El Estado de bienestar ya no es intocable
Las redes de contención social, que eran el orgullo de los ciudadanos europeos, se ven amenazadas por la dura realidad que impone la crisis. Salud, educación y asistencia social, "las áreas más perjudicadas".
Parece que el equilibrio se rompió una vez más. Las lecciones aprendidas tras el mayor conflicto bélico de la historia se disipan en medio de las cotidianas preocupaciones. Las prioridades y el estilo de vida de los europeos se redefinen a medida que las políticas de recorte y ajuste alcanzan espacios que se creían intocables.
Concluida la Segunda Guerra Mundial, para evitar el resurgimiento de regímenes totalitarios que gozaron de apoyo popular por haber superado la Gran Depresión antes que los gobiernos democráticos, Europa alcanzó una especie de armonía entre el libre mercado y el Estado como garante de necesidades básicas. Pero ese modelo, conocido como Estado de bienestar, tan exitoso a lo largo de la segunda mitad del siglo 20, se ve amenazado hoy por las políticas de ajuste emprendidas por gobiernos que no encuentran la forma de superar una crisis que parece inagotable.
La palabra clave es austeridad. Fue impuesta en el Viejo Continente por el eje Berlín-París y por el Fondo Monetario Internacional (FMI) para reducir el déficit público.
Este pacto de disciplina fiscal, firmado por 25 de los 27 miembros de la Unión Europea (UE) a fines de enero y reafirmado a principios de marzo, implica profundos tijeretazos en los presupuestos, despido de empleados públicos, aumento de la edad jubilatoria y otras políticas que golpean de lleno el corazón del Estado de bienestar.
Principios socavados. Este modelo, del que Europa se enorgulleció durante décadas, engloba básicamente cuatro escenarios, que son las jubilaciones, los subsidios de desempleo, la sanidad y políticas sociales y la educación.
De acuerdo a cuánto se priorice la protección social y a cuáles de estos escenarios se dé más relevancia, se habla de distintos modelos de Estado de Bienestar: el nórdico, el continental, el anglosajón y el mediterráneo.
En todos ellos, los principios básicos son la igualdad de oportunidades, una distribución equitativa de las riquezas y la responsabilidad del Estado de mantener esa igualdad, lo que implica además un sector público fuerte.
Sin embargo, la crisis actual socava esos principios, quiebra el equilibrio entre equidad y eficiencia que sostiene al Estado de bienestar y rompe así el ciclo de solidaridad.
Problemas que desde hace años inciden sobre este modelo, como el envejecimiento de la población europea y las desigualdades insuperables entre los más ricos y los más pobres, se agravan en medio de la debacle económica. Y la receta elegida por la UE es el ajuste.
España acometió dos oleadas de recortes que afectan a la sanidad y la educación; en Grecia, las jubilaciones sufrieron una merma de 15 por ciento y hasta 2015 desaparecerán 150 mil empleos públicos; el gobierno italiano subió el IVA al 23 por ciento, dispuso el regreso de la “salud cofinanciada” y aumentó de la edad jubilatoria hasta los 66 años; Alemania eliminará 10 mil puestos en el sector público hasta 2014 y a los que permanezcan empleados se les bajó el sueldo un 2,5 por ciento; Lisboa contempla el despido de 30 mil empleados públicos; en Irlanda se subieron los impuestos por valor de 1.600 millones de euros, y en Gran Bretaña la matrícula universitaria anual ya casi alcanza los 11 mil euros. Y estas son sólo algunas de las medidas adoptadas que no pudieron ser frenadas por masivas movilizaciones y varias protestas violentas que se sucedieron en todo el continente.
Consecuencias directas. Pese a todo, los ajustes no aplacan esta crisis que ya acabó con 17 gobiernos, desde Gran Bretaña hasta Italia y de Portugal a Eslovaquia, pasando por Grecia, Bélgica, República Checa, Rumania y Finlandia, entre otros.
La desesperación llevó a españoles, que sufren el mayor índice de desempleo de la zona del euro, a cambiar un gobierno socialista por uno conservador, mientras que los franceses se disponen a trocar el próximo domingo en las urnas al derechista Nicolas Sarkozy por el socialista François Hollande. La crisis parece no entender de ideologías.
Ante lo que parece ser la muerte del Estado de bienestar, la ruptura social, los populismos y la xenofobia aparecen a la vuelta de la esquina. Por eso no extraña que la ultraderechista Marine Le Pen cosechara el domingo pasado, en la primera vuelta de los comicios franceses, casi el 18 por ciento de los votos, superando por primera vez la barrera de los seis millones de votos y convirtiéndose en factor clave para el balotaje. Avances electorales similares se produjeron en Dinamarca y Finlandia.
Algunos mandatarios, como el italiano Mario Monti y el belga Elio Di Rupo, parecen haber tomado nota y ya piden medidas que promuevan el crecimiento y el empleo. La principal promotora de la austeridad, la alemana Angela Merkel, se queda cada vez más sola. Sin embargo, para el Estado de bienestar, este “pacto de crecimiento” tal vez llegue demasiado tarde.

