Vargas Llosa en Córdoba: mis historias toman un rumbo que nunca espero
Pasó fugazmente, casi tan rápido como la primera vez, hace ya muchos años. Lo hizo en su rol de escritor, pero también de firme defensor de las ideas liberales. Esto último, por las variadas interpretaciones que tiene el término en estas latitudes, lo convierte en sujeto de polémicas, discusiones y no pocos prejuicios. Video.
Mario Vargas Llosa nos recibió momentos después de que la Universidad Católica le entregara el doctorado honoris causa . Mejor dicho, los periodistas lo recibimos a él, que llegó al salón del primer piso de la Bolsa de Comercio donde lo esperábamos y en el que apareció después de parar cada medio metro a saludar, firmar autógrafos y conversar con sus anfitriones.
No aparenta los 77 años que tiene y llama la atención, aunque no debería, la impecable construcción de su discurso. Como si hablara sobre la base de un texto estudiado, gramática y sintácticamente perfecto. Es un lugar común de los demás latinoamericanos decir que los peruanos en general se caracterizan por el buen trato que brindan al castellano, pero en este caso se justifica ampliamente.
Con una afabilidad que no tienen muchos ignotos, se prestó a la charla como si nunca antes hubiera tenido que hablar sobre ciertos temas, como si no tuviera que volver a referirse a ellos vaya a saber cuántas veces más.
–Usted, un exponente de la literatura latinoamericana, ¿a qué otros autores de la región lee?
–Pues, contrariamente a lo que hacía cuando era más joven, no sigo tanto la actualidad. Leo mucho en función de lo que estoy haciendo. Mucho de lo que escribo me exige una investigación previa, que me obliga a leer. Ese es un aspecto muy interesante. Me gustan mucho el trabajo literario y la investigación. Aparte de eso, leo mucho a los clásicos, lo que quiere decir que releo mucho, y después leo autores contemporáneos, pero no sigo la actualidad como para opinar. Por eso no podría decir qué autores prevalecen. Lo que sí puedo decir es que la literatura latinoamericana está en muy buen pie. Tiene una vitalidad notable; se lee, se distribuye y se edita. Cuando yo era joven había muy pocos centros editoriales, México y Argentina prácticamente eran los únicos. Hoy, afortunadamente se edita muchísimo más; hay una circulación mayor, de tal manera que las vocaciones literarias tienen más estímulos que en el pasado. Creo que, además, hay una diversidad que antes no había. Antes, las tendencias estaban muy marcadas y se repetían. Fue el caso de mi generación; a veces se hablaba de realismo mágico como si todos escribieran literatura fantástica, o algo de la misma índole. Pero la verdad es que había unos comunes denominadores que hoy no existen. Lo que hay actualmente es una gran diversidad de temas, de estilos, de intereses literarios. Esa diversidad es una riqueza, indudablemente, y al mismo tiempo creo que hay una integración mucho mayor en el mundo de la lengua española. Antes había una frontera casi cerrada. Cuando yo recién comenzaba, no sabíamos en Perú qué se estaba publicando en Chile o en Ecuador o en Colombia. Eso no ocurre hoy; afortunadamente hay muchos encuentros, festivales literarios.
–¿Qué autores relee? ¿Cuáles son sus referentes?
–Faulkner, por ejemplo. Es un autor de cabecera para mí. Releo novelas del siglo XIX que a mí me marcaron muchísimo, de Flaubert, de Tolstoi, Balzac. Leo muchos ensayos y literatura contemporánea, desde luego, sobre todo cuando tengo indicios de que se trata de algo interesante. A diferencia de lo que ocurría cuando era joven, cuando creía que a los libros había que terminarlos aunque no me gustaran, ahora ya no hago eso. Si el libro no consigue concentrar mi atención, lo dejo.
–¿En qué está trabajando actualmente?
–Acabo de terminar una novela que se llama El héroe discreto . Transcurre en Perú, en Lima y en Piura, y tiene que ver con la gran transformación en la sociedad peruana en los últimos años. Ha habido una transformación muy interesante; un gran crecimiento de la clase media por ejemplo, el surgimiento de las ciudades de la costa, un gran desarrollo económico. Eso ha traído muchos beneficios pero también algunos efectos indeseados, como un aumento de la criminalidad y el narcotráfico. Se conoce mucho del problema del narcotráfico en México, en Colombia, pero no se tiene tanto en cuenta que este fenómeno está extendido en todo el continente. Es un problema muy grave, porque es fuente de corrupción política y económica. Mi novela tiene que ver con todos esos temas como trasfondo, pero es una historia que se centra en dos personajes. Uno de ellos es uno de estos empresarios nuevos que han surgido en los sectores más populares, en provincias. Son personas que imponen en la práctica una cierta manera de pensar en favor de la empresa privada, del mercado, sin planteárselo en términos ideológicos. Y esto es por el fracaso de las políticas intervencionistas, populistas, que en el Perú hicieron estragos en el pasado. Es muy interesante cómo eso ha ido creando consensos amplios, que antes no existían, y que a Perú le han dado estabilidad política y económica. Ese es uno de los temas centrales de la novela.
–Si hablamos de cómo se construye una novela, se advierte en “La Casa Verde”, “El Paraíso en la otra esquina”, “Conversación en La Catedral”, un juego estructural muy faulkneriano que propone varias historias paralelas en apariencia independientes pero que poco a poco se van relacionando.
