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"Hay que darle tiempo al azar"

Entrevista a Miguel Ocampo, artista plástico.

11 de marzo de 2012 a las 12:02 a. m.
Bibiana Fulchieri
"Hay que darle tiempo al azar"
Un lugar para el arte. Ocampo tiene en La Cumbre una sala de exposiciones excepcional (Fotografía Bibiana Fulchieri).

En La Cumbre hay un espacio para el arte que constituye una auténtica excepción para el interior del país. Se trata de la sala de exposición permanente de Miguel Ocampo, una estructura de hormigón y calicanto por fuera, con acústica teatral y paneles traslúcidos por dentro. Son 360 metros cuadrados en “un estilo mezcla de jesuítico con Bauhaus”, según otro artista amigo de Ocampo, que contiene la obra de este artista reconocido a nivel internacional y que eligió este rincón de Punilla para vivir.

Ocampo nació en Buenos Aires en 1922. Comenzó a pintar a los 7 años y a exponer desde muy joven, pero su primera muestra profesional fue realizada en 1950, en la Galería Ariel, de París, a la que le sucedieron hasta la fecha más de 50 exposiciones entre individuales y colectivas.

Parte de su producción fue realizada paralelamente a su actividad como diplomático. Sus obras, distribuidas por el mundo, se encuentran en museos de Nueva York, Río de Janeiro, Bahía, San Pablo, Austin, Montevideo, Chile, Buenos Aires, Rosario y Córdoba.

Hace 30 años se estableció en La Cumbre. ¿Los motivos? “La edad o, pensándolo mejor, me doy cuenta de que lo que más ansié en mi vida era pintar en la naturaleza y me pasé los 20 años que fui diplomático pintando de noche. ¡La Cumbre es mi gran revancha!”

–¿Sigue pintando?

–¡Por supuesto!

–¿Qué, en especial?

–¡Cuadros!

–¿Y si hacemos referencia a la temática o a la estética de este momento?

–Tengo necesidad del color. Que el color sea el protagonista y no el relleno. Por ejemplo, este es mi cuadro más sincero, ¡cuatro trazos como gestos espontáneos, con la gracia de la exactitud! ¡Cómo será el rojo de poderoso que vino un ciego y me confesó que fue el único que pudo ver!

–Dicen que usted inventó el “azul Ocampo”...

–¡Qué risa! Lo que pasa es que no tengo un color preferido, pero sí tengo relaciones más repetidas con los azules y cuando contienen violeta se transforman en “azules Ocampo” (risas).

–¿Qué siente al tener sala de exposición propia?

–Es curioso, me ha dado una relación distinta con mis pinturas, empecé a verlas como en un lugar extrañamente intermedio entre mi taller y un museo. Aparte, me permite el juego de colgar cuadros y mirar que en sí misma cada pared es un cuadro.

–¿Cómo nació la idea de este espacio personal de muestras?

–Creo que mi mujer, Susy, fue la que empezó a pensar en este proyecto, porque pasaba mucha gente a ver obras en casa, que también es mi taller. Debíamos sacar del depósito cada cuadro y se iba complicando hasta que me pareció que era mejor dejar un espacio a La Cumbre, o a la gente, mejor dicho.

–¿Cuánto tardó en hacerla?

–Un buen tiempo. La arquitectura es de Sebastián Martínez Villada, pero yo metí la cuchara y ahora me gusta mucho ver este entramado de cemento, piedra y ladrillo, muy romano en algún punto. Pero quien definió mejor esta construcción fue el pintor Remo Bianchedi que dijo: “Es un estilo mezcla de jesuítico con la Bauhaus” ¡Muy justo y ocurrente!

–Usted realiza en persona las visitas guiadas ¿cómo es esa experiencia?

–Nunca las visitas son iguales, no tengo libreto, o sí, pero sin querer ¡Yo le doy a la lata!

–¿Recuerda alguna en especial?

