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La cruzada del siglo 20

El peso de la influencia de Juan Pablo II en la caída del comunismo es discutible. Pero algo es seguro: se dedicó a ello como un cruzado moderno aun antes de ser ungido papa.

30 de abril de 2011 a las 12:02 a. m.
Ángel Stival (Periodista)
La cruzada del siglo 20

El camino a la santidad de Juan Pablo II es una autopista amplia y veloz, cimentada en los fulgores del audaz pontificado del "papa viajero", más acorde con los tiempos que corren que con los tortuosos senderos de la Iglesia. La singularidad de Karol Wojtyla, pastor incansable que conocía todos los secretos de la comunicación de masas y poseía un carisma que encantaba a las multitudes, se agiganta en la comparación con su sucesor Benedicto XVI, quien, parafraseando a una canción muy popular de la década de 1960 en Argentina, sabe mucho de teología pero no sabe nada, nada de amor.Es probable que estas imágenes contrastantes –susceptibles de cierta falsedad, que es propia de las imágenes mediáticas– sean el reflejo de los mundos diferentes en los que les tocó liderar a una institución como la Iglesia Católica, que ha dado muestras acabadas de su capacidad de adaptación a las más disímiles circunstancias históricas a lo largo de casi dos mil años de existencia.El papa Juan Pablo II fue un fiel exponente de esa ductilidad y eligió para mostrarse el viaje. Éste es, a un tiempo, omnipresencia y universalidad, dos atributos propios del cargo que ejerció durante 26 años y medio. Ello le permitió, sin dejar de tener en forma constante un pie en lo sagrado, intervenir en el mundo secular para orientarlo con su palabra, torcer rumbos, polemizar y gestar alianzas que lo convirtieron en protagonista central de los principales acontecimientos políticos y sociales del fin de siglo pasado.Uno de ellos, quizá el más resonante, fue el derrumbe del comunismo, del que resultó uno de sus ilustres sepultureros, papel en que se empeñó desde el comienzo mismo de su pontificado.Es difícil que los historiadores tradicionales, aquellos que tratan de reconstruir el entramado de hechos que explican los acontecimientos, encuentren allí un lugar relevante a Juan Pablo II. Es probable que tengan razón. Después de todo, la Unión Soviética, a través de Mijail Gorbachov y su legendaria perestroika, había descubierto por sí misma que caminaba hacia el precipicio y que se imponía un cambio de rumbo. Pero ya era tarde y el comunismo real, que en teoría era inconmovible e irreversible, se derrumbó como un castillo de naipes.Incluso algunos teólogos católicos relativizan la influencia de Juan Pablo II en las cuestiones terrenales. "Al fin y al cabo, el régimen soviético no se derrumbó gracias a él (hasta la llegada de Gorbachov, el Papa había logrado tan poca cosa como en China), sino que se vino abajo por las contradicciones sociales y económicas inherentes al sistema", sostiene Hans Küng, teólogo austríaco, crítico de las autoridades vaticanas y de sus acciones.Sin embargo, no pocos de sus biógrafos, entre ellos el norteamericano George Weigel, consideran que quien armó la mano de Alí Agca, autor del célebre atentado de 1981, fue el servicio secreto soviético.Todo empieza por casa. Hay que consignar, además, un dato insoslayable: por providencia divina o humana, cuando llegó el momento decisivo de la batalla final de la Guerra Fría y se produjo, en 1989, la histórica caída del Muro de Berlín que la simboliza, en el sillón de la Santa Sede estaba sentado este cura polaco, el primer apóstol eslavo de la historia. Desde el 16 de octubre de 1978, cuando sucedió al efímero Juan Pablo I, no se quedó quieto para calentarlo. Pero aun antes de ser papa, el joven cura que había padecido los efectos de la invasión alemana a su tierra durante la Segunda Guerra Mundial y convivía con el rudo estalinismo, comenzó a erosionar la plataforma en la que se asentaba el poder soviético en su país. Sólo ocho meses después, en la primera visita a Polonia con su flamante e inesperada investidura, no vaciló en desafiar las férreas normas impuestas por el gobierno prosoviético de Varsovia. "En Gniezno –cuenta en El político de Dios David Willey, periodista destacado por la BBC en el Vaticano– el Papa tomó una determinación crucial: decidió ignorar las divisiones políticas artificiales de la Cortina de Hierro y recordarle al mundo que los límites históricos y geográficos de la Europa cristiana incluían las partes bajo control soviético de Europa Central y del Este".En ese viaje, poco difundido por los medios, Juan Pablo II recordó la unión de los pueblos eslavos en el pasado, identificando una caldera de nacionalismos latentes que pronto comenzarían a asomar en Europa Oriental.Al mismo tiempo, en la Iglesia Santa Brígida, de Gdansk, cerca de los astilleros Lenin, comenzaba a crecer el gremio Solidaridad, al calor de un obrero naval llamado Lech Walesa.Dice Willey: "Seis años antes de que Gorbachov accediera al poder (en la Unión Soviética), Karol Wojtyla sembró las primeras semillas de cambio político en Polonia. Desde Roma, el Papa animó, aconsejó y suministró un constante punto de referencia para Lech Walesa y el fuerte movimiento Solidaridad, de creencia católica y romana. Asimismo, se cree que proveyó de fondos a dicho movimiento a través del banco del Vaticano".No parecen caber muchas dudas de que esto fue así. Cuando Walesa y Wojtyla se reunieron en 1990 en Castelgandolfo, en lo que fue su quinto encuentro cara a cara, uno era el líder político y sindical indiscutido que en poco tiempo más sería elegido presidente de Polonia y el otro cosechaba los resultados de la cruzada contra el comunismo que había iniciado apenas asumió como papa.La tercera Roma. Dicen que Juan Pablo II solía exclamar "¡Ah, Moscú, la tercera Roma!" cuando se le mencionaban sus planes, nunca cumplidos, de viajar a la capital rusa. Esa expresión delataba un conocimiento profundo de la historia de la Iglesia y, en particular, de la forma en que se erigió la Iglesia Ortodoxa Rusa. Constantinopla, hoy Estambul, fue la segunda Roma. La capital del Imperio Bizantino receptó gran parte del poder espiritual y temporal del cristianismo después de la debacle del Imperio Romano de Occidente.La leyenda cuenta que el príncipe Vladimir fundó la Iglesia Ortodoxa hace más de mil años inspirado en la rama oriental del cristianismo, después de haber rechazado, uno tras otro, al cristianismo latino, al judaísmo y al islamismo.La invasión turca de 1453 deshizo el encanto bizantino y puso en circulación la idea de una "tercera Roma": Moscú. Se cuenta que, luego de estos acontecimientos, un monje escribió este mensaje, en una carta al zar: "Preste atención a esto, piadoso Zar: que todos los imperios cristianos se unan con el suyo. Porque dos Romas han caído pero la tercera sigue en pie y una cuarta, no ha de haber".Ésta es la historia que conocía el papa Juan Pablo II, pero no le sirvió de mucho. Nunca logró franquear la distancia que lo separaba de los ortodoxos rusos, que veían con recelo –enfocados en particular en el proceso de recuperación de tierras perdidas tras la revolución de 1917– el ímpetu con que el papa de Roma solía apoderarse de todos los escenarios. Más allá de la mutua fascinación entre Juan Pablo II y Gorbachov, al papa le costó influir en el intrincado Moscú. Pero logró reanudar relaciones diplomáticas con el Kremlin tras su primer encuentro con Gorbachov –después hubo otros y Juan Pablo II hizo todo lo posible para que la perestroika y la glasnost se desarrollaran con éxito– y envió una jerarquizada delegación al cumpleaños número mil de la conversión de Rusia al cristianismo. Su cruzada, que recuerda aquella de los caballeros medievales a Oriente para recuperar el Santo Sepulcro, siguió también en Cuba, aunque en este caso ante un pueblo menos familiar para él. Su visita a La Habana sólo produjo cambios imperceptibles en la realidad cubana. Pero será inolvidable su duelo verbal con Fidel Castro. Cuando Wojtyla falleció, el gobierno de la isla decretó un inédito duelo de tres días e hizo público un comunicado que lo consideraba un "amigo inolvidable".Amigo o enemigo, y sea cual haya sido su incidencia real en sepultar la utopía igualitaria, Juan Pablo II será inolvidable. Pronto será también santo.