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El coleccionista de canarios

Que cómo mira el mundo a la Argentina debiera de dejar de ser un problema. El mundillo del qué dirán tendría que no generar preocupaciones de envergadura. Eduardo Bocco.

29 de abril de 2012 a las 12:02 a. m.
El coleccionista de canarios

Que cómo mira el mundo a la Argentina debiera de dejar de ser un problema. El mundillo del qué dirán tendría que no generar preocupaciones de envergadura. Cuando decimos "los que miran", imaginamos un universo serio importante, poblado de sabios. Lejos de ahí, el mundo, como nosotros, está mezcladito, y es difícil hacer una tabla de mejores y peores.Las decisiones argentinas no deben poner colorado a nadie, ni siquiera a los más críticos exponentes que hoy, desde diversas partes del mundo, levantan el dedo acusador. Algunos tienen razón, otros no tanto y muchos actúan con una hipocresía definitivamente incomparable.Como pequeños ejemplos, pueden darse dos sospechas: Inglaterra y España. Ambas habrían utilizado sus litigios con Argentina para que sus sociedades sacaran de la agenda o al menos demoraran, la discusión por la agudísima crisis que padecen. Londres con Malvinas, Madrid, con Repsol-YPF. Las dos situaciones dan lugar para pensar, y esto sin analizar si la acción del gobierno nacional fue justa, injusta, acertada o desacertada.En nuestro país, parecemos estar muy pendientes de la opinión que tenga el otro, lo cual constituye una actitud prácticamente adolescente, lo cual tiene algún asentamiento en la realidad, más allá de que ya hayamos llegado al hito del Bicentenario.Tal vez, haya alguna vez que priorizar la mirada hacia adentro, al país interior. Está bueno gustar al otro, al que viene de lejos, pero también hay que dar señales al pago chico.La gente debe creerle a su clase dirigente, los ciudadanos deben sentirse respaldados por aquellos que fueron elegidos libremente, sin condicionamientos.La situación en torno al vicepresidente Amado Boudou alimenta la desconfianza popular, es un nuevo grano de arena que fortalece el pesimismo. La Justicia puso bajo sospecha al vicepresidente de la Nación y la réplica fue contundente: primero se removió al jefe de los fiscales y luego al juez de la causa. Esteban Righi, ex procurador, y Daniel Rafecas, el juez apartado del caso Ciccone, a las duchas.Los dos incomodaban al vicepresidente. ¿Boudou actuó sólo? ¿Acumuló semejante cuota de poder desde diciembre –cuando asumió– hasta hoy?Hay que recordar que hasta la explosión pública del caso Ciccone, Boudou aparecía como un funcionario débil, permeable, a la que la poderosa organización de noveles dirigentes llamada La Cámpora, había puesto contra las cuerdas. El vice era visto por este grupo como un traidor en potencia.De buenas a primeras todo cambió, y Boudou se quedó sin pasado, sin estrategia oculta para derribar al kirchnerismo y pasó a ser una especie de víctima de señores y señoras perversos.Cambiaron el juez que lo investigará. Desembarcó Ariel Lijo, quien de buenas a primeras, los medios lo convertimos en un hombre popular. Este magistrado tiene una particularidad: colecciona canarios.