El bailarín no se entrega
A punto de cumplir 89 años, el único sobreviviente de Los Hermanos Ábalos, el legendario conjunto que enseñó a bailar folklore a generaciones de argentinos, sigue en los escenarios transmitiendo aquello que aprendió en la infancia santiagueña.
"De pronto, cuando estoy en el escenario, siento que los cuatro están conmigo, como respirando detrás. Entonces, dejo de cantar por unos segundos. Mi compañero ya sabe lo que me está pasando y sigue cantando solo". Vitillo Ábalos abre los ojos tan grandes cuando cuenta esa sensación, que parece que le estuviera sucediendo otra vez en ese momento. No alcanza a contener la humedad que le nubla la mirada, pero continúa adelante. "Es difícil, sí...", murmura, y uno no puede presentir la intensidad de un dolor semejante, aunque sí es posible sospechar cuál es la esencia que lo sigue sosteniendo en acción. Lo dice él: "El amor a la vida y a las cosas nuestras no se acaba jamás". Víctor Manuel Ábalos, "Vitillo" para generaciones de argentinos, cumplirá 89 años el último día de este abril. Es el único sobreviviente de Los Hermanos Ábalos (el cuarto, según el orden de llegada al mundo), los cinco hijos de Helvecia Balzaretti y Napoleón, que no sólo crecieron juntos bajo el mismo techo sino que durante seis décadas cantaron, tocaron y bailaron juntos en tablados del país y del mundo. –¿Cómo fue posible el milagro de sostenerse tanto tiempo juntos? –Antes que nada, el mérito fue de nuestros padres por habernos mantenidos unidos en el afecto a la familia y en los mismos sentimientos hacia el canto y la danza criolla. Entre "Machingo" (Napoleón Benjamín), el mayor, nacido en 1913, y "Machaco" (Marcelo Raúl), el más chico, hay 10 años de diferencia, pero entre nosotros nunca hubo demasiadas diferencias. Cuando éramos niños y jóvenes, todo lo compartíamos, y nosotros, los más chicos, aprendíamos mucho de "Machingo" y Adolfo. –¿Y luego...?, ¿cómo sostuvieron la larga convivencia entre ustedes? –Lo bueno de nosotros fue que ninguno era jefe. A veces, Roberto, cuando uno le daba la razón, se daba aires de que él llevaba la voz de mando, que era el director; pero enseguida "Machaco" lo paraba en seco: "Vos no sos cacique, vos sos indio. Así que retrocedé, agarrá el arco y la flecha y quedate quieto", le decía, y nosotros nos reíamos. Las decisiones las tomábamos en conjunto y no se seguía la opinión de uno solo, sino del que en ese momento pensábamos que tenía razón.Así, desde la primera presentación "oficial" en un teatro de Santiago del Estero, hasta la última vez que actuaron, en 1997 –también en Santiago–, "Machingo", Adolfo, Roberto, "Vitillo" y "Machaco" trazaron su camino por la misma vereda, así en el arte como en la vida. Argentinizar. Además de rescatar motivos tradicionales y de componer algunas de las zambas, chacareras y gatos más cantados del folklore argentino ( Nostalgias santiagueñas , Chacarera del rancho , Gatito de Tchaikovsky , Zamba de Vargas , Zamba de los yuyos , Carnavalito quebradeño , Agitando pañuelos , De mis pagos ), Los Hermanos Ábalos enseñaron a los argentinos a bailar el folklore. Fueron el puente entre el interior y Buenos Aires y otros centros urbanos que casi desconocían la cultura provinciana. La herramienta fueron los discos, en aquellos tiempos todavía incipientes de la industria, en los que consiguieron abrir algo de camino para el folklore. –En la década de 1940, todavía la mayoría de los discos era de tangos o música extranjera, como el jazz y el fox trot, que era lo que entonces se bailaba. Cuando nosotros grabamos en 1943 uno de aquellos discos de 78 revoluciones por minuto, en el sello RCA Víctor, "Machingo" fue cantando la coreografía: adentro, vuelta entera, zapateo, giro... Eso, que quedó como un sello nuestro, fue lo que ayudó a bailar, sobre todo en las escuelas. –Y ustedes sabían bien de qué se trataba, pues bailaban desde muy pequeños. –Yo no sé cuándo aprendí. Sí recuerdo haber visto a mis padres bailar cuando era muy pequeño. Tenía la sensación de que estaban flotando. Fue eso, que sentí como algo mágico, lo que me cautivó. Creo que ningún artista había hecho antes eso de cantar la coreografía, porque no eran bailarines. –Esa fue la diferencia que marcaron. –Es que no siempre es posible bailar cuando el músico no es bailarín. Por ejemplo,
