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La competitividad, víctima del federalismo trunco

En los últimos años ganaron peso impuestos que penalizan la exportación. Jorge Vasconcelos.

22 de julio de 2012 a las 12:02 a. m.
Jorge Vasconcelos (Economista)
La competitividad, víctima del federalismo trunco

La ciudad de Buenos Aires es muy competitiva en la exportación de servicios, como el turismo y la informática. Pero, en materia de bienes, sólo contribuye con el 0,5 por ciento del total de las ventas al exterior del país. Una desproporción, ya que participa con un 25 por ciento en el Producto Bruto Geográfico nacional. Los datos anteriores nos dicen que, cuando referimos a exportaciones de bienes, estamos hablando del interior del país, que representa el 99,5 por ciento de esa variable. Así, la calidad del gasto público de Nación y provincias, su mayor o menor contribución para revertir las desventajas que afloran a medida que nos alejamos del puerto, son determinantes claves de la capacidad competitiva del país. De igual modo, el tipo de impuestos que utilizan las diferentes jurisdicciones para financiarse puede ser neutro o un lastre para la trayectoria exportadora. En la Argentina, puede argumentarse que, por diversos canales, mientras más sesgo federal tenga la política fiscal, mayor probabilidad existe de lograr mejoras sostenidas de competitividad. El problema está en que, en los últimos años, la tendencia ha sido la opuesta. La conexión entre competitividad y federalismo se ilustra desde el vamos, al consignar que los impuestos coparticipables por excelencia, IVA y Ganancias, son al mismo tiempo los menos distorsivos desde el punto de vista del comercio exterior. Un esquema recaudatorio que descanse en este tipo de tributos será el que menos interfiera en las decisiones empresariales vinculadas con inversiones para atender el mercado global. Sin embargo, en los últimos años han ganado peso en la pauta recaudadora impuestos que penalizan directamente la capacidad exportadora. Del lado de la Nación, retenciones y el impuesto al cheque, insignificantes o inexistentes 12 años atrás, han pasado a representar el 16,7 por ciento del total de la recaudación nacional y nada menos que 4,9 por ciento del PIB. Como, a su vez, estos tributos se coparticipan de modo marginal, puede interpretarse que, a la sombra de su expansión, la contrapartida en las provincias ha sido el avance del más rústico de los impuestos, el que se aplica sobre los Ingresos Brutos, sumamente distorsivo desde el punto de vista de la exportación. 12 años atrás, el consolidado de provincias recaudaba Ingresos Brutos por el equivalente a 2,2 por ciento del PIB, guarismo que trepó a nada menos que 3,85 en 2011. Este conjunto de impuestos distorsivos, nacionales y provinciales (se incluyó Sellos en el consolidado), ha alcanzado un monto de 168,2 mil millones de pesos el año pasado, equivalente a 9,1 por ciento del PIB, según cálculos de Ieral de Fundación Mediterránea. En los primeros años pos devaluación, el lastre a la competitividad que significa esta política fiscal pudo ser relativamente disimulado por la vigencia de un tipo de cambio por encima del equilibrio (la era del "dólar alto"). Sin embargo, este factor de compensación perdió fuerza desde 2007. El cambio de escenario internacional, tras la caída de Lehman en septiembre de 2008, encontró a nuestro país en una etapa de simultánea dilución del "colchón cambiario" y acentuamiento del sesgo antiexportador del esquema tributario. Por eso no debería sorprender la ventaja que Brasil nos sacó, pese a enfrentar también problemas de competitividad (por otros motivos). Entre 2008 y 2012, las ventas al exterior de la Argentina están creciendo un 20%, contra un 34% del vecino país. De haber sido capaz de replicar esa trayectoria, la Argentina estaría exportando 94 mil millones de dólares este año, 10 mil millones más que el observado. Los problemas cambiarios de hoy podrían verse de otro modo. Son las dos hojas de la tijera de la política fiscal las que están afectando la competitividad. Es que la suba incesante del gasto público y, últimamente, el financiamiento a través de la emisión monetaria, están detrás de las presiones inflacionarias que han generado la llamada "inflación en dólares".En este plano, las provincias no se salvan del reclamo. En general, la dinámica de gasto público de estas jurisdicciones es difícil de justificar por su contribución efectiva a la infraestructura y a la formación de los recursos humanos. En realidad, para que la conexión entre federalismo y competitividad sea inobjetable, las provincias tienen mucho por hacer. El déficit en educación primaria y secundaria, que salta en las comparaciones internacionales, es una responsabilidad central de las provincias y es imposible exagerar sobre la importancia de este factor. En cuanto a la infraestructura, se observan pocos proyectos regionales, que involucren a varias provincias, siendo que muy probablemente allí se cuenten los de mayor rentabilidad social.Pero más allá de este flanco débil del argumento, lo cierto es que también en esta dimensión la Nación parece estar menos comprometida con la competitividad. Las erogaciones del consolidado de provincias han subido en forma significativa, pasando de 13 a 16,5 por ciento del PIB en el último quinquenio. Pero la Nación fue mucho más allá, ya que pasó de 14 a 23,5 por ciento. Hoy se advierte la dificultad para financiar estas partidas de forma genuina, con dos opciones a mano: la inflación o la suba de impuestos, ninguna amigable en términos de competitividad. Y, si bien la Nación ha incrementado la obra pública, esto no ha servido para atemperar la suba de los costos logísticos, que multiplicó por 2,4 veces la variación del tipo de cambio desde 2001.La dificultad de las provincias para hacer planes se acentúa cuando se constata que el impuesto inflacionario tampoco se coparticipa y que, del total de fondos transferidos desde la Nación, una cuarta parte es discrecional (no automático) siendo, por lo tanto, errático e impredecible. Cada vez está mas claro que para resolver los problemas de coyuntura se requiere un replanteo general de objetivos e instrumentos de política económica. Seguir insistiendo con expansión fiscal y monetaria no sólo no dará resultados sino que será cada vez más riesgoso. El centro de gravedad deberá desplazarse para poner el acento en nuevos capítulos. La competitividad y el federalismo deberán estar incluidos y lo interesante es toda la sinergia que puede encontrarse entre ambos.