Novela con autocrítica
En "Un mundo feliz" y "Nueva visita a un mundo feliz" (Edhasa, 2011), se puede acceder en el mismo libro a la novela y a su autocrítica por parte de Aldous Huxley. Rogelio Demarchi.
Un caso extraordinario, casi único, en la historia de la literatura es que un escritor critique su propia novela, y que el lector pueda acceder en un mismo libro a la ficción y a la autocrítica. Estamos hablando del inglés Aldous Huxley (1894-1963), en Un mundo feliz y Nueva visita a un mundo feliz (Edhasa, 2011).
Un mundo feliz (1931), un best seller inmediato, describe la sociedad del futuro, un Estado mundial, cuyo lema es “Comunidad, Identidad, Estabilidad”. Fuera de esta sociedad sólo quedan pequeñas zonas, llamadas reservas, que, por su pobreza en recursos naturales, no han sido civilizadas y son habitadas por salvajes.
El mundo vive en la “era fordiana” (no cristiana), por Henry Ford y la producción en masa, principio que es aplicado a la biología, ya que de un óvulo, independizado de su madre, se pueden sacar hasta 96 mellizos. A cada embrión se le suministra un tratamiento acorde a la casta a la que pertenece. De esta manera, se consigue que cada quien “ame su inevitable destino social”. Ergo, todo el mundo es feliz… salvo Bernard, que se anima a cuestionar el orden vigente.
Casualmente, Bernard viaja a una de las reservas y vuelve de ella acompañado por un salvaje que ha leído a Shakespeare (la novela, desde el título, tiene una fuerte relación con La tempestad ), un desconocido en la civilización porque se ha prohibido leer; la lectura es una peligrosa diversión solitaria, dice uno de sus líderes.
He allí el doble conflicto que plantea la novela, entre el “afuera” y el “adentro”, y hacia el interior, entre quienes cuestionan en nombre de la individualidad y quienes se asimilan a la masa por miedo a vivir la diferencia. La posición extrema está a cargo del salvaje: “Yo no quiero comodidad. Yo quiero a Dios, quiero poesía, peligro real, libertad, bondad, pecado”, exige.
En el prólogo que agregó a una edición de 1946, Huxley sostuvo que los “defectos” de la novela eran “considerables”. Uno de ellos sería que el salvaje sólo tiene dos opciones: la “vida insensata” de la sociedad “o la de un primitivo en un poblado indio”. Debería tener una tercera opción, señaló, “la posibilidad de la cordura, una posibilidad ya realizada, hasta cierto punto, en una comunidad de desterrados”.
En Nueva visita a un mundo feliz (1958), fue mucho más lejos. Analizó todos los sistemas de manipulación social desarrollados en esos años y pronosticó, con gran pesimismo, que la tecnología promovería la concentración del poder económico y político y que dentro de muy poco tiempo “lo que ahora es mera fantasía científica se habrá convertido en realidad política cotidiana”. La novela, entonces, fallaba por ingenua: “La uniformidad genética de los individuos es todavía imposible, pero el gran gobierno y la gran empresa poseen ya o poseerán pronto todas las técnicas para la manipulación de la mente que han sido descriptas en Un mundo feliz y otras para las que no tuve suficiente imaginación”.
Tal vez pueda decirse que Huxley, en gran medida, se equivocó cuando creía corregirse.

