Andá a vivir a Suiza
Vivir en la Argentina no sólo ofrece la posibilidad de disfrutar del dulce de leche, del mate o del asado de tira regado con el afamado Malbec mendocino. Germán Negro.
Vivir en la Argentina no sólo ofrece la posibilidad de disfrutar del dulce de leche, del mate o del asado de tira regado con el afamado Malbec mendocino. Esa "argentinidad al palo" que cada tanto vocifera el pelado Cordera –quien de tanto sentirla se fue a buscar paz al Uruguay– se nos presenta con un constante déjà vu , pleno de emociones y sobresaltos. Argentinos, al fin, nunca tendremos esa "aburrida vida" de los suecos, holandeses, finlandeses, canadienses o suizos, donde los distintos escalones del vivir parecen resueltos desde el útero. Después de todo, la vida se hizo para afrontarla con tragos fuertes, nada de pasar por este mundo sin los nervios crispados por ahorros que se esfuman, medidas políticas que encorsetan el alma o disposiciones que elevan la presión sanguínea a valores que el tensiómetro no alcanza a registrar.Esa constante recurrencia a la acción nos lleva a recuperar situaciones que nos depararon diversión, y de la buena. Quienes apenas nacimos en aquellos años '60, que en el sur de América sólo recibieron una brisa de las flores y el color que inundaron al mundo desarrollado, recordamos ya haber pasado por momentos de tanta adrenalina como el actual. Claro, la experiencia vivida permite entrar al juego por distintos casilleros e imaginar el posible final de la partida que se afronta en cada momento.Tanto nos gusta volver y apostar duro que bautizamos a la casi imposible misión de comprar moneda extranjera con el nombre de un instrumento de castigo y tortura (utilizado desde hace cientos de años): el cepo. En Muerte en el cepo , Georgette Heyer narra cómo nadie se sorprende ni lamenta que el millonario Arnold Vereker fuera encontrado atrapado y muerto en uno de esos artefactos, y nada menos que en un parque.Tal vez una mirada sobre esa novela policial nos lleve a un espejo de nuestra propia realidad. Después de todo, el cepo al dólar nos permite volver a observar la agonía con destino de sepultura de nuestra moneda actual. Algo recurrente desde el patacón a la fecha.Por si le faltaba algo a este verano tan caliente como seco –en todos los sentidos–, regresa un entretenimiento que suele tener una recurrencia por década. Después de todo, esa emocionante corrida detrás de un kilogramo de yerba o un paquete de fideos, antes que desaparezcan de las góndolas, está en los genes del ser argentino. Nos llena de endorfinas su cíclica reaparición y nos recuerda cómo, antes que nosotros, abuelas y madres intentaban –cuando el salario se lo permitía– repletar las alacenas para hacer frente a la "carestía de la vida", modo de llamar a las penurias cuando no se usaban términos como inflación, estanflación o hiperinflación.Como el organismo se va acostumbrando a tantas dosis de cicuta cotidiana, de tanto en tanto nos llevan un poquito más allá, y así reaparecen en el horizonte alusiones a los saqueos o aguijones cruzados con Inglaterra y Chile. Y ahí es cuando el juego de las emociones recurrentes se pone peligroso.

