La sociedad como cómplice
Es cierto que una parte no muy grande de argentinos conocía lo que sucedía realmente y pocos eran los que estaban dispuestos a decir una verdad que el régimen se encargó de ocultar sobre la base del terror. Este secreto se extendió sobre la sociedad y la hizo cómplice: el régimen instrumentó una propaganda eficaz.La violación de los derechos humanos reveló también que en Argentina se carecía de una cultura del derecho: el miedo nos tornaba sospechosos, pero todos estábamos disponibles para ser presos. Por tener un amigo guerrillero en la agenda, por los libros que estaban en la biblioteca o por las simpatías al socialismo, como relatan muchas personas, ya sin el miedo que entonces les selló la boca.No se trata ahora de hacer un mea culpa colectivo, sino de preguntar qué actitud se debe tomar; cómo plantarse frente a un pueblo en el que la línea que separa a los culpables de los inocentes es invisible y se ha borrado con tanta eficacia que ninguno de nosotros sabe a quién tiene enfrente. Si un héroe anónimo o un criminal que no tomó las armas, pero que en el pasado nos hubiera denunciado o se alegró con cada muerte y respiró aliviado cuando llegaron los militares.El subversivo aniquilado, fuera de la ley, sin que se dudara –hoy lo sabemos– de muchos fusilamientos, presentados como enfrentamientos. Muerte y mentira, los virus que contaminaron la democracia. Aquel "por algo será" de la época militar, actualizado en el "esa gente no merece vivir", en relación con los delincuentes de la inseguridad urbana exacerbada en la prensa, tal como en el pasado se exageraban en los diarios los atentados o se hacían eco de la información subterránea, deliberadamente hecha circular por los servicios de inteligencia como una forma de inhibir cualquier protesta. Pero, también, como una forma de involucrar al resto de los argentinos, hacerlos partícipes silenciosos de la guerra sucia.

