Las espadas de Carlitos
Acaso siempre sospechó su destino mítico y puso su voz al servicio de su posteridad. Alejandro Mareco.
"Los dioses son lo mejor de nosotros mismos, que una vez aislado de lo vulgar y de lo peor toma una apariencia personal". Lo decía el español José Ortega y Gasset sobre las divinidades griegas, aunque, claro, hablaba de lo humano. Aquí en la tierra, de los seres que alguna vez suben al Olimpo de una comunidad -es decir de multitudes que tienen algo en común- se puede decir algo parecido.
Carlos Gardel, Carlitos, fue la voz -insuperable e indegradable- de una de las más grandes creaciones culturales de los argentinos: el tango. Sucedió en la juventud del siglo pasado. Fue la necesidad de reencontrar a la gente y sus sensaciones perdidas en un territorio extraño, confuso, asfixiante y atestado: la gran ciudad, la condición urbana. Y en medio de las venturas y desventuras que ejercía y anunciaba el progreso, el tango se hizo canción y cantó. Cantó con hondura las cosas de lo popular. Cantó sin guardarse nada, trepando la escalera hacia la poesía.
Carlos Gardel fue el abanderado inicial del tango, el que cantó como ninguno las grandes verdades de la vida y del corazón, de su tiempo y de los que vendrían. Se crió en un barrio arrabalero, de esos en los que es bravo emerger. Su única espada era su voz y primero paladeó el éxito en dúo junto a Razzano, antes de sumarse al tango canción.
Pero no todo fueron rosas en su camino. Durante meses, sus auditorios no fueron los más numerosos, y entonces fue mares afuera que se trepó al huracán del éxito. Su voz ya no fue su sola espada, sino que se aferró a otra más poderosa, el cine que, una vez conquistada la sonoridad, comenzó a proyectar con decisión su vigoroso impacto sobre las masas. A la manera de otros mitos contemporáneos, se convirtió en un mágico habitante de las pantallas. Ya no fue de carne y hueso, sino un etéreo haz de luz que se corporizaba gigante sobre una tela blanca. Por eso, cuando las llamas consumieron su carne, hubo también lágrimas en cada rincón de Latinoamérica, allí donde la estrategia de consumo del cine norteamericano lo había llevado como estandarte.
Los dientes blancos del "Zorzal", su sonrisa eterna pintando la vida, son nada menos que el espejo en el que la gente reflejó su inagotable esperanza. Es que Carlitos era la síntesis del éxito, el más grande triunfador entre los hijos que había dado un pueblo fresco, nuevo. Lo tenía todo: voz, pinta, inspiración, carisma, dinero y felicidad para derrochar. Pero a la vez seguía fiel a su vieja y a su ciudad. (Algunos lo trataron de "trepador", como si emerger del fondo social representara una traición a sus pares; como si nacer en el arrabal deba interpretarse como una condena social definitiva. Cosas similares se dirían luego de Maradona, y casi por la misma gente). Carlitos cruzaba el mar, pero siempre adivinaba el parpadeo de las luces que a lo lejos marcaban su retorno.
Acaso Carlitos siempre sospechó su destino mítico y puso su voz, sus gestos y sus actos al servicio de su posteridad.
Y habrá sido porque una tarde, rondando por Buenos Aires, le dijo al conductor del auto, su amigo Irineo Leguizamo:
"Che, andá despacio que llevás a una gloria nacional "

