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La cultura, una forma de vivir

En La cultura occidental, José Luis Romero explica cómo se constituyó esa cultura y las vicisitudes que atravesó desde su emergencia. Rogelio Demarchi.

10 de abril de 2011 a las 12:02 a. m.
Rogelio Demarchi (especial)
La cultura, una forma de vivir

En 1951, Jorge Luis Borges rompió con el nacionalismo cultural propugnado desde el Centenario por figuras como Leopoldo Lugones y Ricardo Rojas y luego reformulado por el primer peronismo. En la conferencia "El escritor argentino y la tradición" sostuvo que "los nacionalistas simulan venerar las capacidades de la mente argentina pero quieren limitar el ejercicio poético de esa mente a algunos pobres temas locales, como si los argentinos sólo pudiéramos hablar de orillas y estancias y no del universo". Con afirmaciones más o menos sarcásticas, llegó al centro de su exposición: "Creo que nuestra tradición es toda la cultura occidental, y creo también que tenemos derecho a esta tradición". Sobre el final, agregó: "Nuestro patrimonio es el universo". Al nacionalismo imperante, oponía un saludable cosmopolitismo.Dos años más tarde, uno de los historiadores argentinos más importantes de la época, José Luis Romero, daba a conocer La cultura occidental (FCE, 2011, reedición), un texto fundamental para entender el proceso que hizo posible la constitución de esa cultura y las vicisitudes que ha atravesado desde su emergencia.Según Romero, la cultura occidental define, "en sentido estricto, una concepción del mundo y la vida que se expresa en infinidad de formas y que tuvo su origen localizado en cierto ámbito territorial y por obra de determinados grupos sociales". Su meta fue expandirse, por eso se adjudicó "la empresa de civilizar al mundo". Apoyando de manera tácita la tesis de Borges, Romero advierte que esa empresa se debilita en el siglo 20 por obra "de movimientos y tendencias de carácter religioso y nacionalista".El poder de esa cultura descansa, para Romero, en su sincretismo, ya que surge "en los primeros siglos medievales y como resultado de la confluencia de tres grandes tradiciones, la romana, la hebreo-cristiana y la germánica, de las cuales las dos primeras suponían una síntesis de variados elementos".De allí su propuesta: leer la historia de la humanidad, desde entonces y hasta el presente, en función de las distintas etapas que atraviesa esta cultura; y cada una de esas etapas –él las llama edades– se caracterizará por el predominio de uno de esos legados sobre los restantes, sobre todo por la oposición entre el cristianismo y la romanidad, que "representaban dos concepciones antitéticas de la vida". Así, por ejemplo, si la primera edad muestra la supremacía del cristianismo, a través del sistema cristiano-feudal, "un orden jerárquico de raíz metafísica" que aspiraba a la constitución de una teocracia, "una insurrección del legado romano" genera la crisis que nos conduce a la segunda edad. En ella, el deseo de riqueza y la aspiración al goce y al poder, "implícitos en la concepción romana de la vida", sostendrán a la naciente burguesía, que buscará dominar a la naturaleza y estructurar un poder político apoyándose en sistemas no teológicos.La cultura occidental renace una y otra vez, parece decir Romero, porque el poder de sus raíces descansa en nosotros mismos. ¿O acaso no tenemos nuestro legado preferido y una secreta aspiración a que se imponga sobre los otros?