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Una comedia (demasiado) humana

El caso Bettencourt, un verdadero culebrón político-familiar, sacude a Francia con un torbellino de odios filiales, detenciones, cheques ocultos y donaciones al partido de Sarkozy.

15 de agosto de 2010 a las 12:01 a. m.
Antonio Jiménez Barca (El país, de madrid)
Una comedia (demasiado) humana

Días atrás, el abogado de Fran#231;oise Meyers-Bettencourt, la hija única de Liliane Bettencourt, la mujer más rica de Francia, enviaba al juez una carta reveladora en la que aseguraba que su anciana madre, de 87 años, con la que no se habla desde 2007, además de una potente sordera, padece una enfermedad neurológica que le acarrea pérdida de memoria y de localización espacio-temporal. Añadía que la millonaria, dueña de una fortuna de 17 mil millones de euros, propietaria del imperio cosmético de L’Oréal y centro de la tormenta política, judicial y mediática que paraliza Francia y mina día a día el crédito de Nicolas Sarkozy y de su partido, "se queda dormida durante las conversaciones" y que estos lapsus a la anciana se le van a la cabeza. El problema es que, en esas condiciones, la señora habría nombrado heredero de toda su fortuna a un fotógrafo con fama de vividor.

Por todo ello, la hija reclamaba que los millones de la francesa más famosa en este momento, que han servido, según varios indicios y testimonios, para financiar ilegalmente el partido de Sarkozy en la campaña de 2007, queden bajo tutela judicial.

Así transcurre la novela diaria de esta poderosa familia, cuyos millonarios trapos sucios (con turbias ramificaciones políticas y fiscales) son aireados minuto a minuto y con profusión de detalles (como las conversaciones grabadas furtivamente por un mayordomo).

Aclaraciones que oscurecen

El mismo Nicolas Sarkozy se sintió obligado a salir por televisión para respaldar a su ministro de Trabajo, Eric Woerth, envuelto en el caso por varias razones, una más oscura que la otra. Su mujer, Florence, trabajó para la millonaria Liliane como asesora financiera cuando Woerth era responsable de controlar la evasión impositiva, y él personalmente fue acusado por una ex asistente de recibir un sobre con 150 mil euros en efectivo, provenientes de los fondos reservados de la anciana, para la campaña electoral de Sarkozy.

El presidente trató, con cierto tono distante, como si la cosa no fuera con él y su partido, de convencer al país de que se fijara en otras cosas, a su juicio, más edificantes. Pero es difícil, dados el ritmo infernal al que se suceden las revelaciones y los hechos y la atracción casi hipnótica que ejerce este caso en la sociedad francesa. El director de cine Michel Hazanavicius ya anunció que piensa en una película sobre la historia con la actriz Jeanne Moreau en el papel de la anciana Liliane Bettencourt.

Un ejemplo de esta espiral meteórica: un día después de que se hiciera pública la carta en la que la hija de la anciana pedía su tutela judicial, el semanario L’Express concedía una larga entrevista al fotógrafo, escritor y pintor Fran#231;ois-Marie Banier, amigo de la millonaria, odiado por la hija, quien lo denunció ante el juez de aprovecharse de su madre para hacerse regalar mil millones de euros en obras de arte, propiedades inmobiliarias, seguros de vida, cheques y, al parecer, islas.

Un muy sonriente Banier se esmeró ante los periodistas en demostrar que trabaja (enseñó sus archivos fotográficos, sus pinturas, sus dibujos) a fin de desterrar la imagen de caradura profesional y seductor de ancianas que arrastra. También aseguró -tras describir a Liliane Bettencourt en su juventud como "una mujer sublime, una segunda Ava Gardner"- que tachar a la anciana de incapaz era innoble: "En la televisión, el otro día, se vio a una mujer púdica, determinada y con el espíritu claro".

Ese mismo día, después de que Banier dijera en esa entrevista que a Sarkozy sólo lo había visto una vez en casa de Bettencourt ("Le dije que se parecía a mi hermano") y que lo de los mil millones de euros era una fantasía, los agentes de la policía financiera lo detuvieron junto con otros tres personajes del entorno de la millonaria. El objetivo: investigar, sobre todo, la posesión y la situación fiscal de una isla paradisíaca en el archipiélago de las Seychelles, en el océano Índico, que vale 500 millones de euros, con mansión exclusiva a un paso de la playa, palmeras, pista de aterrizaje propia y colonia de tortugas incluida, comprada por el matrimonio Bettencourt en 1997 y, según parece, propiedad ahora de Banier a través de varias sociedades con domicilio en Liechtenstein. El negocio tiene todas las características del blanqueo de dinero.

Luego de más de 40 horas de interrogatorio, salieron todos en libertad. Pero las investigaciones continúan.

Peregrinos. Paralelamente, surgen más indicios que apuntan a la peregrinación de políticos en campaña electoral al palacete de los Bettencourt en busca de dinero. La contadora lo adelantó en un testimonio explosivo hecho a raíz de una investigación policial creada no para eso, sino para aclarar el origen de las grabaciones furtivas del mayordomo. Éste, a su vez, en una curiosa carambola (todo en este caso está lleno de carambolas), corroboró lo que ya aseguró la contadora: "Los sobres existían", explicó a la policía, según el diario Le Monde , aunque posteriormente admitió no haber visto ninguno. Y lo corroboró también una ex secretaria de la casa:

-Yo sabía que madame y monsieur Bettencourt (fallecido en 2007) ayudaban a personajes políticos. Era evidente que todos venían por eso.

-¿Evidente?, le preguntó la policía.

-Durante las campañas electorales, personas que no venían frecuentemente pedían cita. Se entrevistaban con monsieur Bettencourt durante media hora. Luego se iban. A veces, monsieur Bettencourt me decía: "Vino a lo que yo pensaba", pero no agregaba más.

Por otra parte, también la semana anterior se hicieron públicas las donaciones legales -aunque al borde mismo de la ilegalidad- que el matrimonio Bettencourt hizo en noviembre de 2006 al partido de Sarkozy, por valor de 30 mil euros. Y apareció un cheque de 100 mil euros que, según la revista Marianne , puede haber servido para el mismo fin.

Los franceses parecen fascinados por esta novela familiar de islas no declaradas, amigos caraduras, hijas denunciantes y ancianas millonarias sordas, reconvertida en un peligroso asunto de Estado con ministros bajo sospecha, tesoreros de partido en conflicto de intereses, cheques al portador y baile de sobres cargados de dinero.

Así, atosigado por la seguidilla de revelaciones, ministros al borde de la renuncia y el índice de popularidad más bajo de todo su gobierno, Sarkozy confía en que la inercia del verano liquide, o al menos duerma, el caso Bettencourt.