Cada libro también es una vida
Entrevista a Ester Szwarc, directora académica de la Fundación IWO.
Grandes afiches callejeros de color rosa pegados por la ciudad de Buenos Aires convocaban al acto en memoria de las 85 víctimas del atentado a la Amia. Otro acto por la memoria, cotidiano y tenaz, es el que llevaron a cabo Ester Szwarc y un grupo de voluntarios que rescataron de los escombros –aun poniendo en riesgo sus vidas– el enorme patrimonio cultural judaico afectado por la bomba.La profesora Szwarc nos abre la puerta del abarrotado IWO (Idisher Visnshaftlejer Institut, Instituto Judío de Investigaciones), un edificio en Ayacucho 483 donde se alberga en forma temporaria parte de la memoria recuperada."Mire este reloj... para siempre detenido a las 9.53", dice Szwarc. Entre cientos de libros, objetos, cajas apiladas y restos variopintos de destrozos, transcurre la entrevista, realizada como si estuviéramos recorriendo un paisaje después de la batalla. –¿Cómo era el IWO (biblioteca, museo, hemeroteca y pinacoteca) que funcionaba en la sede de la Amia antes del atentado del 18 de julio de 1994? SEnD Era la institución cultural judaica más importante de Latinoamérica, fundada en Buenos Aires en 1928. El IWO fue fundado en Vilna, la capital de Lituania, en 1925, después de la Primera Guerra Mundial, a instancias de un grupo de intelectuales, entre ellos Sigmund Freud y Albert Einstein, para promover el estudio, difusión y preservación de la memoria y la cultura judías. "Al principio, en Buenos Aires, el IWO era muy pequeño, porque ¿quién llega como inmigrante a un país? El que es perseguido, o está mal económicamente... pero la organización fue creciendo tanto que para albergar su archivo, biblioteca y museo fue necesaria una casa de 10 habitaciones", cuenta Szwarc.En la década de 1940, cuando se construye la sede de la Amia en la calle Pasteur, debido a la importancia del IWO, se le asigna el tercer y parte del cuarto piso para albergar los materiales y realizar sus múltiples actividades, desde conciertos y conferencias hasta cursos abiertos y exposiciones. –¿Qué se podía consultar y buscar en el IWO? –Todo lo que hace a la vida judía y conforma su cultura: libros, discos pinturas, fotografías, documentos que dan testimonio del Holocausto, Izker–bikher (crónicas de comunidades judías europeas desaparecidas durante el Holocausto), incunables en judaica, diarios, guiones de teatro manuscritos, objetos de culto y otros importantes testimonios sobre la inmigración, la educación, las colonias y las cooperativas agrícolas en la Argentina del siglo 20. –¿Cuántos ejemplares contenía? –Había unos 100 mil libros y unos 400 fondos documentales, amén de una importante pinacoteca, una hemeroteca y un archivo de música y de la palabra. –¿Cuál era su función en la Fundación IWO en esa época? –Yo enseñaba, y enseño, la lengua idish y la cultura judía que preserva las vivencias y los contenidos de la creación de este pueblo. Pensemos en los comienzos del IWO en Europa, cuando cada nuevo invasor imponía sus reglas, su lengua y su cosmovisión para lograr la pérdida de identidad del vencido y así anularlo y hacerlo desaparecer. EN 1846 nace la palabra "folklore" en el mundo y se valoriza lo popular, incorporándolo a la cultura. ¡Nada es igual a la creación del pueblo! –¿Estaba usted el día del atentado? –No. Yo tenía otro horario, pero, como eran vacaciones de invierno, iba a ir esa mañana para preparar un festival de música. Se me hizo tarde y estaba por salir de mi casa. –¿Había personal o alumnos? –No. Pero la primera persona de la que supimos que había fallecido, Abraham Plaksin, que trabajaba en la Amia, estaba en ese momento en el IWO. –¿Cómo fueron los inicios en el rescate del material documental entre los escombros? ¿Por qué suponían que algo podía salvarse? –Los primeros