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Una lucha cotidiana y llena de esperanzas

Ramón Risso y Graciela Juncos pelean contra el cáncer.

13 de marzo de 2013 a las 12:02 a. m.
Una lucha cotidiana y llena de esperanzas

Él tiene un tumor gástrico que está siendo reducido con quimioterapia para luego ser extirpado; ella fue operada de un cáncer de mama y en pocos meses finaliza el tratamiento con drogas.

Ambos sostienen que nada sería posible sin el acompañamiento y la comprensión de los afectos, y piden por una concientización que ayude a los pacientes a seguir trabajando.

“Cuando me dijeron que tenía cáncer fue desesperante, cruel. Se te pasa la vida: lo que hiciste y lo que querés hacer. En aquel momento, en 2011, la más chica de mis tres hijos tenía ocho años. Yo sólo quería curarme por ellos”, cuenta Graciela.

“Apenas me dieron el diagnóstico renuncié a mi trabajo, como empleada de una importante empresa de limpieza. Mis patrones eran muy buenos, pero yo no quería hacer lío y decidí irme hasta que todo esto pasara”, relata. Tiempo después, su jefa volvió a buscarla, pero Graciela se negó y jamás le contó sobre el cáncer.

Otra decisión que tomó fue hablar con su marido y decirle que pensara si se iba a quedar con ella o si se alejaría. “Me iban a sacar una mama e iba a estar mucho tiempo abocada al tratamiento. Para el hombre es algo difícil. A veces me miro y me doy cuenta que estoy mutilada. Yo no quería obligarlo a soportar todo eso. Pero él me dijo que estaba loca, que siempre estaría al lado mío”, recuerda emocionada.

Tanto su esposo como sus hijos estuvieron con ella día tras día y fueron los pilares del tratamiento.

“No tenés conciencia del cáncer hasta que te pasa. Cambian los valores, la vida, todo. Tuve muchos bajones anímicos, pero siempre salí adelante y siempre pensé en el cáncer como una oportunidad”, cuenta Graciela.

Hoy, muy cerca de terminar el tratamiento, dice que lo más desea es conseguir un trabajo. “Si bien soy ama de casa y eso es un trabajo, quisiera hacer otras cosas. Mi sueño es tener un negocio, vender algo. Pero también me gustaría trabajar afuera, en una empresa. A raíz de mi cirugía, no podré hacer grandes esfuerzos, pero hay miles de cosas que sí puedo hacer. Quiero ayudar económicamente en mi casa”, revela, y luego agrega: “Los pacientes somos personas normales, necesitamos trabajar y hacer nuestra vida. No contagiamos y no estamos incapacitados”.

Ramón, por su parte, no ha dejado de trabajar. “Tengo una camioneta con la que voy por los barrios juntando cajones que luego vendo en los viveros. Hago esto desde hace siete años, cuando me quedé sin trabajo. Antes fui remisero y también me desempeñé en la construcción”, describe.

Dice que no sólo sigue realizando todos los días su trabajo, sino que lo hace con más intensidad: “Si paro, no vivo. Así de simple”.

Además, cuenta que cuando lo diagnosticaron no entendió sus implicancias: “No estaba en mi cabeza como algo grave y siempre pensé que voy a salir de esto. Lo tomé con esperanzas y con muchas expectativas”.

Y como Graciela, también su familia y sus amigos fueron y son fundamentales. Ramón tiene una esposa, un hijo, dos nietos y tres hermanos, además de amigos, conocidos y vecinos.