–Es muy faulkneriano, sí. Esta novela que estoy publicando ahora es así. Son dos historias que, hasta su encuentro, parecen completamente independientes y que luego se funden en una sola. Pero eso ha sido así desde la primera novela que escribí, es mi manera de escribir. Nunca lo planeé de ese modo, pero desde mi primera novela hasta la última siempre está ese patrón.
–¿Usted establece esos nexos o vasos comunicantes desde el principio o se van dando a medida que escribe la novela?
–Primero que nada, nunca empiezo a redactar si no tengo antes un esquema, una trayectoria de la historia, pero nunca la respeto mucho. Siempre trasgredo esos esquemas y hago cambios a medida que voy escribiendo. Eso es lo bonito del trabajo de escribir, ir descubriendo cosas que uno no sabía que estaban allí, como ciertos personajes que crecen, o empequeñecen y pasan a ser secundarios. De pronto se abren puertas; uno ve que hay posibilidades de enriquecer la historia empujando alguna puerta. Es un trabajo muy interesante porque, aunque creo que la razón interviene de una manera primordial, hay elementos espontáneos, como intuiciones, el azar, coincidencias, que de pronto revelan unas vetas dentro de la historia. Es un proceso largo, pero muy sorprendente siempre. Nunca tengo la sensación de controlar enteramente el trabajo. Hay cosas espontáneas que irrumpen y son verdaderas sorpresas para mí. El hecho de que una historia ha tomado de pronto una dirección que yo no esperaba me ha ocurrido en todas las novelas que he escrito.
–En “La tía Julia y el escribidor” usted, un escritor en ciernes, se dice admirador de Pedro Camacho, el escribidor, porque cada vez que piensa en él se lo imagina escribiendo. Además, siempre ha manifestado su admiración hacia Flaubert, no sólo por su talento literario sino por esa entrega total al oficio. ¿Ha podido alcanzar ese ideal flaubertiano de vivir para la escritura?
–Sí, afortunadamente. Creo que he tenido mucha suerte, ya que al final he podido organizar mi vida para dedicarme totalmente a escribir y a leer. De todas maneras, nunca me gustó la idea del escritor encerrado en su escritorio, con sus fantasías y desconectado del resto del mundo. Esa imagen proustiana nunca me gustó. Por el contrario, siempre me ha gustado tener un pie en la calle y eso he hecho gracias al periodismo. Esa ha sido una forma de mantener contacto con la calle, con la sociedad, y alimenta mucho mi trabajo de escritor. La literatura puede secarse si uno pierde contacto con la realidad. Por eso sigo haciendo periodismo.
–Usted ha incursionado en todos los géneros literarios, novela, cuento, drama, ensayo, salvo poesía. ¿Cuál es su relación con ella?
–Soy un buen lector de poesía, pero he tenido la prudencia de no escribir poesía. Creo que Borges lo dijo, con una de esas frases suyas lapidarias, que en la poesía sólo se admite la excelencia. Creo que una novela puede no ser excelente y puede ser una buena novela, pero un poema o es excelente o es malo. Yo creo que me di cuenta muy a tiempo de que no haría poesía excelente, así que me concentré en los géneros en los que la no excelencia es más tolerable que en la poesía.
–Lo mismo se dice del cuento…
–Hombre, estoy convencido de que el cuento está más cerca de la poesía que de la novela. El género del cuento exige perfección, precisamente por su brevedad. No puede faltar nada, no puede sobrar nada, como en un poema.
–¿Escribe en computadora?
–No, primero escribo a mano. Después lo paso a la computadora, pero la primera versión siempre es a mano. Así es como comencé a escribir. El ritmo de la mano es el del pensamiento. Incluso los artículos los escribo a mano. Probablemente, la mía será la última generación que dejará manuscritos.
–¿Quién es la primera persona que lee sus trabajos?
–Nunca doy a leer nada cuando estoy trabajando. Cuando termino, el manuscrito lo lee mi mujer. Después lo envío a la agencia literaria y no lo releo hasta que llegan las pruebas de la editorial.
– ¿Cómo le cambió la vida el Premio Nobel, aparte de la agenda, que la tendrá mucho más ocupada?
–El Premio Nobel es una semana de cuento de hadas y un año de pesadilla. Literalmente, es una pesadilla por la cantidad de compromisos, exigencias; algo terrible. Durante un año es muy difícil poder escribir y poder llevar la vida de siempre porque el premio implica una serie de responsabilidades que es muy difícil esquivar. Cuando recibí el Nobel, acababa de terminar El sueño del celta y estaba empezando a trabajar en la novela que estoy publicando ahora.
–A raíz de los cambios en las tecnologías, ¿se lee más o se lee menos que antes? ¿Con los e-books, se va a seguir leyendo de la misma manera que como se lo hacía en el papel?
–Creo que no se va a leer de la misma manera. Estamos en un momento de transición, pero me parece que si llega un momento en que los escritores escriban solamente para pantallas, forzosamente esa literatura va a ser más superficial, más entretenimiento, porque creo que la pantalla tiene en sí misma esos condicionamientos. Creo que no es casual que la televisión no dé obras maestras, sino obras de entretenimiento, de diversión. La literatura de tableta será efímera.
Más información

