Construir entre todos un estado
El Bicentenario sirve para pensar en nuestro presente. El pasado ya pasó, pero nos dejó lecciones de aciertos y desaciertos.
¿Estamos de acuerdo con que la Argentina moderna se funda con la llegada en masa de los italianos? El censo de 1914 nos da una radiografía de la población local que muestra que la ciudad de Buenos Aires, las principales localidades de la provincia de Buenos Aires y la ciudad de Rosario están habitadas por un 30 por ciento de extranjeros. Les podemos agregar otras ciudades del Litoral, como Entre Ríos y Misiones, donde, aunque no en la misma dimensión, la proporción de extranjeros es enorme.Y digo bien "enorme" porque no tenemos ejemplos en el mundo de que en un período tan breve –apenas unas décadas– se haya producido una ola inmigratoria de estas características. Ni Estados Unidos, Canadá o Australia son países que puedan medirse respecto del nuestro en cuanto a este fenómeno se refiere.Basta usar la imaginación para representarnos la vida en la calle y el cambio abrupto en las costumbres de los primigenios residentes de nuestro país, ante esta súbita e inesperada extranjerización. Estimo que lo sucedido en aquellos años ha sido un proceso civilizatorio demoledor. Por supuesto que hay testimonios al respecto, desde los escritos de los nacionalistas, los positivistas hasta los libros que en la década llamada "infame" se interrogan por el ser nacional o la desconcertada "pasión argentina". Un ejercicio de imaginación. No es que falten escritos de la época como trabajos de historiadores de hoy, pero sólo propongo un ejercicio de imaginación para trasladarnos a nuestro presente e intentar reconstruir el escenario en nuestros días. Si desde la década de 1970, digamos a partir del gobierno de Héctor Cámpora, hubieran llegado a nuestras tierras unos 15 millones de inmigrantes de... China, por ejemplo, para asentarse en las mismas regiones que la mencionada inmigración, no sé si comeríamos el asado con palitos o empanadas de soja, pero demos por hecho que la convivencia nacional sería totalmente distinta y Maradona, campeón de ping pong.El idioma cambia, la arquitectura también, los modos del habla, el temple y la memoria colectiva, la música, la literatura. Nuestro país abrió sus puertas a todo el mundo, pagó los pasajes de miles de personas con hambre y ganas de trabajar y se italianizó. La herencia española venía de antes y las nuevas camadas que llegaban de la península ibérica no modificaron el paisaje urbano como la itálica. Los porteños hablamos con síncopa napolitana; los rosarinos, menos; dejo la tonada cordobesa para otra ocasión; comemos pizza –que dicen que es más un producto español que italiano ya que pizzerías, como los restaurantes alemanes, fueron administrados por "gallegos"–; fideos los domingos; gritamos; nos abrazamos a los besos diciéndonos "querido"; melodramatizamos con facilidad; somos sentimentales; nuestra mamá es gorda y tibia; nuestro papá, callado y severo; el cuñado, un haragán; curiosos y chismosos, etcétera. Un sainete gastroemocional.Argentina, argentinizada. ¿Que todo eso cambió hace tiempo? Es posible, pero no del todo. Nos hemos argentinizado, la sociedad argentina ya no es cosmopolita, se ha vuelto una aldea metida para adentro y los movimientos migratorios se han revertido hacia fuera.La última vez que recuerdo que hubo una evocación fuerte hacia esos orígenes de los que hablo fue durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Decía el ex presidente que España e Italia eran nuestros modelos de país, por ser repúblicas modernas, democráticas y porque de ahí habían llegado nuestros abuelos.No nos sorprende que los radicales nos cuenten aquel pasado yrigoyenista, que lo tienen de símbolo y bastión. Desde la década de 1990, aquella rememoración ha quedado muda. Hoy, si alguna referencia nacional aparece en el horizonte, no es aquélla, sino una surgida por la vecindad geográfica y la adscripción económica: Brasil. Somos del Mercosur y ya no los hijos del Mediterráneo.Aquel fenómeno social disruptivo explotó con el golpe de Estado de 1930. Una