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El tren de los desesperados

“El Muro de la Tortilla”, en precarias embarcaciones, persiguiendo un único sueño: llegar a Estados Unidos.

18 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Pablo Sigismondi (geógrafo)
El tren de los desesperados

Hace horas, desde que partimos de la estación de Arriaga (en el estado de Chiapas) que el calor infernal, el polvo, los insectos y el traqueteo de "La Bestia" –el tren carguero– apenas dan respiro. Llevo varios días siguiendo el mismo camino, los mismos senderos que miles de centroamericanos recorren a diario para alcanzar el Norte. Viajamos sentados en el techo del vagón, aferrados con las manos al metal. A menudo los más jóvenes bajan corriendo del convoy, en cuestión de segundos arrancan mangos de los cultivos cercanos y vuelven a ascender. "Si no llueve, nos entretenemos así para no dormirnos y caer sobre las vías". Otros se resguardan con paraguas del sol que cae a plomo, o descienden por las escalerillas hasta el lugar donde se unen los vagones, "el sanitario". Al borde mismo del vagón, la reminiscencia a la ferocidad de las leyes de la guerra me resulta inevitable. De repente dos hombres muy robustos, rapados y cubiertos de tatuajes se me acercan y se sientan a mi lado. Uno a la derecha, el otro a la izquierda. Pertenecen a las temidas maras, organizaciones criminales salvadoreñas. Al principio hay intercambio de miradas. Sostengo la mía sin bajarla, directamente a sus ojos achinados y amenazantes. Entonces uno dice: "Oye, güey, ¿qué haces aquí, para quiénes sacas fotos? ¿Por qué te has venido con nosotros?" Al escuchar esas palabras, y como si una grieta se hubiera abierto donde estoy sentado, quedo mudo. Me tomo unos segundos, sabiendo que puedo correr la peor suerte que los maras reservan a los herejes, ser arrojado del tren cabeza abajo. Respondí lo primero que se me ocurrió: "Oye, ya bajaré cuando marchemos más lentamente". Su cara se tensa. Nadie se atreve a rebelarse contra su autoridad; la prudencia recomienda huir inmediatamente, pero el tren va demasiado rápido. No tengo gran cosa que decir, pero busco no romper el fino hilo que queda aún. Les comienzo a contar de mis viajes por el mundo, para así persuadirlos de no aplicar el escarnio: "Mira 'bro' (hermano), estoy conociendo esta realidad"."Sabes, güey, nadie sube a este tren. ¡Estás loco!" Y, señalando su cuerpo, agrega: "Acá los únicos que podemos usar tatús (tatuajes) somos nosotros; somos los únicos que podemos raparnos; a ver, güey, ¿tienes algún tatú?" "No bro, no uso ninguno, mira", digo quitándome la remera que llevo puesta. "Acá todos pagan para subir al tren. ¿Cuántas pelas traes?", me interroga."Sólo tengo esto", digo vaciándome los bolsillos y enseñándoles mi efectivo. El hombre rapado vuelve su rostro oscuro y murmura:"Bueno, güey, dámelo y te largas lo antes posible. ¡No te queremos aquí arriba! ¡Y oye bien, no queremos más fotos!", concluye mientras tiende su mano derecha apretada y hace chocar sus nudillos con los míos, en señal de aprobación. Quedo helado, pero intento disimularlo. Cerca del poblado de Chahuites –en el estado de Oaxaca– salto del tren.