¡Por qué debemos frenar la inflación ya!
La verdadera urgencia es buscar la manera de hacer frente a la suba de precios antes de que pueda haber cambios en el contexto internacional. Javier González Fraga.
Hay dos visiones extremas sobre el problema inflacionario que sufre el país, y que bien medido debe oscilar en alrededor del 22 por ciento en los últimos 12 meses. Por un lado están los grupos opositores a ultranza, que estiman que la inflación está lanzada, y que resulta inevitable que se desborde alcanzando pronto los niveles del 30 por ciento y el año próximo valores aún más altos, hasta que se genere una crisis similar a tantas que hemos visto en los años '70 y '80 en nuestra economía. Fundamentan sus temores, o justifican sus pronósticos apocalípticos en la falta de respuesta monetaria a los excesos fiscales de los últimos años.Por otro lado está la visión oficial, que consiste en no hablar del tema, y seguir con la mentira del Indec, que nos dice que la inflación es del 10 por ciento anual aproximadamente. El Gobierno está relativamente tranquilo con esta visión, porque entiende que no hay riesgos que se le disparen los precios, por varios motivos: Mantienen un ritmo de devaluación de aproximadamente el cinco al siete por ciento anual, que si bien genera una fuerte apreciación del peso en términos reales, está en línea con lo que ocurre con casi todas las monedas del mundo, y especialmente, con lo que ocurre en los países vecinos. El Gobierno piensa que esta situación de apreciación cambiaria es sostenible en el tiempo, a diferencia de lo ocurrido hace 10 años con la convertibilidad. Esta política ayuda a reducir la inflación de bienes exportables y de los importados. Mantienen las tarifas de servicios públicos también estables, o con muy pequeñas correcciones, compensando a las empresas servidoras con cuantiosos subsidios para cubrir las pérdidas que los controles de tarifas les ocasionan. También mantienen un engorroso y muy poco trasparente esquema de subsidios a empresas alimenticias, a cambio de mantener los precios de ciertos alimentos clave bajo control. Este control se extiende a las grandes cadenas de comercialización de productos de primera necesidad, con el objetivo fundamental de dar una imagen de estabilidad de ciertos precios. Una versión de esta política es el plan de "Carne para Todos", de muy dudoso impacto real en los bolsillos del público, pero de mucha difusión mediática. Para moderar los aumentos salariales, han usado todas las presiones posibles con Moyano, aprovechándose de la debilidad jurídica del líder sindical y su familia. Como consecuencia de esto, han logrado reducir pero no eliminar el riesgo de un generalizado reclamo salarial que supere el 30 por ciento anual. La política monetaria acompaña este proceso inflacionario, de origen esencialmente fiscal, con una expansión del orden del 30 por ciento, aproximadamente, con lo que convalidan la inflación del 22 y un crecimiento económico del seis por ciento. Mi visión es que no estamos ante un riesgo inminente de aceleración de los actuales ritmos de inflación, pero también creo que la política de precios es errónea, y que expone al país a riesgos muy grandes ante posibles cambios de la situación internacional.La actual política de mantener la mentira del Indec, más allá de que significa una estafa a los que tienen bonos indexados en pesos que tarde o temprano pagaremos, tiene costos muy grandes en términos de política económica. Por un lado genera desconfianza internacional y nos aisla de los mercados financieros en momentos de abundancia de financiamiento barato, lo que nos permitiría regularizar nuestra situación en el Club de París y con otros acreedores. Esto beneficiaría al país por contar con la posibilidad de importar bienes de capital desde las economías centrales, con financiamiento subsidiado, y también lograr financiamiento para grandes obras que estamos necesitando, y no me refiero precisamente al tren bala. La falta de credibilidad interna del Indec también atenta contra el éxito de la política antiinflacionaria del gobierno (si es que realmente la tiene), porque genera una anarquía de expectativas, alimentando remarcaciones de precios excesivas, y reclamos salariales injustificados. También imposibilita usar las políticas basadas en "Metas de Inflación" que tanto éxito han tenido en muchos países, que controlaron este flagelo sin tener que caer en prácticas recesivas, tan temidas, por ignorancia de las recetas modernas, por las máximas autoridades nacionales. El riesgo de mantener un ritmo elevado de inflación como el actual no es que se dispare, ya que es muy improbable que eso ocurra si el tipo de cambio está controlado por los excedentes comerciales que estamos teniendo gracias a la soja y a Brasil. El riesgo grande es que se termine la era del dólar débil, y Estados Unidos comience a subir sus tasas de interés. Esto provocaría una ola de devaluaciones de muchas monedas, incluyendo al euro y al real, que necesitan con urgencia salir de la apreciación que están sufriendo. El peso argentino, en ese contexto, también debería devaluarse si queremos evitar caer en déficits comerciales y huidas de capitales, con graves consecuencias para la actividad económica y el empleo.Pero devaluar nuestro peso en un contexto inflacionario del 22 por ciento puede ser muy riesgoso. Por eso debemos anticiparnos al cambio del contexto favorable que hemos disfrutado en estos últimos siete años, y controlar la inflación antes de que cambie el escenario mundial. Esa es la verdadera urgencia, que muy probablemente no coincida con las necesidades electorales del Gobierno. Y consecuentemente sufriremos las consecuencias.

