Entre melodías, escritos y carcajadas
Entrevista a Mayra Sánchez, psicóloga. En medio de una enfermedad dura de atravesar, hay pequeños placeres que reaparecen o se resignifican y atenúan el sufrimiento.
A veces la vida te enfrenta a situaciones en las que sentís que el dolor te supera, que no podés más, que no te alcanza llorar para descargar la angustia que se te va estampando en el pecho. Una de ellas es cuando te dan un diagnóstico de cáncer con "pronóstico reservado", que es una manera diplomática de decir: "Más cerca del arpa que de la guitarra". En ese momento, a tu propia tristeza, lógica por ser protagonista de la tragedia, se suma la angustia de todo tu entorno. Familia y amigos se desbordan igual que vos, nadie puede poner demasiada cordura. Los pensamientos empiezan a desorganizarse y a dar vueltas en círculo cada vez más rápido hasta convertirte en un tornado devastador.En medio de este tsunami , aparecen, o se resignifican cobrando otro sentido, los salvavidas: escuchar música, escribir y reír.Estas cosas siempre me resultaron un placer y las dos últimas me resultan muy fáciles. Aun siendo estrategias conocidas, nunca fueron tan útiles como cuando me contaron el mal pronóstico que tenía el cáncer de recto que me encontraron cuando tenía 35 años. Desde entonces, yo escribí por necesidad. Abría archivos en la computadora y vomitaba palabras sobre lo que sentía. Odios, broncas, impotencia. Relataba los hechos del día, hacía análisis de lo que me pasaba. Copiaba canciones o pedacitos de libros que me hacían sentir mejor o que me permitían llorar a pata suelta, si eso era lo que necesitaba. Después, organizaba, sintetizaba ideas y les mandaba mensajes a través de correo electrónico a la gente querida que no estaba en Córdoba por esos días y quería saber cómo estaba. Escribir me hizo bien, pero mucho mejor me hizo sentir que podía reírme. La carcajada fuerte, imparable. Esa que hace que te relajes cuando estás tirada en el piso porque patinaste en las baldosas mojadas de un centro comercial. Esas risotadas que te diluyen la vergüenza. No sé si estas recetas están indicadas para todos los casos, si le servirán a otra gente o si es posible para otros usar el humor negro que hace falta frente a un futuro que se vislumbra negro. A mí me sirvió. Me relajaba reírme de la bolsa con caca que me colgaba del medio de la panza y que tenía el tamaño de un saché de leche. Me distendía reírme cuando la bolsa cobraba vida y, sola, hacía un concierto de pedos incontrolable y estridente que sonrojaba a todos los desconocidos, pero convertía en cómplices a mis amigos más pequeños. Esos niños de mi barrio que sostuvieron con sus cartas la escritura y su valor, y que me mantuvieron las sonrisas en esas situaciones que, los adultos, por mandatos culturales, no podemos aprovechar para divertirnos, muy a mi pesar. Los aportes de la medicina sobre los pacientes inmunodeprimidos, la relación entre defensas y carcajadas, son innumerables. Por otro lado, las tesis e hipótesis desde la psicología que hablan de catarsis, de compartir sentires, de la escritura y la síntesis mental que requiere, también abundan. Escribir una novela autobiográfica con tintes de humor tuvo para mí ambas cosas. Me dio la posibilidad de organizar un sinfín de notas y escritos elaborados durante el momento en que estuve enferma y sufriendo o riendo. Notas que engordaron y se nutrieron con las de mi madre y sus propios sentires de "acompañante". Palabras que sumaron los relatos de esos amigos que estuvieron todo el tiempo al pie del cañón.También me dio la posibilidad de reírme de cosas que sólo la distancia torna graciosas. Esas mismas situaciones que en ese momento me angustiaron mucho. Revisar, recrear. Escribir Puto cáncer fue como convertir un kilo de pan viejo en un budín con caramelo, cascaritas de naranja y pasas de uva.Pero lo mejor del proceso de escribir durante el cáncer, recrear los textos después y poder publicarlos, intentando sumar un poco más de humor negro al que, por entonces, pudimos ponerle, es que ese budín de pan está ahora como postre en un asado de amigos. Compartir tiene la intención de recibir a cambio un sincero: "Genial, Negra, te salió riquísimo". Claro que uno sabe que hay muchas posibilidades más. Está la de escuchar a las personas que te quieren: "Mmm... qué bien" mientras comen el budín de a poquito, haciendo arcadas. También puede aparecer la tía de la consuegra, esa que desayuna vinagre, con un "esto está horrible, gomoso, sin gusto" y, por qué no, quien coma el pedacito, no diga nada y se vaya en silencio sintiendo que, aun el más salado de los asados, puede terminar con algo dulce.Un cáncer duele, en el cuerpo, en el alma, en quienes nos quieren y hasta en nuestros bolsillos. Puto Cáncer habla de lo que duele, pero también de lo que sana. Cuenta lágrimas y rescata amores, solidaridad, compañeros de ruta. Busca terapias alternativas que coexistan con las convencionales: escuchar música, escribir y reír hasta llorar también de risa.
Mayra Sánchez (40) es autora del libro Puto cáncer. Sánchez es licenciada en Psicología y magíster en Salud Familiar y Comunitaria. Es docente y consultora.
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