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Huevos fritos en un restaurante chino

Bischoff es la encarnación de la sencillez; poco afecto a recibir alabanzas, pero siempre dispuesto a hablar, aunque sea para señalar alguna verdad incómoda. Alejandro Mareco.

30 de septiembre de 2012 a las 12:03 a. m.
Redacción La Voz
Huevos fritos en un restaurante chino
“He escrito como un endemoniado”. ¿Será la pasión por lo que hace la clave de su longevidad? (Ramiro Pereyra / Archivo).

Que un tipo de sombrero y bastón, al que no dejan de saludar con reverencia, te invite a comer a un restaurante de comida china y que una vez sentado a la mesa le pida al mozo sólo dos huevos fritos, es algo por lo menos inesperado. O que frente a un auditorio repleto –por ejemplo, en Santa Rosa de Calamuchita o en Río Tercero–, uno saque del bolsillo del saco tres o cuatro hojas dobladas en las que ha escrito un discurso para la ocasión, alcance a decir no más de 10 palabras, entre ellas el nombre del que todos saben quién es el hombre que está al lado de uno en la mesa, y que entonces ese hombre diga susurrando: "Basta, basta, no diga más, para qué; vamos al grano", y eluda así la sofocante amenaza de una posible alabanza, podría ser frustrante si no fuera agradable ocupar una de las sillas del público y escucharlo.O decir "hola" en el teléfono y que una voz casi grave, con la fritura de los años en la cuerdas, pronuncie lentamente las tres sílabas del apellido de uno. "¡Efraín!", responderá uno, y él soltará entonces una risita aguda, hablará a continuación de un artículo recién escrito que pide publicación, o con acentuaciones teatrales recitará unos versos que acaba de componer. Y la risa de nuevo.Esa risa es la de un hombre sencillo que se ruboriza un poco porque siempre tiene tantas cosas para decir en un papel o a pura voz, pero también es la de un hombre filoso que dice verdades a veces incómodas, como cuando habla de alguna fingida prosapia de ciertas aspiraciones de patriciado cordobés. Es un hombre de un humor soleado, pero esa risa es también una llave para decir cosas en serio.Alguna vez, uno lo ha visitado en su casa de Alta Córdoba y se ha marchado viéndolo quedarse a solas en la noche temprana de algún invierno (hasta hace muy poco tiempo era así). Pero más solo se ha sentido uno atravesando calles de ausencia que Efraín en su pequeño laberinto: si había fútbol o básquet por televisión, se distraería un rato; pero sobre todo tenía (tiene) a su favor un nido caliente, siempre caliente: es ese pequeño cuadrado de dos por dos en el que caben sus libros más urgentes para el trabajo, sus fichas y su máquina de escribir. Ese es su pequeño laberinto: los libros, las fichas, la máquina de escribir; todo lo demás (la vida), un llano diáfano."He escrito como un endemoniado", decía hace unos años; lo mismo podría decir hoy o hace medio siglo. Eso es, la famosa prepotencia de trabajo de la que hablaba Roberto Arlt. Su endemoniado escribir parió más de 300 obras de teatro, de radioteatro, novelas, poemas, tangos, cuentos, aguafuertes y un sinnúmero de ensayos históricos. Algunos trabajos editados con delicadeza gráfica y otros, especie de folletos, impresos en la rudimentaria rotaprint, incluso con correcciones hechas a mano. Impresiona y conmueve: no le importa el envase ni el qué dirán de un escritor consagrado (y personalidad célebre de Córdoba) que vive en busca de unas pocas resmas en las que multiplicarse. En todo caso, deberían inquietarse los cordobeses de que sea así. Es, además, el autor del texto capital de la historia cordobesa: Historia de Córdoba. No hay curioso, historiador de hecho o hecho de pretensiones y hasta académico que no haya tomado datos de sus páginas, con cita o sin cita. Uno ha sido su contemporáneo, aunque a décadas de distancia (¿cuántos contemporáneos de origen duelen en la soledad de los sobrevivientes?); no es poco privilegio. Efraín U. Bischoff vive sólo porque no puede parar de vivir.