Temas del día:

El último desafío

Natacha Vázquez guiará a su padre, ciego desde los 17 años, en la Unión Siete Lagos que se correrá el sábado. Sergio Vázquez también participó en el tramo argentino del Tour de Francia.

08 de noviembre de 2012 a las 12:02 a. m.
El último desafío
Socios. Natacha y Sergio Vázquez (Gentileza Lemot).

Mi nombre es Natacha Vázquez, tengo 33 años, nací en Bariloche, soy abogada, tengo un hermano dos años menor que yo que se llama Matías y un hijo de 2 años, cuyo nombre es Mateo.

Papá se quedó ciego cuando tenía 17 años. Padecía hidatidosis, una enfermedad producida por un parásito que se aloja en el intestino de los perros, se transmite al hombre a través de la materia fecal y puede producir quistes. Mi papá tenía uno alojado en la cabeza y, para extirparlo totalmente, cuando lo operaron no tuvieron otra alternativa que cortar el nervio óptico. Cuando mi papá se despertó de la intervención, ya no veía.

Para adaptarse a su nueva situación, estudió en el instituto de rehabilitación y reinserción social para ciegos Roman Rossell, de Buenos Aires, y a los 22 años volvió a Bariloche a trabajar en el Centro Atómico (CNEA), donde manipula tornos y fresadoras, entre otros instrumentos. Allí conoció a mi mamá, Mirta, y luego de un noviazgo de cinco meses se casaron. Yo nací en 1978 y mi hermano Matías en febrero de 1981. Actualmente, tanto mamá como papá siguen trabajando en el mismo lugar.

Esto significa que todos conocimos a mi papá con esa discapacidad y, no obstante ello, yo en ningún momento sentí que hubiera alguna diferencia con otros padres, pues para él nunca fue una limitación: siempre jugó con nosotros a la pelota, a las escondidas (¡siempre nos encontraba!) o, simplemente, salíamos a andar en bici por el barrio agarraditos de la mano.

Nunca sentimos que papá fuera “diferente”. De hecho, todas las reparaciones hogareñas siempre estuvieron a su cargo e, incluso, ¡en más de una oportunidad se animó a cortar el césped con un par de indicaciones!

En su hiperactividad, mi papá siempre disfrutó del deporte y la vida al aire libre. Cuando con mi hermano competíamos en esquí nórdico, tanto él, como mi mamá, también se animaron a practicarlo y hasta corrieron una competencia que se llama “La marcha blanca” en el cerro Catedral. Después, y luego de aprender a nadar, empezó a involucrarse en competencias.

Participó en algunos triatlones (dos o tres conmigo) y, a partir de allí, no paró más: corrió la maratón de Buenos Aires, carreras de montaña de 42 kilómetros, la carrera de cuatro refugios de Bariloche (se realiza por refugios de montaña, con todas las implicaciones que ello tiene y la dificultad del camino), el Cruce de los Andes y, hace unas semanas, el Tour de Francia y, posteriormente, la media maratón de Iguazú.

Gracias a Dios tiene un hermoso grupo de amigos que lo acompaña, al que ahora se sumó mi mamá, que de a poco comenzó a incursionar en las carreras.

¿Cómo lo hace? Por ejemplo, cuando corre, a la par va una persona que lo guía tomado de una soguita. Si en el camino hay algún obstáculo, se le avisa tirando de la soga. Cuando opta por las dos ruedas, usamos una bicicleta tándem.

Su tenacidad es increíble y creo que no existe ningún obstáculo para él. Todo lo supera.

Como hija me siento muy orgullosa y siempre ha sido una gran inspiración. Creo que es una muestra cabal de que todo depende de la voluntad, querer seguir adelante, proponerse las cosas para lograrlo. ¡Él lo hace ver todo muy sencillo!

Y al lado de este gran hombre, siempre estuvo mi mamá, acompañándolo en absolutamente todas las locuras que ha querido emprender.

Sergio. A los 17 años, tras una operación, perdí la vista y fui a estudiar el sistema Braille al Instituto Roman Rosell, en Buenos Aires. Allí también aprendí electricidad y bobina de motor y me dieron el título de técnico. Me ofrecieron trabajo en Buenos Aires, pero preferí volver a Bariloche.

Tras mi regreso, ingresé en el Centro Atómico. Primero trabajé con torno, ahora lo hago con fresadora y agujereadora. Sólo hay que concentrarse un poco; por supuesto, hay técnicas que me ayudan, por ejemplo, si hay un cable cortado hay un tester sonoro que me avisa si existe un cable cortado. Y no dejo de estar atento.

Como dice mi hija, soy deportista, son cosas que voy probando, es bueno ver hasta dónde llega una persona. Y el deporte me sumó amigos.

Pasar de ver a no ver es una cosa terrible. Cuando me sucedió, lo primero que quise fue viajar solo, con una valijita y el bastón, con rumbo desconocido, a cualquier lado.

Mi problema serio pasó –diría que se redujo en un 50%– cuando conseguí trabajo y pude valerme por mis propios medios. Después, me casé, tuve hijos y me olvidé de mi ceguera. He aprendido muchas cosas después de quedar ciego, por ejemplo, a nadar.

Creo que lo que dice mi hija es cierto: he sido un ejemplo para mi familia. Nunca lo tocamos o lo tocamos por arriba, pero por lo pronto mi ceguera no les trae problemas. Cuando mis hijos eran chicos, cambié pañales y con mi esposa nos turnábamos una noche cada uno para atenderlos. Tengo dos nietos y también los cuido.

Jugaba a la pelota con mis hijos en el jardín. No necesitaba una pelota especial: uno desarrolla más otros sentidos y la oía rodar. Es lo que me tocó. Hay gente que se enoja. A mí me sucedió esto, no sé por qué, y traté de resolverlo de la mejor manera.