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Como rebaño trashumante

18 de julio de 2010 a las 12:01 a. m.
Como rebaño trashumante

Cuando el tren –después de 10 horas de espera– ha completado la carga de sus vagones, la hora de la verdad se inicia. Son las 2 de la tarde y los rayos de sol caen a plomo; los metales sobre los cuales estamos sentados alcanzan temperaturas de infierno. Cargado con la cámara de fotos, agua y 300 pesos mejicanos, el viaje comienza. Todos estamos acomodados sobre los techos (algunos ya lo hicieron anoche, para ocupar mejor sitio), cada cual sentado en un pequeño lugar. Somos cientos. A medida que comenzamos a abandonar la estación de Arriaga y el tren avanza entre rechinar por puentes y curvas, soy uno más en esa marea humana. Ahora siento pasar a través de mi propio cuerpo el viento sofocante del ambiente que me seca la piel, los labios, el sudor. ¿Cuántos litros de agua deberíamos llevar para no deshidratarnos? Sin dudas, muchos. Esta es la geografía a flor de piel, la que permite entender mejor a la oleada de miles de seres humanos que viven, cada día, esta misma sensación, una auténtica catástrofe humanitaria, desde que los poderosos decidieron tildarlos(nos) de "ilegales"; fantasmas que no existen. Mis compañeros de viaje, que en sus lugares de origen podían vender, trabajar, bailar y festejar, desde ahora engrosan las filas de los sin identificación; sin lazos familiares o afectivos, sin lugar de pertenencia, sin historia que contar, sin pasado y con futuro incierto. Como ellos, experimento una especie de vacío en ese huir, como ola desordenada, cargando los restos de un naufragio. No existo. Y, si no existo, no soy; por eso mismo la delincuencia está a sus anchas; ¿quién se preocupa de lo que no existe, de lo que no es? El largo camino y sus peligros serán tan duros que bien podría afirmarse que, para los migrantes, la ley de la selección natural, la de la supervivencia del más fuerte, se cumplirá a rajatabla. Recién allá –y sólo para dos de cada cinco de ellos– comenzará la otra etapa de la odisea. Porque la emigración no es un paseo turístico. Destruye familias, identidades, comunidades enteras; los poblados quedan vacíos de hombres. ¿Resulta extraño bajo estas circunstancias que gran parte de los soldados que participan en la invasión de Irak y Afganistán sean latinoamericanos? ¿Qué será peor para esta gente, aquellos desiertos desconocidos o este trajinar sin fin?