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Diálogo desde la admiración

Si bien no siguieron juntos, siguieron unidos. Tanto, que Feinmann especula que una hipotética derrota del kirchnerismo hoy equivaldría al retorno de las fuerzas antipopulares que derrocaron a Perón en 1955.

29 de mayo de 2011 a las 12:02 a. m.
Diálogo desde la admiración

José Pablo Feinmann tiene una vasta trayectoria como filósofo y escritor. Ha escrito tanto ensayos como novelas y toda su obra, incluidos sus artículos periodísticos, puede leerse como un cruce entre filosofía, literatura y política. El Flaco. Diálogos irreverentes con Néstor Kirchner (Planeta, 2011) no es la excepción, sino, por el contrario, acaso el punto más visible de esa combinación. Es un ensayo construido con todas las herramientas que brinda la narrativa para contar los diálogos que mantuvieron un intelectual (Feinmann) y un político que ejercía la presidencia de la Nación (Kirchner) durante unos dos años; diálogos que se interrumpen cuando el político elige lo que el intelectual califica como el camino equivocado y el político no comprende que los artículos críticos que le dedica el intelectual no son en su contra sino a su favor. A pesar del distanciamiento, Feinmann habla de un Kirchner valioso, en línea con lo mejor del peronismo, que para él remite, en primera instancia, más a Evita que a Perón, y en segunda instancia a Cámpora. Kirchner no tuvo pliegues ni dobles mensajes ni reprimió como Perón: "Kirchner siempre tuvo una palabra. Nunca jugó al penduleo. Nunca parraleó (sic). Para Perón sí era sí pero podía ser no. No era no, pero podía ser sí. Kirchner se ubica más en la línea de frontal sinceramiento de Evita: sí es sí, no es no. Nunca pretendió ser el Padre Eterno". Hay un segundo elogio. Afirma que Kirchner fue el presidente "más brillante, más lúcido, más veloz y de mejor formación política que tuvo este país". Y también hay un tercero: dar a entender que fue un político cercano a la omnipotencia. "Habrá muy pocas cosas para Néstor Kirchner que no se puedan. Su gran garra de político, su temple, se expresará en una convicción muy honda, muy arraigada en él: todo se puede. De golpe o de a poco. De esta convicción surgirá su frase: Vamos por todo. Que es la que elegiría para definirlo". El cuarto elogio, el más importante de todos, es lo que narra el libro en su parte central: cómo Kirchner se inventó a sí mismo, por qué y a partir de qué. "De modo que el Flaco se pregunta qué tiene, y tiene dos cosas: el frío patagónico y el aparato de Duhalde. Llega con esas dos cosas. Se banca lo de Chirolita y empuja. Por fin, gana. Pero por descarte. Gana porque el Otro, el Gran Embaucador, se va. O sea, el Flaco, que llegó como Chirolita, que llegó por medio de Otro, del Gran Caudillo Bonaerense, gana por defección de Otro, del Gran Embaucador. No soy, se dice. Soy un resultado. Llegué por Otro y gané por Otro. Llegué porque Otro me hizo llegar y gané porque Otro decidió perder. Entonces, en esta feroz encrucijada, el Flaco toma la decisión su vida. Decide inventarse. Sabe, como el hombre sartreano, que es nada. Pero sabe que esa nada le abre el infinito, la tarea vertiginosa de ser sus posibilidades, de elegirse, de darse el ser. El Flaco, entonces, inventa al Flaco".En su discurso de asunción, al final, está esa caracterización de sí mismo que hará posible, desarrollo mediante, la invención posterior, al declararse miembro de una generación diezmada, "¡El Flaco es un Flaco de la Jotapé! El Flaco es un Flaco del '70. Un Flaco de la izquierda peronista". Ser valioso y ser valiente. Feinmann será un testigo privilegiado de esa invención. Porque Kirchner, por ejemplo, le hablará por teléfono para decirle que su punto de partida son los derechos humanos, o que se declarará en su próximo discurso como hijo de las Madres. También le dirá: "Mañana voy y hago sacar el cuadro de Videla del Colegio Militar. Y si no lo quiere sacar nadie, lo saco yo". Y Feinmann no puede creer lo que escucha. "Uno lo escuchaba decir esto y no le creía. No se podía sacar el cuadro de Videla". En consecuencia, tiene que cumplir la odiosa tarea de preguntar lo que nadie, sospecha, se anima a preguntar: "¿Analizaste si están dadas las condiciones?". Y Kirchner lo sorprende nuevamente: "Si analizo eso, no lo bajo". ¿Por qué se distanciaron, entonces? Porque el político no hubiera pasado la prueba de fuego que le demandaba el intelectual: ser valiente, no valioso. Todos los elogios de los párrafos anteriores describen a alguien que vale mucho. Ser valiente es otra cosa, es ser fuerte, sobre todo en lo moral.En el contexto de su presidencia, Feinmann le reclamó a Kirchner que tuviese la valentía de romper con el peronismo y construir una identidad política nueva y superadora de la anterior, claramente de centroizquierda, para que ese Flaco sobreviviente que había sabido presentarle a la sociedad se conservase puro, incontaminado por las aguas podridas del aparatismo pejotista. Kirchner esbozó ese objetivo, lo formuló públicamente en varias ocasiones, pero no dudó en convertirse, cuando tuvo la oportunidad, en el presidente del Partido Justicialista, así como de atacar a Eduardo Duhalde con el propósito de destronarlo y pasar a gobernar su fabuloso aparato.Entre el pragmatismo y la pureza, el político eligió al primero y el intelectual a la segunda. Y si bien no siguieron juntos, siguieron unidos. Tanto que Feinmann especula que una hipotética derrota del kirchnerismo hoy equivaldría al retorno de las fuerzas antipopulares que derrocaron a Perón en 1955."La Sociedad Rural, el diario La Nación , las grandes corporaciones, todo el garquerío nacional con la clase media a remolque y los tacheros y Radio 10 y todo el aparataje mediático, y los nuevos Américo Ghioldi, Alfredo Palacios (que luego algo mejoró), Rodolfo Ghioldi, Victoria Ocampo (aunque, la de hoy, meritoriamente, intente comprendernos), los periodistas lameculos de las corporaciones y Pino Solanas, único, napoleónico, al que le van a dar un patadón espectacular, no sin antes agradecerle los servicios prestados".