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"Francia no puede ser un club de blancos"

El sociólogo Eric Fassin asegura que el gobierno de Nicolas Sarkozy asoció y enfrentó los términos identidad nacional e inmigración por una cuestión de intereses políticos.

21 de agosto de 2011 a las 12:02 a. m.
"Francia no puede ser un club de blancos"

–¿Cuál es el miedo de los franceses respecto de la inmigración? –Es importante distinguir: no son los franceses los que se preocupan por la inmigración. De hecho, las encuestas de opinión muestran que los franceses tienen otras preocupaciones, como la educación, el poder adquisitivo o el desempleo, por ejemplo. Es el gobierno el que plantea la inmigración como un problema central, hablando de ello todo el tiempo. Pero no porque tenga miedo sino, más bien, porque quiere generar miedo. Alimenta la preocupación, como en materia de inseguridad. El gobierno no quiere dar seguridad. Quiere mantener el sentimiento de inseguridad para mantenerse en el poder. No busca solucionar un problema sino que aspira a instaurar un problema. En 2005, el "problema de la inmigración" fue la respuesta que Nicolas Sarkozy propuso en respuesta al rechazo del Tratado Constitucional Europeo por referéndum. Los electores habían rechazado una Europa neoliberal, y él les propuso un chivo expiatorio. Ya no bastaba con denunciar una inmigración clandestina –de hecho muy marginal, ya que sólo representa entre 200 mil y 400 mil para una población francesa de más de 60 millones de habitantes–. Pero para él era necesario agrandar el círculo, denunciando la "inmigración soportada" (es decir los pedidos de asilo, la inmigración familiar o por matrimonio). Y ello no termina ahí: actualmente el gobierno ataca incluso a la inmigración legal. La inmigración es un problema que el gobierno sigue manteniendo y, de esa forma, extendiendo. –¿Cómo fue que el debate sobre la identidad nacional francesa se convirtió en un debate sobre la inmigración? –Durante la campaña presidencial de 2007, Nicolas Sarkozy lanzó el debate anunciando la creación de un Ministerio de la Inmigración y de la Identidad Nacional. Fue él quien unió los dos temas, aunque enfrentándolos: la inmigración son ellos, la identidad somos nosotros. ¿La prueba? La Cité Nacional de la Historia de la Inmigración, que iba a integrar a los inmigrantes en la historia nacional francesa, nunca fue inaugurada oficialmente. Le aseguro que el Museo de Historia de Francia, anunciado por el presidente, no le dará el mismo lugar a la inmigración… –¿Qué es hoy ser francés? –Hay una respuesta simple, y que a veces olvidamos: ser francés es tener la nacionalidad francesa. Este criterio jurídico debería ser suficiente. Pero no lo es o, mejor dicho, ya no lo es más desde que la inmigración es planteada como un problema. Una cosa es establecer algunas condiciones para la naturalización de los extranjeros que desean convertirse en franceses. Otra muy distinta es seguir pidiéndole a ciertos franceses que den más pruebas de su nacionalidad. No se lo piden a todos los franceses, sino sólo a quienes son de origen extranjero. Los otros, los "originalmente franceses", ¿lo son por naturaleza? Esas diferencias tienen consecuencias desastrosas. Algunos franceses son así, a priori, sospechosos. Deben justificarse siempre. Algo muy significativo es la vuelta al vocabulario de la palabra asimilación. –Pareciera que para el gobierno francés los ciudadanos son verdaderos franceses sólo si sus familias están en Francia desde hace algunos siglos. –A diferencia del Frente Nacional (el partido de extrema derecha), el poder actual intenta evitar esa expresión. Aunque esa prudencia lingüística no engaña a nadie; cuando a los franceses que nacieron en Francia se los califica de inmigrantes porque sus padres o sus abuelos lo eran, en definitiva se los está reenviando directamente a sus orígenes. Y eso es una forma de integrar un componente racial en el discurso. Algunos son tratados como si fueran de una naturaleza diferente. Pero lo que se olvida en ese análisis es que, al hacerlo con los unos, se lo está haciendo también con los otros: no sólo "ellos", sino también "nosotros". Es decir que la política actual racializa a Francia, transformándola de a poco en una nación blanca. Este imaginario del blanco encierra al conjunto de los franceses en una representación racial, estén o no estigmatizados. –¿Existe en Francia una inmigración que molesta más que otra? –El discurso y las prácticas políticas dejan claro que lo que molesta es la inmigración africana: los magrebíes, desde hace ya mucho tiempo, y el África negra, más recientemente. Lo primero para destacar es que la inmigración europea no es considerada como una inmigración, por simple lógica de la Unión Europea. Segundo, bien sabemos que nadie llama inmigrante a un estadounidense que pasa una temporada en Francia. La inmigración es un vocabulario reservado al sur. Por último, es llamativo que por el momento no se hayan preocupado por la inmigración asiática. Muchos consideran que se trata de una inmigración sin problemas, lo que finalmente significa que muchos piensan que la inmigración que viene de África es una inmigración con problemas. –¿La inmigración ha enriquecido la identidad nacional francesa a lo largo de todos estos años? ¿Al menos la influido de alguna manera? –Evidentemente podemos recordar la contribución de los inmigrantes en la literatura (Émile Zola), en la pintura (Pablo Picasso), en el mundo del espectáculo (Yves Montand), en el fútbol (desde Michel Platini a Zinedine Zidane), etcétera. En forma más general, podemos recordar la contribución a la economía: la modernización de la nación, a fines del siglo 19 o durante los "treinta gloriosos", después de la Segunda Guerra Mundial, no se podrían haber hecho sin los inmigrantes. Pero, en mi opinión, hay más. Está también la inmigración por ella misma. La presencia de extranjeros y de sus hijos es una señal de apertura; la xenofobia y el racismo, signos de hermetismo. Si la nación francesa fue siempre portadora de valores universalistas es porque no siempre ha sido cerrada como hoy. Hacer de Francia un club privado de blancos contradice esa tradición que jugó un rol esencial no sólo en el imaginario nacional sino también en la imagen de Francia en el mundo.