Cartas de un escritor a otro
Mario Vargas Llosa ha escrito 12 cartas dirigidas a aquellos que tienen deseos de escribir, para transmitirles todo lo que él aprendió a lo largo de su carrera. Rogelio Demarchi.
Una buena idea, propuesta por un editor: un gran escritor, para el caso, Mario Vargas Llosa, debe imaginar un intercambio epistolar con alguien que apenas está descubriendo su vocación literaria y se pregunta si valdrá la pena, cómo comenzar a escribir, cómo saber si puede ser escritor, etcétera. Vargas Llosa debe alentarlo, señalarle el camino. No se trata de transferir recetas, sino de estimular en el otro el gran salto hacia delante, mostrarle cuán seductor es el ingreso al oscuro túnel de la literatura.
El resultado es Cartas a un joven novelista (Alfaguara, 2011), un conjunto de doce filosas cartas en las que Vargas Llosa reflexiona “sobre la manera como nacen y se escriben las novelas”.
Su primera reflexión es que el futuro escritor no debe querer escribir pensando en el éxito: “Los premios, el reconocimiento público, la venta de los libros, el prestigio social de un escritor, tienen un encaminamiento sui géneris, arbitrario a más no poder, pues a veces rehúyen tenazmente a quienes más los merecerían y asedian y abruman a quienes menos”. Entonces, hay que escribir por el mero deseo de hacerlo.
Para quien desee seguir en el camino, a pesar de ello, vendrán luego las reflexiones sobre cómo se puede organizar (digamos) el plan de escribir una ficción, qué elementos son necesarios.
Primero, hay que tener una historia para narrar. ¿De dónde surge? De “la experiencia de quien las inventa, lo vivido es la fuente que irriga las ficciones”. Segundo, toda novela tiene una forma, que consta de dos elementos, el estilo y el orden: “Lo primero se refiere, claro está, a las palabras, la escritura con que se narra la historia, y lo segundo, a la organización de los materiales de que ésta consta, algo que, simplificando mucho, tiene que ver con los grandes ejes de toda construcción novelesca: el narrador, el espacio y el tiempo narrativos”.
Esto último reclama una serie de precisiones, de modo que Vargas Llosa se detiene a reflexionar sobre el narrador, el espacio, el tiempo, y cómo esos elementos se vinculan en lo que él denomina “el nivel de la realidad”, que sería “la relación que existe entre el nivel o plano de realidad en que se sitúa el narrador para narrar la novela y el nivel o plano de realidad en que transcurre lo narrado”.
Todavía le quedan cartas para hablar de las posibles alteraciones que pueden sufrir estos órdenes y para comentar las técnicas de “la caja china” (el relato dentro del relato), del “dato escondido” y de “los vasos comunicantes”.
Por cierto, estas pequeñas clases teóricas están maravillosamente ilustradas con ejemplos prácticos que dan cuenta de su amplitud de lecturas (y su capacidad de interpretación).
Didáctico y filosófico al mismo tiempo, Vargas Llosa reconoce, al fin, las limitaciones de sus cartas: se puede enseñar a escribir y a leer (que es lo que él hace), pero “nadie puede enseñar a otro a crear”; esto “se lo enseña uno a sí mismo tropezando, cayéndose y levantándose, sin cesar”.