corriente política y cultural, el nacionalismo católico de sesgo militar, tomó el poder contra aquella "chusma" que dominaba el país con su porte de medio pelo, sus anarquistas y sediciosos irredentos, esa inmigración desarraigada, y se propuso restaurar los verdaderos valores de la patria. El problema es que nunca se puso de acuerdo en cuáles eran. La idea de educación popular que había pensado el hombre más lúcido de nuestra historia –Domingo Faustino Sarmiento–, el sistema de escuela pública y obligatoria, se había constituido en el verdadero crisol de razas.La Argentina no era un país de guetos. El armenio, el judío, el sirio-libanés, el español, el criollo, todos mandaban a sus hijos al mismo colegio. Los comerciantes de orígenes variados tenían sus negocios en la misma calle; los jóvenes salían a bailar y sus antepasados provenían de lugares distintos de un mundo ya casi olvidado.Sin embargo, esta mezcla no era del gusto de una especie de patriciado que de aristocracia tenía poco; de oligarquía, bastante; de caudillismo, lo suficiente, y de fascismo, demasiado. Y fracasaron. Vivían de la libra esterlina y esa moneda comenzó a retirarse del mundo. No supieron cómo llenar ese hueco. Aplastaron el régimen republicano del voto universal y tampoco supieron reemplazarlo. Inventaron el fraude democrático, la estafa, en bien del país que ellos querían. El país vaciló por épocas de mayor o menor bienestar, dado que la naturaleza benigna que nos ampara permitía que los capitales succionaran el suelo y siempre encontraran algo que los satisficiera.Nos educaron militares, de Uriburu a Perón, de Aramburu y Onganía a Lanusse y Videla, hasta que Menem derrotó a Seineldín, dividiendo al ejército con las mejores armas de la seducción: indulto y negocios.Otra vez nunca más. Por primera vez en 25 años, en nuestro país los militares no han interrumpido el orden constitucional. El Bicentenario sirve para pensar en nuestro presente. El pasado ya pasó. A partir de 1984, hemos dicho "nunca más". Algunos lo han interpretado en sentido restringido: juicio a los culpables del terrorismo de Estado. Otros lo hacemos en un sentido más amplio: construir entre todos una sociedad y un Estado que nos den la esperanza de que ciertos sucesos del pasado no se repetirán.Lo que sucedió entre 1975 y 1982 fue un baño de sangre y de horror. Para que no vuelva a suceder, es necesario que tengamos un Estado de derecho y una república basados en leyes que sean respetadas. Para eso, es indispensable tener personales gubernamentales transitorios (así denomino a los que ocupan por vía electoral el Poder Ejecutivo) de óptima calidad en la gestión y probada fortaleza ética.Dos presidentes depuestos; uno que gobernó 10 años y medio con el voto popular y hoy es innombrable por decisión hipócrita de la ciudadanía; cinco presidentes en un mes; un presidente derrotado en 1999 que gobierna por decisión de las sombras en 2002; otro que llega al poder por anulación de internas y deserción del ganador en la primera vuelta. Terminado su mandato, le pasa a dedo el cetro a su esposa... que pretende devolvérsela a... etcétera.Estamos demasiado acostumbrados a hablar todo el tiempo del poder. Es lo más cómodo. Se presenta como una entelequia tan vasta como abstracta, que nos permite meter en ella todos los desperdicios que queramos. Lo llamamos "sistema", "monopolio", "dictadura", para olvidarnos de lo que la sociedad argentina en sus grandes mayorías apoyó con toda conciencia.El poder sirve para olvidarnos de nuestras responsabilidades políticas y de nuestras decisiones pasadas. Nos permite ser víctimas de invasores sin tener complicidad alguna. Así, con la violencia guerrillera de los '70, la dictadura del Proceso, las Malvinas, el menemismo. De todo eso nos presentamos como convidados de piedra o inventamos una fábula que nos salve y guarde.Pero la historia sigue. Nunca es la misma. Nuestros hijos y nietos vivirán en esta tierra. Mis padres y yo hemos llegado a ella desde Rumania después de Auschwitz. La hospitalidad con la que nos recibió es lo mejor que nos pasó en la vida.

