La igualdad desatada
Ahora podemos cortar más ataduras, liberar más fuerzas de igualdad.
¿Qué vendrá después del matrimonio entre parejas del mismo sexo? Argentina se apasionó, las calles vibraron a favor o en contra y el Senado en una madrugada votó la decisión histórica. Ahora se acallan los gritos, la ley pasa a los libros, los casamientos se reiteran.
Poco a poco crece la moraleja de esta historia: la igualdad tiene una potencia contagiosa. El país discriminaba a un conjunto de parejas, de familias. Les impedía casarse. Cuando se preguntó en voz alta por qué, no supimos qué decir. Nos quedamos sin palabras para defender nuestro Código Civil injusto.
No había razones para el trato desigual. Ni la procreación, ni la posibilidad de adoptar, ni argumentos religiosos o históricos conmovían la sencilla letra de la Constitución y su promesa de igualdad real de oportunidades y de trato (artículo 75, inciso 23). Entre el Código y los derechos constitucionales, pudimos elegir lo correcto: proteger los derechos reformando el Código.
¿Y ahora? Hemos visto que respetar la igualdad nos exige cambiar. Comprendimos, esa madrugada, que es posible. Que una norma injusta, por vieja que sea, está en nuestras manos: depende de nosotros borrar la discriminación, el maltrato, la exclusión. Que aún las nociones más firmes no pueden contestar a la denuncia del grupo discriminado.
¿Está dispuesta la Argentina a seguir desatando la igualdad? Leamos nuestra Constitución. Ella establece el derecho de toda persona a "un nivel de vida adecuado para sí y su familia, incluso alimentación, vestido y vivienda adecuados, y a una mejora continua de las condiciones de existencia" (Pacto de Derechos Económicos, Sociales y Culturales, artículo 11; dotado de jerarquía constitucional por el artículo 75, inciso 22 de la ley suprema). Garantizar la igualdad para toda persona en el goce de este derecho humano nos obliga a cambiar la orientación de nuestra economía. Nos requiere alterar las prioridades de nuestra política. La pobreza, el hacinamiento y el hambre son también injustos, ilegales, discriminatorios.
Afortunadamente, la lucha por el matrimonio igualitario nos abre los ojos. Nos ayuda a pensar la vida social en torno a los derechos. Nos da un ejemplo admirable de cómo organizarse para exigir, para convencer, para hacer valer derechos. Gracias a esta lucha, pudimos ver que la poderosa idea de igualdad disuelve incluso las resistencias más ancestrales. Los derechos humanos sólo pueden leerse como iguales para toda persona; aquí se halla el legado más profundo de la lucha que acaba de ganarse en la madrugada del 16 de julio. No importa cuánto tiempo lleve la injusticia reinante; está condenada a caer.
Ahora podemos cortar más ataduras, liberar más fuerzas de igualdad. Abrir todas las puertas, no sólo las del matrimonio, sino también las de la nutrición, la educación, la salud y la vivienda. Es tiempo de organizarse otra vez, ahora para nuevos derechos. Otras viejas desigualdades, que nos oprimen desde hace décadas, también pueden quedar atrás. Depende de nosotros: volvimos a aprenderlo.