–Y usted tuvo la guía nada menos que de don Andrés Chazarreta, casi una leyenda fundacional del folk-lore argentino, pues de alguna manera fue el primero en mostrar la música y las danzas criollas en las capitales más grandes del país. –Agradezco el día en que llamó a la puerta de mi casa y le pidió permiso a mi madre para que yo fuera a bailar con él. Creo que debo haber aprendido unas 40 danzas distintas. Pero sobre todo, siempre seguí su consejo de que uno debía bailar por el amor a la danza, no para conquistar al público. –¿Qué es lo que les dice a las nuevas generaciones de bailarines que toman contacto con usted? –Antes que nada, que aprendan. He visto que muchos bailan como les parece y dicen que hacen lo que sienten. Pero las danzas criollas tienen un sentido en su coreografía, expresan de una manera determinada el sentimiento. Es importante mantener una manera de hacer las cosas. Muchos las mezclan con otras danzas, pero primero hay que saber hacer bien las de aquí. Sigo pensando que hay que argentinizar a los argentinos. Querido arte popular. No sólo fue hablando de la danza sino también cantando, tocando el bombo y bailando que "Vitillo" iba adornando sus palabras. Pasó hace unos días en Córdoba, durante un seminario de danzas folklóricas realizado en el Instituto Provincial de Educación Física. Entonces, él, junto a su esposa y compañera Elvirita, también parecían flotar envueltos en el aire singular de la zamba. "La danza expresa una manera de sentir", insiste, y basta con ver los gestos de los rostros y de los pañuelos para sentir que el viejo juego de la seducción tiene aquí una manera propia de soltarse y fluir. El hombre nacido en Santiago del Estero en 1922, hace más de 10 años que sigue recorriendo escenarios, presentando su espectáculo "El patio de Vitillo". Es decir, sigue en acción.–El tema no son los años sino la salud. Y yo me siento bien. No tanto como para correr una carrera con un chico de 20 años, pero ¡guarda!, que por ahí le puedo dar un susto. Lo importante es que sigo haciendo algo por la cultura argentina, por nuestro querido arte popular. –Y cada vez que se sube al escenario, de alguna manera vuelve a las fuentes, al patio de la infancia. –Siempre digo que en los tiempos de mi niñez no había televisión por cable, ni computadoras, ni teléfonos celulares. Apenas si había gramófonos, pero no era sencillo conseguir discos. Así que había que hacer algo de 19 a 21 para entretener a los muchachos y para invitar a las chicas a conversar. –Entonces aparecía el piano, ese al que Adolfo le sacó tanto brillo. –Así es. Había varios pianos en Santiago. Muchos sabían tocarlo; como varios tíos en mi familia. Como llovía poco, nosotros lo sacábamos al patio y se quedaba durante días, siempre dispuesto para acompañarnos a cantar y a bailar. –Pero al final, la mayor parte de sus vidas transcurrió en Buenos Aires. –Es que si Santiago hubiera tenido entonces universidad, no habrían existido Los Hermanos Ábalos. Nos fuimos todos a Buenos Aires: Adolfo se recibió de bioquímico y farmacéutico; "Machingo", de médico odontólogo; y Roberto de profesor. "Machaco" y yo, en cambio, nos recibimos en la universidad de la vida. Pero de tanto extrañar las cosas del pago fue que comenzamos a actuar, luego de que mi padre nos diera el permiso para hacerlo. "Vitillo" ha visto la vida pasar bajo sus pies, y en miles y miles de escenarios ha dejado la marca de aquellos ritmos que aprendió en el patio de su niñez santiagueña. Sus hermanos ya no están con él, pero alientan sus pasos. Quizá, aquellos primeros versos de la Zamba de los yuyos que compuso junto a sus compañeros de sangre y camino, hayan grabado su identidad definitiva: Bailarín, zambeador, / vidalero, malambeador, / y por ser santiagueño, además, / soy medio bombis to de profesión".