días fueron, por supuesto, para salvar a la gente; no había duda sobre ello. Después empezamos a ver que, como el edificio había sido partido en dos, quedaba entre los escombros gran cantidad de materiales. También las imágenes de la televisión ayudaron a que viéramos objetos suspendidos en las alturas. –Usted coordinó un grupo de rescate. ¿Eran alumnos suyos los voluntarios? –Algunos sí, otros no. Había muchos alumnos de escuelas judías y no judías; chicos y jóvenes de 15 a 25 años que a partir de las 2.30 de la madrugada del viernes 22 de julio, con un frío tremendo, estaban en la calle salvando libros y documentos únicos. Cada libro también era una vida. –¿Cuántos voluntarios trabajaron en total? –Unos 800 chicos. Había una escalera hasta el segundo piso, nos apoyábamos en una cornisa y saltábamos, entrando al tercero a través de una ventana y, de allí, al cuarto. Estaban los libros que íbamos poniendo en bolsas que transportábamos con una gran cadena humana que recorría unos 120 metros. Yo estaba arriba rescatando con mucho cuidado lo que se podía y coordinando un sistema de trabajo por turnos de los chicos voluntarios. Había un responsable por cada sector. Logramos un ritmo fenomenal en ese engranaje humano: en las primeras 20 horas de búsqueda rescatamos el archivo. Había que tener un gran estado físico. –¿Cómo fue el proceso a partir del momento en que encontraban parte de algún documento? ¿Tenían un equipo de especialistas restauradores de papel? –Fuimos realizando en paralelo las tareas de rescate y conservación. En un espacio de la calle Uriburu tendíamos piolines entre sillas y colgábamos página por página los diarios mojados para que se secaran; armamos largas mesas con caballetes, las cubrimos con liencillo y sobre ellas fuimos limpiando con pinceles hoja por hoja de cada libro. Recibimos ayuda y asesoramiento de verdaderos especialistas en restauración: un técnico de Estados Unidos que había trabajado en el salvataje de lo afectado en Florencia durante la gran crecida del río Arno, una persona de nuestra Biblioteca Nacional, una experta de Rosario... –¿Y cuánto tiempo llevó toda la tarea hasta volver a rearmar la biblioteca? –La primera etapa de rescate y detención del deterioro duró cinco meses de trabajo ininterrumpido hasta diciembre. A 17 años del atentado, la biblioteca todavía se está rearmando. –¿Qué se rescató y qué se perdió? –De los 100 mil volúmenes existentes se pudieron rescatar 60 mil. Se perdió mucho. También trabajamos buscando materiales mezclados con los escombros que fueron trasladados a un descampado de la Ciudad Universitaria, a cielo abierto, expuestos a las inclemencias del invierno. Para ser más precisos, rescatamos también 32 mil diarios y revistas, nueve mil fotografías, 120 pinturas, 17 instrumentos musicales, 2.100 discos, 38 esculturas y unos 700 afiches de obras de teatro. –Me gustaría que hiciera referencia a la historia de los libros y objetos "que fueron salvados dos veces" –Bueno... ¿ve esos pequeños discos metálicos y esas etiquetas pegadas dentro de algunos libros? Fueron colocados a aquellos materiales que sobrevivieron a la Segunda Guerra Mundial. Encontramos, por ejemplo, un libro con rastros de haber sido expuesto al fuego. Resultó ser "un sobreviviente" del Gueto de Varsovia, traído por un escritor que había estado allí. –¿Qué valor tiene la memoria? –La memoria es la base de la existencia de un pueblo. Tener memoria del pasado nos da conciencia del presente y esperanza en el futuro. Nuestra tarea es pasar la posta de la memoria a las generaciones venideras con el mandato de que hoy tenemos que saber más que ayer. Uno de los mayores insultos dentro del judaísmo es decirle a alguien: "Ignorante". Hay que estudiar, aprender y saber... En la Biblia figuran muchas veces las palabras "recuerda" y "no olvides".

