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La otra cautiva

Ángela Urondo Raboy, en ¿Quién te creés que sos?, se remonta a aquellos años y encuentra en su propia historia una perfecta y estremecedora adaptación del término: ella fue una cautiva en poder de una parte de su propia familia materna. Rogelio Demarchi.

06 de enero de 2013 a las 12:03 a. m.
Rogelio Demarchi (Especial)
La otra cautiva

En el famoso poema de Esteban Echeverría, como en una larga serie de textos históricos y ficciones del siglo XIX, hablar de una cautiva remite a una mujer blanca en poder de los indios. En la Argentina del terrorismo de Estado, se podría haber usado el término para referirse a las miles de detenidas-desaparecidas; pero tal asociación no se estableció, acaso porque habría resultado demasiado evidente. Se habló, sí, de niños nacidos en cautiverio. No es lo mismo. Ángela Urondo Raboy, en ¿Quién te creés que sos? (Capital Intelectual, 2012), se remonta a aquellos años y encuentra en su propia historia una perfecta y estremecedora adaptación del término: ella fue una cautiva en poder de una parte de su propia familia materna.Los padres de Ángela son dos famosos militantes montoneros: la periodista Alicia Raboy y el escritor y poeta Francisco "Paco" Urondo. Entre otras cuestiones, famosos porque fueron sancionados por un "tribunal revolucionario" que los condenó por "inconducta moral": se enamoraron mientras él estaba en pareja con otra montonera que los denunció ante sus superiores. Como parte de su sanción, degradado, a Paco lo trasladaron a Mendoza, donde Montoneros sufría desde tiempo atrás una sangría considerable, y Alicia fue con él. Cayeron a poco de llegar, días antes de que Ángela cumpliera 1 año. Paco fue asesinado a golpes, aunque durante décadas se creyó que, ante el inminente arresto, había ingerido la pastilla de cianuro impuesta por la conducción. Alicia corrió, trató de poner a salvo a la beba, pero fue detenida y continúa desaparecida.Ángela fue entregada a sus familiares, y poco después comienza su cautiverio. Fue adoptada formalmente por un matrimonio de la rama materna, que le ocultó sus orígenes y le negó a los Urondo toda relación con ella.Al cumplir 18, como se había dispuesto una reparación económica para las víctimas del terrorismo de Estado (ley 24.411), sus adoptantes le informaron los mínimos datos sobre sus padres y la alentaron a presentarse."Sorprendida y envalentonada por el permiso recién adquirido, decidí que iría hasta las últimas consecuencias", escribe Ángela, al recordar su primera (y un tanto ingenua) visita a la Secretaría de Derechos Humanos para iniciar el trámite. Eso implicó, en resumidas cuentas, la restitución de su verdadera identidad, "un proceso largo, pausado y permanente". En algún sentido, ese laberíntico recorrido que inició en 1994 ha concluido en 2012, cuando, tras un curioso juicio de "desadopción", recuperó la posibilidad de su verdadero (y completo) nombre.Con documentos, relatos, poemas y agudas reflexiones, Urondo Raboy construye esta autoficción, un cuaderno de bitácora donde lleva cuenta y razón de todo lo vivido en esos años de cautiverio y en el curso de su liberación, las dos mitades casi idénticas en que puede dividirse su vida, desde la separación de sus padres hasta este presente promisorio: "Me reacomodo en mi eje y aprendo a evitar los campos magnéticos que me alteran. Aprendo a ser, simplemente, ser, feliz en mi propia moldura. Sin asuntos fundamentales pendientes. Con tanto menos dolor, con el enojo chiquito, como una pequeña cicatriz de una enorme herida antigua".