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"En Libia se abre un período de luchas internas"

La democracia en los países árabes no es una prioridad de las grandes potencias occidentales, indica el politólogo Khatchik Derghougassian.

28 de agosto de 2011 a las 12:02 a. m.
"En Libia se abre un período de luchas internas"

–¿Qué escenario abre el derrocamiento de Kadhafi? –Se abre un período de inestabilidad y lucha por el poder entre las facciones que formaron una alianza para derrocarlo. Esta alianza tiene pocos referentes conocidos, no se sabe cuál es el proyecto de país que propone –probablemente nunca existió–, y hay mucho petróleo en el país para repartir... Es también un escenario de mayor involucramiento de la Otan en el proceso de transición para asegurar sus intereses económicos y estratégicos. Consagraría un modelo de intervención de potencias occidentales en el nuevo contexto convulsivo de las revueltas árabes, para recuperar un control geopolítico del Medio Oriente y del Norte de África, que el derrocamiento de regímenes prooccidentales en Túnez y Egipto amenazó perjudicar. –¿La caída del régimen es una buena noticia para la primavera árabe? –El derrocamiento de un régimen tiránico como era la autocracia de Kadhafi es una buena noticia en general, pero no necesariamente para la primavera árabe. Primero, porque la movilización que se generó inicialmente por casi las mismas causas que explican las revoluciones en Túnez y Egipto muy pronto derivaron en una lucha por el poder a lo largo de las líneas de fractura de lealtades tribales. Segundo, esta fractura tribal creó la oportunidad para la intervención militar de la Otan. Tercero, la intervención se basó en el principio ético del "derecho a proteger" con el argumento de impedir que Kadhafi cometiera un genocidio, pero terminó transformándose en el factor determinante en la victoria de los opositores del régimen; es decir su principio humanitario se tergiversó para transformarse en un factor de política de poder. Finalmente, por más paradójico que parezca, el derrocamiento mediante la intervención ajena de un régimen tiránico podría significar el fracaso de la primavera árabe. Si el concepto de "primavera árabe" remite a la histórica "primavera de los pueblos" en Europa de 1848, que consagró el orden republicano y aceleró el proceso de la caída del viejo régimen monárquico, el cambio lo debería promover el principal protagonista que es el propio pueblo, tal como ha sido el caso en Túnez y Egipto. En cambio, lo que probablemente vendrá en Libia es otro escenario de injerencia externa en la redefinición del modelo de país. –¿Por qué no fueron atendidas las propuestas de la Unión Africana de una salida negociada entre los rebeldes y el gobierno libio? –En primer lugar, porque los intereses geopolíticos de las potencias occidentales son demasiado importantes en Libia como para ceder un espacio de mediación a la Unión Africana sin poder controlar el proceso. En segundo lugar, ya reconocieron a los rebeldes como el gobierno legítimo con el cual no se ha dejado margen de una salida negociada. Está claro que las potencias occidentales no han apostado solamente a la salida del poder de Kadhafi, sino directamente a su eliminación. –Transcurrido más de medio año del inicio de la ola de reclamos populares en el mundo árabe, ¿qué logros destacaría? –El mayor logro probablemente ha sido el empoderamiento de la ciudadanía en el mundo árabe, en el sentido de que estas movilizaciones no han sido, como en otros momentos históricos de los árabes, promovidas desde arriba sino que son un fenómeno de masas. Es muy probable que haya un antes y un después de Túnez y Egipto en la conciencia colectiva de los árabes, por más abstracto que parezca el concepto. Sin embargo, los logros hasta ahora han sido el triunfo de las movilizaciones en Túnez y Egipto, que se transformaron en revoluciones primero por el derrumbe, bajo presión popular, de los regímenes de Ben Ali y Hosni Mubarak respectivamente; segundo, el inicio de un proceso de transformación constitucional que ambiciona una casi refundación del Estado en estos países; y tercero el juicio por corrupción y abuso de poder tanto a quienes detuvieron el poder por casi tres décadas así como a aquellos que lo aprovecharon para su enriquecimiento personal. –¿Cabe ser optimista respecto a las posibilidades de cierta democratización y de reformas sociales en la región? –Los únicos países donde el proceso de cambio inspira optimismo respecto a la democratización del sistema y la concreción de reformas sociales y económicas son Túnez y Egipto. Los siguen Jordania y Marruecos, donde los monarcas aparentemente se han comprometido a reformas en este mismo sentido. La movilización social en Bahrein ha sido reprimida con la