Las ganas de contar
Llegamos a Curuzú Cuatiá sin haber planeado pasar la noche allí. Inoportuna imprevisión: era la semana más fría de julio, aquella de la ola polar que hizo tiritar al país. En fin, ya era casi medianoche, y en el hotel, por 12 pesos más, conseguimos una estufa eléctrica que, pese a sus buenas intenciones, no podía con los chifletes helados. A la mañana siguiente, ponerse al sol radiante –por algo es que se suele decir que es el poncho de los pobres– bastaba para entrar en calor y salir a andar por la ciudad. Cuando comenzamos a recorrer las provincias, uno había pensado en que entre las historias de vida que salíamos a buscar, no podía faltar la de un ex combatiente, estaba claro. Y Corrientes, acaso por la intensidad con la que se vivió allí la Guerra de Malvinas, con varios soldados muertos, parecía un continente apropiado.Fuimos guiados por uno y otro vecino hacia el centro de veteranos, adonde llegamos cuando el sol ya estaba en lo alto del mediodía, y en las calles se empezaba a presentir la retirada puertas adentro, donde humeaban las ollas. Arribamos a una casa sencilla, con alma de barrio. Carlos López nos abrió la puerta y escuchó extrañado nuestro propósito de hacer una nota sobre él. Nos dijo: "Pasen", y enseguida encendió la computadora para copiar un texto que él había escrito. Quizá llegamos justo en el momento en el que más necesitaba contar lo vivido hace tantos años en las islas, pero que para él siempre será ayer nomás.Fuimos hasta la calle Juan Ramón Serradori, que lleva el nombre de un compañero suyo caído en la guerra, para tomarle unas fotos allí. Después, pasamos casi dos horas charlando en el auto, o mejor dicho, escuchando las historias y los dolores de Carlos López.Era un caso especial, claro; se trataba de un ex combatiente, y ser un ex combatiente implica muchas veces sentirse extraño a los demás, sentir que sólo sus compañeros pueden entender de qué se habla. A esto, que ya es así en parte, hay que sumarle el silencio con que otros argentinos eligieron cubrir aquella historia.Frente a él, uno sintió lo que había sentido y sentiría frente a otros entrevistados: uno llegaba sin anunciarse, los escuchaba contar lo más intenso de sus vidas y luego se iba con la promesa de publicación. Aunque quizá no les interesaba demasiado lo que iba a pasar después, sino sólo haber tenido la oportunidad de hablar de su vida, de sus sentimientos, y de hacerlo frente a un extraño dispuesto a escuchar.

