Matrimonio y algo más
El cruce entre la Iglesia y el Gobierno nacional alrededor del tratamiento en el Senado de la nueva ley de matrimonio homosexual. Rogelio Demarchi.
Esta semana, los medios calificaron como sorprendente, desmedido e innecesario el cruce entre la Iglesia y el Gobierno nacional alrededor del tratamiento en el Senado de la nueva ley de matrimonio homosexual.
El arzobispo de La Plata, Héctor Aguer, sostuvo que desde "algunas esferas oficiales" se había lanzado "una guerra cultural contra el sustrato cristiano de nuestro pueblo". Y el arzobispo de Buenos Aires y presidente del Episcopado, Jorge Bergoglio, afirmó que no se trataba "de una simple cuestión política sino de la pretensión de destruir el plan de Dios".
Cristina Kirchner no dejó pasar la oportunidad y señaló que semejante discurso le hacía recordar a "la época de las Cruzadas" y a "los tiempos de la Inquisición", con la diferencia de que "acá no hay demonios".
Ovejas negras. Historia de los anticlericales argentinos (Sudamericana, 2010), de Roberto Di Stefano, permite comprender que estos cruces se repiten cada vez que la Iglesia interpreta un proyecto de ley cualquiera como una medida en su contra. Cuando esto ocurre, ambos bandos ya no luchan "una mera disputa por el poder, sino un combate redentor: el Reino de Dios, la libertad de conciencia, la salvación eterna, el triunfo de la luz de la razón sobre las tinieblas de la ignorancia", es lo que pasa a estar en juego.
Matrimonio civil, cementerio público, escuela laica, divorcio... Cada vez que el Estado buscó la manera de reemplazar a la Iglesia en la organización de la sociedad, el enfrentamiento fue inevitable.
A lo largo del siglo XIX, mientras las sociedades configuraban los derechos ciudadanos impulsadas por el liberalismo, la Iglesia se cerraba sobre sí misma, hasta llegar al extremo de declarar la infalibilidad del Papa.
Entre nosotros, la Iglesia no se privó de dar batalla para conseguir que San Martín fuera enterrado en la Catedral porteña y no en un cementerio; se opuso durante años a la instauración del voto femenino; promovió una colección de libros de historia "que reclamaba para el catolicismo la paternidad misma del movimiento revolucionario y, por ende, de la Nación"; y, hasta la reforma constitucional de 1994, se aseguró que sólo los católicos pudiesen aspirar a la presidencia.
Capítulo aparte merecerían las inteligentes estrategias que implementó para impedir el cumplimiento de la ley que instauró la escuela laica en 1884 y seguía sin cumplirse 50 años más tarde, cuando ya, en plena Década Infame, la Iglesia, aliada al Ejército, se había convertido en garante de la nacionalidad. De hecho, el golpe de 1943 se dio, entre otros motivos, porque "la educación de la niñez está alejada de la doctrina de Cristo" y el primer gobierno de Juan Perón reincorporó la enseñanza de la religión en las escuelas.
El matrimonio igualitario no será la última batalla. Según Di Stefano, "la Iglesia conserva un enorme poder para conferir legitimidad y para oponerse a eventuales avances de la laicidad en determinadas áreas sensibles, como la educación, las políticas sociales y las de salud reproductiva".

