Presidente y montonero
La historia nacional tiene sus buenas paradojas, exquisitos momentos de contradicción cuyo estudio puede arrojar aprendizajes significativos. Rogelio Demarchi.
La historia nacional tiene sus buenas paradojas, exquisitos momentos de contradicción cuyo estudio puede arrojar aprendizajes significativos. Una de esas paradojas lo tiene a Bartolomé Mitre como protagonista y al historiador Eduardo Míguez como analista. El resultado es Mitre montonero (Sudamericana, 2011). El título expresa la contradicción. ¿Bartolomé Mitre, el poeta, el militar, el primer presidente constitucional del país, el fundador del diario La Nación , el historiador que sentó las bases de la historiografía nacional, uno de los hombres más brillantes de nuestro siglo 19, fue montonero, como lo fueron Facundo Quiroga, "Chacho" Peñaloza y tantos otros caudillos provinciales? Así es. A fines de 1874, Mitre condujo una montonera con el objetivo de impedir que Sarmiento le traspasara la banda presidencial a Avellaneda. Míguez describe a esa montonera de una manera muy clara, por lo plástica (parece que estuviera pintándola): "Las fuerzas de Mitre estaban en buena parte compuestas por gauchos vestidos de paisanos, en la mayoría de los casos mal armados y carentes de equipo –por ejemplo, tiendas y otras comodidades para los campamentos–, alimentadas pobremente con los recursos que pudieran encontrar a su paso, y una parte no desdeñable constituida por lanceros indígenas. Sólo una proporción menor de verdaderos soldados con un armamento moderno".Todo parece indicar que su derrota era inevitable desde un principio. Sin embargo, igualmente hubo una batalla, el 26 de noviembre, en la estancia La Verde, de Saturnino Unzué, a la que se recuerda por una curiosidad: allí murió el coronel montonero Francisco Borges… Sí, el abuelo del genial Jorge Luis Borges. Semanas más tarde, Mitre se rendía.Leyendo a Míguez, uno puede imaginar que ser joven, brillante, ambicioso y aparentemente irremplazable son algunos de los pecados cometidos por ese Mitre que actuó en contra de la legalidad que él mismo, una docena de años antes, había construido con esfuerzo: "siendo aún muy joven (47 años al bajar de la presidencia), adquirió un aura especial entre sus contemporáneos. Un jefe militar de larga trayectoria que incluía algunos éxitos notables (aunque también sonoros fracasos), un intelectual de los de mayor brillo y cultura en su época, pluma destacada en la historia, el periodismo y las letras (tres dimensiones bastante superpuestas, entonces), figura emblemática de la sociedad porteña era, además, el ex presidente que había logrado unificar al país. Si todo ello no lo colocaba por encima de la lucha de partidos, le daba al menos un reconocimiento especial. Y él, consciente de ello, buscó preservar y acrecentar su figura, más allá de buscar, a la vez, reconquistar el poder. Ambos proyectos frecuentemente caían en contradicción el uno con el otro".Como en una tragedia griega, la virtud del héroe termina mostrándonos sus defectos, que tienen, además, una gran potencia destructora. Quien había luchado contra las montoneras como intelectual, como militar y como presidente, poco tiempo después, se pone al frente de una, acaso la última de nuestra historia, sin ni siquiera poder decir que lo hace en nombre del pueblo de Buenos Aires y con un claro programa político.