intervención militar de Arabia Saudita para asegurar la continuidad al poder de una dinastía sunita que reina hace 200 años en un país cuya población es un 70 por ciento chiíta. Yemen está al borde de la guerra civil y mucho va a depender de la capacidad de mediación de la Organización de Cooperación del Golfo para evitar una mayor escalada de la violencia. Siria está en plena convulsión. El descontento social está presente también en Argelia y hasta en Arabia Saudita, donde la economía informal, en el primer caso, y los millones invertidos en obras públicas y aumento salarial, en el segundo, explican la contención temporaria. Los pocos países que, hasta hoy, están al margen de estas revueltas son los pequeños países del Golfo, Qatar, Dubai, los Emiratos Árabes Unidos, Kuwait –cuya riqueza y tamaño probablemente explique este resultado– y el Líbano, que es el único país en el mundo árabe cuyo sistema democrático-sectario con todos sus riesgos, imperfecciones y debilidades ha evitado tentaciones autocráticas. –¿A qué se debe la falta de protagonismo del Islam político en la llamada primavera árabe? –Simplemente porque el Islam político no tenía respuestas a los desafíos que representan las condiciones estructurales que motivaron las revueltas. El eslogan que dice "el Islam es la solución" (que apareció luego del fracaso del proyecto del nacionalismo panárabe), simplemente no convence. Más aun, si en algún momento el Islam político se postuló como la única fuerza opositora a los regímenes autocráticos, la lucha interislámica en Irak entre sunitas y chiítas desde por lo menos 2006 (provocada por los afiliados de Al Qaeda que terminaron desplazando la resistencia más bien nacionalista a la ocupación estadounidense) terminó desprestigiando al Islam político en general. Ahora bien, si las organizaciones políticas islámicas estuvieron al margen de las movilizaciones populares no significa que en Egipto y en Túnez no puedan llegar al poder. De hecho, no sólo son las fuerzas políticas más organizadas para las próximas elecciones, sino que, como en el caso del partido Al-Nahda en Túnez, reciben apoyo directo del Partido de Justicia y Desarrollo al poder en Turquía. –¿Qué papel están jugando Estados Unidos y las potencias europeas? –Los deseos de democratización de la región de parte de Estados Unidos y los países europeos han sido, en el mejor de los casos, secundarios con respecto a otras prioridades, como la estabilidad de los regímenes en el poder por su papel en la llamada "guerra contra el terrorismo", el libre flujo del petróleo y los negocios. Las democracias que las potencias occidentales quisieran ver en el Medio Oriente y el Norte de África se asemejarían a los regímenes surgidos de las llamadas "revoluciones de color" en ex países soviéticos como Georgia y Ucrania; pero las revueltas árabes son muy distintas de las "revoluciones de color", aunque tengan rasgos comunes como es, por ejemplo, la inspiración de una literatura académico-activista de militancia democrática o el uso de las redes sociales en la organización de las movilizaciones. –¿Cómo se puede interpretar la distinta actitud asumida por las potencias ante las situaciones de Libia, Bahrein y Siria? –Las revueltas árabes no eran un escenario previsto por las grandes potencias. Más aun, era un escenario casi indeseable por los resultados inciertos que podría tener, sobre todo cuando el razonamiento binario de la llamada "guerra contra el terrorismo" veía en la democratización la inevitable llegada al poder de partidos islámicos. Además, todos los países occidentales se habían acomodado con estos regímenes y los negocios beneficiaban tanto a altos funcionarios europeos como a instituciones académicas y sus referentes intelectuales. –¿La primavera árabe puede alterar el equilibrio regional internacional? –No había un equilibrio regional propiamente dicho en Medio Oriente, sino la presión hegemónica de Estados Unidos que apostaba a las divisiones internas comenzando por la línea de fractura entre el Islam sunita y chiíta para preservar una estabilidad que asegure el flujo del petróleo, impedir la llegada al poder del Islam político y defender a su aliado Israel. Las revueltas árabes alterarán ciertamente la situación pero es muy difícil aún ver en qué sentido. Desde ya la política que había mantenido el régimen de Hosni Mubarak hacia la Franja de Gaza ha cambiado con el levantamiento del bloqueo que le había impuesto a los palestinos. Esto sugiere mayores niveles de autonomía en la política exterior egipcia en la región. Los cambios, sin embargo, se verán en el mediano plazo y muy probablemente en forma mucho más gradual y menos drástica por las presiones tanto sistémicas como internas que enfrentan los procesos de transformación en los países árabes.