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Desde el balcón

Sus dimensiones físicas difieren un tanto de la dimensión histórica que le damos.

15 de mayo de 2011 a las 12:02 a. m.
Desde el balcón

Si la primera impresión es lo que cuenta, lo primero que uno siente cuando se asoma al balcón de la Casa Rosada es que queda más cerca de la plaza de lo que parecía.Vivenciado desde las expectativas y los recuerdos, y sin renunciar a la emotividad, el balcón impone a sus fugaces intrusos una impresión que convoca a pensar: Perón estaba mucho más cerca de la gente de lo que lo vimos en la televisión entre 1973 y 1974 y en las películas que lo registraron entre 1945 y 1955.Esa inmensidad, agigantada por el recuerdo de uno y todos los argentinos, el tamaño inabarcable de la plaza y la altura infinita del espacio desde el que hablaba el líder, tiene, en verdad una medida humana.Cuando uno ve lo que se ve desde ese primer piso, entiende que Perón y quienes ocuparon ese lugar sin quitarle la propiedad histórica del balcón podían ver muchas caras antes que una multitud. Al menos los primeros 30 metros de aquellas concentraciones eran visibles en detalle, en cuerpo y pasión, por el protagonista del momento.El viaje al balcón no es completo, tal como lo hicieron quienes salieron a hablarle a la Plaza de Mayo. La sala que precede al balcón, dedicada a los científicos argentinos, tiene tres puertas de doble hoja; la central está cerrada. Es por ahí que pasó Perón el 17 de octubre de 1945 cuando una multitud reclamaba su liberación.Entre la detención y la gloria, el coronel le pidió al gentío que cantara al Himno para pensar qué diría en esos tres minutos. Aparecería por última vez el 12 de junio de 1974, unas tres semanas antes de su muerte. Tras un vidrio a prueba de balas ubicado en el espacio central se despediría: "Llevo en mis oídos la más maravillosa música, que, para mí, es la palabra del pueblo argentino".Semanas antes se había peleado con Montoneros ("Esos imberbes que gritan") y defendido enfáticamente al sindicalismo ortodoxo, al que los muchachos le habían asesinado a un incondicional del presidente, José Ignacio Rucci.El caudillo no soportó la separación del vidrio y cuando se iba se corrió a su izquierda para, sin barreras, desde un espacio del balcón sin protección, estirar sus brazos por última vez ante la multitud que lo había puesto en ese lugar desde hacía 29 años. José López Rega lo apuró para que se pusiera de nuevo a cubierto.Cuatro años después, el dictador Jorge Rafael Videla se asomó para saludar a la multitud que celebraba el triunfo en el Mundial, pero no habló. Leopoldo Galtieri, el anteúltimo usurpador de la presidencia del Proceso, en abril de 1982, ante una plaza repleta dijo: "Si quieren venir que vengan, las presentaremos batalla".Raúl Alfonsín esquivó el balcón el 10 de diciembre de 1983, y subió al del Cabildo. Pero poco después llenó la plaza y salió el espacio inaugurado por Perón para anunciar una economía de guerra.Durante la Semana Santa de 1987, en la tarde del domingo que cerró el primer levantamiento carapintada, Alfonsín acuñó una de sus frases más conocidas y más desafortunadas: "La casa está en orden, felices pascuas". Sucederían otros dos conatos militares, más las leyes de obediencia debida y punto final (ahora derogadas) que evitaron los juicios a decenas de represores.Poco después, a mitad de 1986, Diego Maradona y sus compañeros se asomaron desde el mismo lugar para mostrar la Copa del Mundo ganada en México. Sin Copa, subcampeones, Carlos Menem les abrió el lugar para que Diego y el plantel saludaran a la multitud.El mismo Menem hablaría desde ahí en la llamada Plaza del Sí, organizada por el periodista Bernardo Neustadt, en respaldo a la "cirugía mayor sin anestesia" con la que el riojano se disponía a reemplazar su promesa electoral de "salariazo" y "revolución productiva".Ya no habría presidentes en ese balcón hasta estos días en que cada fin de semana, centenares de turistas lo visitan para vivir por un segundo la sensación de estar pisando la historia.