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Corazón de lentejuelas

Mucha gente trabaja todo el año en los barrios de Unquillo para organizar el desfile de las carrozas y murgas. El brillo viene del esfuerzo solidario.

19 de febrero de 2012 a las 12:02 a. m.
Bibiana Fulchieri (Textos y fotos)
Corazón de lentejuelas
(Bibiana Fulchieri).

“Mi papá era un personaje increíble, alma y rey de los corsos de Unquillo hasta que se murió. Ahora se me aparece en sueños diciéndome cosas muy locas como: ‘Morirse es un quilombo’”, cuenta Pepe Barabino, heredero del “Viejo Rony”, fundador de la murga Unquío Paradise, quien se ofrece a mostrarnos las cocinas de los famosos Corsos, donde a fuego lento se prepara durante meses el eterno retorno de la fiesta que más lejos está de la muerte.

La historia del Corso unquillense data del año 1936. Este año es la 76ª edición, sobreviviente gracias a la fortaleza popular que supo escamotear la oprobiosa época de los edictos policiales iniciados en 1976.

A las expresiones carnavaleras tradicionales que comenzaron con el juego de agua y paseo en “chatitas” y carros con disfraces improvisados, se fueron sumando carrozas y producidos trajes. Luego vinieron las comparsas, las reinas y, a mediados de los ’90, aparece lo que se considera la primera murga: Unquío Paradise, con un centenar de integrantes que hacen gala de habilidades en música, zancos, malabares, monociclos, fuego, cintas, telas y contorsiones.

“A partir de los Carnavales Barriales –explica Marcos Griffa, del área de Gestión Participativa Municipal–, desde 2009 hay un resurgimiento de la movida murguera. A las existentes Unquío Paradise, Agua de Luna y Sueño de Locos, se sumaron al calor de este proyecto las murgas barriales: Los 
Carasucias, Los Miguelitos, Rompesiestas, Pizadas de Pizarro y Los Perdidos.

Tanto los corsos como los carnavales barriales se llevan a cabo desde la Mesa de Coordinación de Corsos de la Municipalidad de Unquillo, integrada por el intendente, funcionarios municipales y referentes de la comunidad .

Más de mil vecinos, entre costureras, diseñadoras de vestuario, carroceros, escenógrafos, pintores, músicos, acróbatas y asistentes en diversos rubros, trabajan en improvisados talleres a destajo y a tiempo completo, ya que, según el teórico del lenguaje Mijail Bajtín, “durante el Carnaval no hay otra vida que la del Carnaval".