga y se inicie en escuchar relatos orales y yo tengo que conquistar también a ese público. –¿Momentos entrañables con el público? –Tuve una experiencia maravillosa en el pueblo de Amstrong, en Rosario, en un galpón, en un tinglado a la hora de la siesta, que conté para señoras que eran amas de casa y estoy segura de que ninguna de ellas había pasado la educación primaria y pocas veces gocé de un público que comprendiera tanto lo que yo contaba. Así que yo confío mucho en la sabiduría de la gente que sabe mirar la vida y aprende de su experiencia. –Tras un relato suyo, ¿alguna vez alguien intentó contarle una historia? –Yo les debo muchas historias a los espectadores, me han contado cosas bellísimas. Me pasó una vez que describí el jardín de mi abuela, no mencioné una puertita de hierro que había que se había hecho con la cabecera de una cama, pero el señor me dijo: "La puertita de la casa de mi abuela era igual a la de la suya", y yo no se la había nombrado pero él la había visto. Fue una cosa maravillosa, que aun lo que yo no dijo aparezca entre los sentidos del espectador, o mejor dicho que el espectador complete lo que yo estoy contando. Para mí, el gran desafío es ese: contar y generar relatos. –¿Cuál es el secreto para atrapar al público en un relato? ¿Qué es lo que no puede faltar en un relato? –Lo que no puede faltar es un conflicto. Pero lo que yo considero imprescindible es distinguir lo que no debe ser contado y sobre todo estar yo bajo el hechizo de ese relato. Sólo si yo estoy cautivada por ese relato podré transmitir ese hechizo a otros. No sé bien cómo funciona; sé que se pone en marcha si el relato es mágico para mí. –¿Se genera una mística que se puede sentir? –Uh, sí. Es lo más bello de mi trabajo: la mística, la densidad, el espesor del silencio en un auditorio muy grande o muy pequeño, es lo mismo. Muy hondo, muy antiguo, que se renueva como un grito ancestral que vuelve a suceder en medio de los ruidos urbanos, donde queda suspendido, y la gente va conmigo al lugar donde suceden los hechos, ya sea en una feria de diversiones en México, un barco que surca el mar del Norte, una mueblería de la ciudad de San Francisco de Córdoba. Es llevar a la gente al sitio donde ocurren las cosas, es un viaje temerario y generalmente muy hermoso. –¿La imaginación entre las palabras y la relación con el público? –Creo que cuando relato, aparentemente, la dueña de la elocuencia soy yo, pero no. Construyo de tal modo el relato como para que quede un espacio en el espectador, cuando esté silencioso, para construir sus propios relatos. O sea que la elocuencia se reparte en partes iguales y la gente se va de ahí con sus propios relatos para contar, no sólo los míos, los propios. Yo miro ese público y digo cuánta, cuánta literatura oral habrá esta noche flotando aquí y qué pena que no pueda conocer todas las historias que se generaron. La narración tiene un efecto multiplicador. –¿A través de su trabajo busca dejar el legado del relato? –En los talleres que yo doy se trata de eso. Viene gente de distintas edades y profesiones y la convocatoria es provocar el espacio y el tiempo de contarse experiencias y de volver esa experiencia relato. A mí me encanta que la gente se dé el tiempo y el tempo interno de bucear en su memoria y de encontrar que todos estamos habitados por textos y experiencias maravillosas que pueden interesar a un desconocido, que no sólo pueden funcionar en el ámbito de lo familiar. Recobrar ese espacio perdido por el placer de contar historias y de escucharlas. –¿Cuál es el lugar del relato en la actualidad hablando de ese tiempo y ese tempo? –Lo difícil es aun cuando uno quiera adquirir un hábito nuevo y saludable, cuesta hacerse el tiempo y cuesta un esfuerzo inicial, todo es el primer paso, todo es empezar. Pero yo diría que lo primero que hay que hacer es disfrutar de las historias ajenas y luego empezar a oírse las propias. A veces una narración telefónica es válida, un viaje en coche es propicio ya que casi no existe esa sobremesa con la televisión o la radio apagadas. Hay otros trayectos, quizá otros momentos en donde podemos contarnos cosas. Me hizo pensar en los radioteatros, esa es otra forma de relato que se ha perdido. Ojalá volviera un espacio parecido al radioteatro; ojalá las radios tuvieran la confianza de cederles el espacio a narradores de historias o a gente común que narre su experiencia sin temer que del otro lado haya un oyente que se aburre o hace zapping constantemente en una alternancia muy enloquecida de música, noticias, mensajes. Creo que hay que confiar en que la gente sabe o puede cultivar de nuevo el poder de su atención, no una atención fragmentaria sino dejarse llevar por un tiempo de relato más extenso. Que le regalen tiempo. –Tomando en cuenta el valor histórico que tiene el relato para la construcción simbólica de una sociedad, ¿cuál es el lugar que usted le daría en esta coyuntura? –Que está siendo despreciado, indudablemente. A mí me es imposible contar en televisión. Alguna vez me lo han pedido, pero ni bien me dice la productora "tenés tres minutos", cuando empiezo a contar comienzan a hacerme señas desesperadas de que corte porque el director cree que ese relato va a ser aburrido, o que no tiene la condición de tener imágenes intercaladas, de que la tensión del otro lado del espectador está pidiendo otra cosa. Entonces, con todos esos prejuicios es imposible que el relato acceda a los medios masivos de comunicación. Sufro ese prejuicio, me gustaría comunicarle a más gente la riqueza que tiene este género y que muchísimos narradores profesionales y espontáneos tengan acceso a los medios.
Ella es
Ana María Bovo nació en San Francisco (Córdoba) y es actriz, narradora oral, escritora, docente, dramaturga y directora teatral. Recibió la distinción Teatro del Mundo por la obra “Maní con chocolate” y “Hasta que me llames”, y fue nominada a los premios Clarín y ACE por la dirección de “Emma Bovary”.