–Las de los chicos de escuelas rurales. Ellos, con enorme espontaneidad, dicen genialidades. Por ejemplo, uno se paró ante un cuadro llamado “Cumbres borrascosas” y me dijo muy serio: “Este cuadro tiene un viento que se lo lleva todo”. Otra vez vino gente de La Plata y cuando se iban una señora después de observar todo me dijo: “Yo no sé nada de arte, pero ahora entiendo lo que es”, y se largó a llorar. La acompañé hasta el auto y lloramos juntos. Creo que produce una gran sorpresa andar de vacaciones y de repente encontrarse con este ambiente, con esta acústica. Aquí se mueven cosas muy íntimas.

–¿Cómo es su rutina de trabajo?

–Todo el día la pintura me ocupa la cabeza aunque no tenga el pincel en la mano. El taller está en el living de mi casa, por lo tanto vivo sobre la pintura. Es lo último que veo antes de dormirme y lo primero que miro al levantarme; y a veces me sorprendo para bien, porque espero hacer algo en el cuadro y el cuadro agarra por su cuenta. Tengo una idea virtual que me persigue, voy a la tela y la realidad que aparece es otra.

–¿Sus temáticas son de inspiración espontánea?

–Yo tengo casi siempre un tema de fondo, una idea borrosa que a veces es sólo una sensación de color y otras veces es un procedimiento más calculado, pero creo que recién ahora, después de tantos años, al fin he aprendido que hay que darle espacio al azar, porque el azar es básicamente apertura.

–¿A qué edad comenzó a pintar? ¿Cómo fueron esos inicios?

–¡Hace más de 80 años! Comencé por una necesidad interior que me hizo a los 7 años copiar los caballos de los almanaques de Molina Campos, pero mi mamá se horrorizaba por ese estilo y me llevaron a conocer a Alberto Güiraldes, primo del escritor, que dibujaba caballos y aceptó ver mis trabajos y me incluyó en una exposición infantil. Y nunca más dejé de pintar.

–Pero estudió Arquitectura.

–Si, por mandato familiar, pero la verdad es que me ayudó mucho porque me quedó en el subconsciente la geometría, prioridades y orden. Como arquitecto sólo hice una obra en Buenos Aires. Mi familia me preguntaba si yo pensaba vivir de la pintura...

–¿Tener el apellido Ocampo lo condicionó mucho?

–Para nada, aunque no puedo obviar que el mandato del apellido es fuerte. A Victoria Ocampo, prima de mi padre, la conocí cuando fue a mi primera exposición en el ’50. Era muy distinta y escandalizaba a mi madre. Se hacía muy difícil tener una relación fluida con ella por su imponencia. Era una institución, aunque tenía gestos afectuosos cuando la visitábamos en San Isidro. A Silvina Ocampo la traté mucho menos; en realidad, con la que tuve más afinidad de las hermanas Ocampo fue con Angélica.

–Fue diplomático entre el ’55 hasta el ’78, en Roma, París y Nueva York. Alguien dijo que usted siempre estuvo en el momento preciso en el lugar adecuado.

–Creo que coincidí con las épocas de auge de esos lugares.

–Eso le permitió conocer a celebridades como George Braque y André Lothe ¿recuerda el encuentro con esos maestros?

–Braque me recibió en París junto a varias personas y con Lothe me quedó grabada una anécdota de la época en que corregía los sábados en su taller. Pagábamos unos pocos dólares, sus asistentes le iban pasando nuestros trabajos y él decía cosas muy útiles. Cuando llegó el turno de mi cuadro me dijo: “¡Todavía usted pinta como (Pierre) Bonnard!” Era su rival.

–En 1982 su obra fue la única elegida para representar a la Argentina en la Bienal de Venecia. Fue muy curioso, porque los envíos eran casi siempre de grupos.

–No sé por qué me eligieron, ni me acuerdo... ¡Ah, sí! Eran unos cuadros abstractos con muchas curvas y todos veían en ellos culos y tetas, pero yo sólo quería representar dos planos, algo muy simple, como la ambigüedad entre fondo y tema.