Uniformes con manchas que perduran
La mala Policía no es algo que haya comenzado en esta década. No. La mancha en “la Cordobesa” viene desde hace tiempo en esta democracia. En pocos días, se cumplen 20 años de las condenas por el caso Sargiotti. El caso Ale Flores, impune, es otra mancha en la institución.
Uno de los términos quizá más despectivos utilizados dentro de la Policía es “sucio” o “saro”. La expresión tiene su correspondiente variación si se trata de una mujer.
Al vocablo se lo utiliza para denostar no sólo a un delincuente, sino a cualquier persona de condición humilde, que vive en un barrio marginal y posee tez negra, y es controlada en un operativo.
Alguien tendría que explicarles a muchos policías que es hora de que, antes de denigrar de esa forma, se paren frente al espejo y vean la realidad. La suciedad está enquistada en varios frentes dentro de la propia fuerza desde hace largo tiempo y, lo que es peor, las manchas están muy lejos de ser quitadas o limpiadas. Apenas se las ha disimulado u ocultado, que es lo mismo.
No hablamos del autoacuartelamiento. Tampoco del narcoescándalo.
Muchos ven azorados la reciente sucesión de casos de policías involucrados en graves delitos, como homicidios, narcotráfico, robos, extorsiones, torturas, apremios; y que tiene a su actual mandamás imputado por amenazas y sospechado por espionaje y abuso de autoridad.
Sin embargo, la mala Policía no es algo que haya comenzado en esta década. O con el nuevo milenio. No. La mancha en “la Cordobesa” viene desde hace largo tiempo en esta democracia, a la par del trabajo de los buenos efectivos que se juegan la vida por poco.
En días, se cumplirán 20 años de la condena por el primer narcoescándalo en el corazón de la Policía: el caso Sargiotti. Aquella Policía torturó a trompadas, patadas y con el método del “submarino” a un supuesto dealer en el propio edificio de la Jefatura de Policía, en 1991.
Como el detenido se les murió infartado, lo tiraron al Suquía y fingieron una fuga. Los aprendizajes del D2, el Departamento de Informaciones de la Policía en la dictadura, estaban bien latentes.
“Que parezca un accidente”, fue la mafiosa orden de un comisario. Sin embargo, “el accidente” fue descubierto y por el crimen de Mario Sargiotti, casi una decena de mafiosos de Drogas Peligrosas fueron condenados. Hoy todos están libres.
Nadie en la fuerza hizo un mea culpa, nadie mostró un sincero arrepentimiento y pedido de perdón a la sociedad. Ni el exgobernador Eduardo Angeloz hace mención a esa mancha de su por entonces Policía en su reciente libro de memorias.
No menos doloroso para los cordobeses es saber que la Policía estuvo involucrada (por acción u omisión, o ambas) en la violenta muerte de un niño, cuyo cadáver fue ocultado 17 años hasta que alguien lo halló enterrado de casualidad.
Se llamaba Víctor Flores, tenía 5 años. Su error fue haber cruzado una calle, asustado por una tormenta, para ser (como lo fijó la Justicia en la instrucción) atropellado por un patrullero, en Río Cuarto. Corría 1991.
Hoy, el caso Flores descansa en la tierra de las impunidades, aquel sitio donde yacen las causas que la Justicia, por inoperancia, no resolvió.
La Corte Suprema de Justicia de la Nación avaló recientemente la prescripción del crimen del niño y así ratificó la impunidad para los policías sospechados de matarlo, aunque ordenó que se investiguen posibles cadenas de “encubrimientos”. Un delito también prescripto, por cierto.
Si no fuera que hablamos de algo doloroso y bochornoso, alguien podría pensar que se trata de un mal chiste. Por “Ale” tampoco hubo pedidos de perdón o un sincero abrazo hacia su familia.
El tiempo pasa, pero las manchas que ensuciaron y manchan esta fuerza siguen allí, bien grabadas en la memoria de quienes no se olvidan.

