¿Búsqueda del Santo Grial o de la caja de Pandora?
La pérdida de la memoria es un desafío para la neuropsiquiatría. Muchos síntomas tempranos son cultural y médicamente desdeñados.
Cuando comencé a dedicarme a la investigación y tratamiento de pacientes con demencias, en los primeros '90, el Alzheimer era considerado una enfermedad rara. Abundaban, y aún persisten, colegas definiendo el problema progresivo, inexorable, de la pérdida de memoria con términos que, a ciencia cierta, no decían mucho. No me decían mucho como joven médico, ni les transmitían realidades a los pacientes y sus familias, quienes terminaban la consulta con más desesperación que al comenzarla. Esos términos eran, y son, "demencia senil", "arterioesclerosis" e inclusive ese gesto chabacano que, palmada en la espalda de por medio, le restaba seriedad a la enfermedad porque era "normal, cosas de la edad". Como resultado, los pacientes se iban con ideas vacías, y en mi caso, como especialista, me quedaba con una frustración inmensa. Algunos pacientes (muchos) partían con una bomba de tiempo activada en sus cabezas, cuyo origen era Alzheimer, demencia vascular, Parkinson o un fenómeno mixto, sin un intento racional de tratamiento. Esto se debía, en realidad, a que no hay un tratamiento lógico si no hay comprensión de lo que está sucediendo, o sea, un diagnóstico.Mucho ha girado la aguja del reloj desde aquellos años míos de novicio, en los que creía que iba a ser un especialista en memoria. Seis inviernos en la Universidad de Toronto cambiaron radicalmente mi visión y entendimiento, y por ende, modifiqué mi posición y toma de actitud ante la pérdida de memoria en general, y ante cada paciente individual que trato en la práctica diaria.Hoy sabemos mucho más del tema. Actualmente está claro que si un paciente llega a la consulta con pérdida de memoria, en muchos casos, una parte de la batalla está perdida, toda vez que los problemas degenerativos y vasculares que afectan la memoria lo hacen generalmente de forma tardía.Actualmente se considera que la pérdida de la memoria ocurre cuando ya han aparecido otros fenómenos clínicos, sutiles en algún caso, pero obvios en otros diagnósticos. La capacidad de juicio, depresión, alteraciones o distorsiones de un esquema de personalidad previa, alteraciones en la atención y concentración, o en las capacidades visuoconstructivas, y de orientación, son los antecedentes tempranos de la pérdida de memoria. Esto me lleva a una anécdota: un día explicaba a la hija de una paciente cuán avanzada estaba la situación de su madre. La paciente abría enormemente sus ojos y no podía dar crédito a mis palabras y a los estudios que fundamentaban con absoluta objetividad el estado estructural y funcional del cerebro. La hija, al borde de las lágrimas, me dice: "¡Entonces la pérdida de memoria es la gota que colma el vaso!". "Efectivamente", le contesté, "se han sucedido síntomas solapados durante años". Y estos síntomas son cultural y médicamente desdeñados en muchos casos.Volviendo al título de esta nota, cuando hace veintitantos años empecé a trabajar con problemas de demencia, buscábamos entender y detectar a la memoria con el empeño y emoción que los cruzados buscaban el Santo Grial. Pero era un error ya que el Santo Grial, en realidad, es estudiar el camino que transita el paciente hasta llegar a la pérdida de memoria, lo más tempranamente posible. Diagnosticar una pérdida de memoria es casi como abrir una caja de Pandora. Muchos, o todos, los males del cerebro enfermo ya están sucediendo y salen a la luz. Pero atención, esos males se venían cultivando durante años con transparencia, a la vista de médicos, pacientes y sus familias, que ignoraban, subestimaban o se resistían a aceptar. La solución no es simple, como nada en la objetividad de la vida médica, pero se puede empezar por saber y querer ver. Y no cabe duda, casualmente, que dudar es muy bueno. Las nuevas medicaciones, la tecnología, la inmunogenética y la capacidad de la tecnología para espiar en el cerebro en vivo, que hubieran emocionado a Leonardo Da Vinci, son herramientas fantásticas, pero todavía insuficientes. Por eso, la mejor de las armas frente al problema del Alzheimer es educar al médico que atiende esos síntomas (y mis excusas si esto tiene un tinte soberbio) y a las familias para que no sólo se le preste una minuciosa atención a lo clínico, sino que ambos se concentren en escuchar lo que el paciente –y por supuesto la propia familia– cuenta (así como lo que no cuenta). La cercanía de los parientes es tan importante en el hogar como que el médico sospeche permanentemente y se convenza de que las mejores herramientas para el diagnóstico y tratamiento tempranos son un sillón cómodo para atender al paciente, y papel y lápiz para anotar.
*Neurólogo. Director del Instituto Kremer de Neuropsiquiatría de Córdoba. Secretario Alterno del Grupo de Demencias y Neurociencias Cognitivas de la Sociedad Neurológica Argentina.

