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Una luchadora que recién estaba aprendiendo a leer y escribir

Laura siempre se la rebuscó, junto a su numerosa familia, en medio de adversidades. El recuerdo de alguien que quería superarse. Ver además Tras ser golpeada, Laura murió asfixiada. Este viernes, habrá una nueva marcha en reclamo de justicia.

29 de julio de 2015 a las 12:01 a. m.
Redacción La Voz
Una luchadora que recién estaba aprendiendo a leer y escribir
Buscan respuestas. Las hermanas, el padre y el resto de la familia de Laura recordaron las bondades de una “gran compañera” (Ramiro Pereyra/LaVoz).

En la mesa está la foto de Laura. Alrededor, se amontonan las miradas marcadas por la ausencia reciente. Todos los que están ahí vieron crecer a Laura. Son su papá, sus hermanos, sus tíos y sobrinos. Laura se crió en esa casa de barrio Villa 9 de Julio donde siempre hubo lugar para uno más. "Somos una familia muy grande, muy numerosa. Somos 10 hermanos. En realidad ahora somos nueve", dice Soledad, la más chica de los hermanos, y la que siempre llevó adelante las tareas de la casa junto con Laura, especialmente desde que su mamá murió el año pasado a causa de un cáncer. En ese hogar, todos la recuerdan como una persona muy especial y muy compañera. Dicen que siempre ayudaba en lo que hiciera falta. "Nos faltaba el azúcar y ella iba a pedir. Iba de unos curas y unas monjitas en Villa Warcalde, y nos traía yerba. La plata que hacía, nos traía. Me daba y me decía que comprara comida. Era muy buena persona", relata Soledad.Por momentos, el recuerdo de Laura se pronuncia en presente en la casa de los Moyano, todavía movilizada por la violenta pérdida. "Nosotros siempre la aceptábamos como fue, como es... Era muy buena persona", dice su hermana más chica.

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Su papá, Luis, cuenta que siempre se llevaron bien, pero apenas empieza a hablar se le corta la voz y no puede seguir.

Sus hermanos agregan que Laura era la alegría de la casa, la que siempre se encargaba de levantar el ánimo o poner fin a las discusiones.

Luego de que la mamá murió, retomó la escuela primaria. Estaba aprendiendo a leer y escribir en el centro vecinal del barrio.

“Lo primero que aprendió a escribir fue su nombre: Laura. Ella era Laura”, dice Soledad.

Ahí en el centro vecinal participaba de todos los talleres que estaban a su alcance. Hacía poco, había estado haciendo ­artesanías y pañoletas para ­bebés.

“Donde había algo se ano­taba. Era impresionante. 
Quería aprender todo lo que no pudo cuando era más chica”, cuentan.

Laura también iba a la escuela municipal Saúl Taborda, donde ayudaba a limpiar a cambio de comida. De esas maneras, se la rebuscaba y trataba de dar alivio en su casa, donde la vida nunca fue fácil y los platos siempre fueron muchos.

Sólo en la parte de adelante viven siete personas, pero en las piezas de atrás viven más hermanos y parientes.

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El 22 de junio, Laura había cumplido 35 años. Ese día, en la escuela le prepararon una torta para festejar.

Hacía un tiempo, contó que quería tener el documento con su nombre actual y estaba averiguando cómo hacerlo.

“Ella era mujer”, dice Soledad, y cuenta que su hermana quería adecuar su cuerpo a su identidad autopercibida. De hecho, lo estaba haciendo de a poco, y estaba contenta con eso.

Aún no ha pasado una se­mana del crimen. En la casa 
de los Moyano nadie se acostumbra a la ausencia.

Soledad dice que no entiende qué pudo haber sucedido, porque Laura no tenía problemas con nadie.

También está segura que alguien tiene que haber visto algo esa mañana del sábado.

“Yo sólo espero Justicia, y estoy segura que se va a hacer. Vamos a encontrar al culpable, sea uno, dos o tres. Hasta que no aparezca no vamos a bajar los brazos”, dice como una promesa a su hermana.