El grito de los pesimistas
Es saludable que voces del kirchnerismo hayan dicho que el cacerolazo del jueves pasado, en todo el país, fue “una manifestación importante” y que el Gobierno nacional “tomó nota” del tema. Eduardo Bocco.
Es saludable que voces del kirchnerismo hayan dicho que el cacerolazo del jueves pasado, en todo el país, fue "una manifestación importante" y que el Gobierno nacional "tomó nota" del tema. En esos términos opinó el senador ultrakirchnerista Aníbal Fernández, a menudo, un líder de las fuerzas de choque mediático que arman los K, para destartalar las embestidas de la oposición o para ponerle la marca de "enemigo público" a cualquier indócil que no sea del agrado de la Casa Rosada.Asimismo, uno de los intelectuales más razonables que tiene el oficialismo y que milita en la agrupación Carta Abierta, Horacio González, opinó que el Gobierno nacional debe "tomar nota" de esta concentración pública.De todos modos, después salió el jefe de Gabinete, Juan Manuel Abal Medina, y habló del "odio" que llevan adentro los que manifestaron. Y, de manera irónica, ninguneó la concentración al decir que estos caceroleros están muy preocupados por Miami, pero tal vez no conozcan San Juan.El reclamo aparece, en una primera mirada, como una reacción de la clase media para proteger su bolsillo. Si se cala más hondo, se advierte en la sociedad argentina una sensación importante de enojo, de fastidio. Para dar un ejemplo bien cordobés, el pesimismo creció 19 por ciento desde junio a la fecha en toda la provincia. El desánimo en el primer mes invernal se situaba en el 24 por ciento y hoy se instaló en el 43 por ciento, según un estudio de la consultora Delfos.Las redes sociales fueron el escenario donde se libró la batalla argumental de quejosos y oficialistas. Desde diferentes agrupaciones K, algunos militantes pedían que quienes reclamaban calmaran su odio.Desde el otro lado, argumentaban: "¿Es inmoral que la gente decida en qué invertir o gastar sus ahorros?"Cuando una sociedad, o una parte de ella, tiene asegurado el trabajo y no padece mayores necesidades económicas, obviamente, exigirá mejores condiciones de vida y que se le aseguren sus derechos individuales. No fueron pobres los que protestaron el jueves, no fue el "pueblo". Fue la clase media, angustiada y desencantada otra vez.Fue el que quiere decidir el destino de sus ahorros o qué hacer durante sus vacaciones. Fue el que tiene miedo. Puede ser nimio y secundario, pero el pedido está imbuido de la misma honestidad que puede tener la exigencia de una vivienda o de un trabajo digno. Lo último es un derecho fundamental al que, en muchos casos, los argentinos pudieron acceder.No está mal que exijan más a sus gobernantes. Mantener al Estado es caro para el ciudadano. Y el que marchó a las plazas exhibió su enojo al poner en un cartel "Basta" o "No a la re-reelección".Muchos de ellos, seguramente, formaron parte del 54 por ciento que votó a Cristina Fernández en la última elección presidencial. Pero tienen fastidio.

