Vacas sin red
Los niveles de consumo per cápita de la carne bovina han descendido bruscamente en los últimos meses. Luis Heredia.
Las estadísticas, tan implacables como el jurado de Talento argentino , indican que a pesar de la irrefrenable pulsión de los argentinos por comer vacas, los niveles de consumo per cápita de la carne bovina han descendido bruscamente en los últimos meses. ¿Qué puede haber puesto freno a esta conducta culinaria compulsiva de todo un país? Ni más ni menos que las sumas de dinero cada vez mayores que se necesitan para adquirir una tira de costilla, un matambrito o un trozo de molleja del tamaño (y forma) del cerebro de un chimpancé."Para los argentinos, una vaca es tan irresistible desde el punto de vista gastronómico como una iguana verde para los habitantes de algunas regiones de Colombia o ciertos insectos en México", asegura el célebre gourmet internacional José Ghiso. "Sólo la dictadura del dinero podía poner freno a semejante pasión", agrega el chef. Para explicar cómo se llegó a esta situación, los economistas aseguran que como la soja no se enferma de aftosa y tiene buen precio, muchos productores ganaderos se convirtieron en productores sojeros, mientras que los argentinos, inadvertidos de esta situación, siguieron fagocitando vacas hasta el punto de que el gran rodeo nacional se redujo en 10 millones de cabezas.El país recién reparó en esta situación cuando organizaciones conservacionistas incluyeron a las vacas argentinas entre las especies autóctonas en peligro de extinción junto con el aguará-guazú o el chancho quimilero. Con eficiencia y rapidez de reflejos, la Secretaría de Comercio Interior tomó el toro por las astas y comenzó a diagramar diferentes vías de acción para evitar la desaparición de estos pacíficos pero apetitosos especímenes en los campos del país. Como la urgencia de recomponer stock requiere tratamiento de shock , antes de que todo haga crack , desde sus oficinas se ultiman los fundamentos para declarar que las vacas sean sagradas como en la India, de modo tal que nadie las perturbe y mucho menos las asesine para comérselas. Quien incurra en esa práctica será considerado un sacrílego ya que estaría quitándole la vida a un ser superior, y no a un rumiante tan indolente como sabroso como se lo considera hasta hoy. "La idea es declararlas sagradas por decreto y por un período no mayor a 20 años. Va a ser un golpe cultural muy fuerte y la población deberá asumir que durante ese tiempo deberá consumir pollos y cerdos, o bien volver a la caza y recolección como hace mil años", aseguran los impulsores del plan.Según los funcionarios, la gente se va a tener que acostumbrar a respetar a las vacas, algo que no hemos hecho en los últimos 200 años. "Cuando sean sagradas, si a una se le ocurre echarse en medio de la autopista Córdoba-Rosario, el tránsito va a tener que interrumpirse hasta que se levante", dicen en la Secretaría de Comercio, pero agregan que hay que pensar en los beneficios a futuro, que no son otros que garantizar los asados domingueros para las próximas generaciones de argentinos.Sin embargo, un plan alternativo y mucho menos duro promueve la cría hogareña de vacas con destino a alimento. El "Programa la Vaca en Casa" estaría destinado a grupos familiares que disponen de patio, terrazas, o una piecita de más en el departamento. La idea es convertir a estos espacios de la casa a menudo desaprovechados, en una suerte de feedlot doméstico destinado al engorde de uno o más vacunos para faenarlos cuando alcancen un peso aceptable.De prosperar esta idea, no sería de extrañar que en los próximos años, de los balcones de los edificios de las ciudades argentinas asomen sus inconfundibles cabezas los terneros. "Sería una imagen algo extraña y los consorcistas deberían acostumbrarse al olor a bosta, pero constituiría un signo inequívoco de que el país estaría revitalizando su perfil ganadero", aseguran los impulsores de este programa.Del éxito o el fracaso de estas políticas dependerá que los niños argentinos de un futuro cercano vean vacas pastando en las verdes llanuras como hasta ahora, o se las presenten disecadas en los museos de ciencias naturales al lado de caparazones de gliptodontes. ¿Recuperará el país las vacas perdidas? ¿Está viva la célebre vaca de Humahuaca o ya la devoramos? ¿Habrá corrido igual suerte la vaca de Milka? ¿Y qué pasó con la famosa vaca atada? Estos son algunos de los enigmas del país vacuno, que tal vez con el tiempo se puedan develar.

