Por la droga, hay muertos que no descansan en paz en el cementerio
Un narcotraficante utilizaba uno de los féretros del panteón familiar para ocultar estupefacientes.
Mucho se habla de “la paz de los cementerios”, pero en ciertos casos el dicho popular contrasta con la realidad.
Un ejemplo de ello es el cementerio municipal de la localidad rionegrina de Villa Regina, que ocupó el centro de la escena en un insólito juicio ventilado en el Tribunal Oral Federal en lo Criminal de General Roca.
Walter Raúl Rodríguez (47) acaba de ser condenado en la primera semana de diciembre a la pena de cuatro años y seis meses de prisión por almacenamiento de drogas. Además, tiene una causa pendiente en Chubut por la que permanece encarcelado.
Expuesta así la noticia, se trataría de un caso entre centenares juzgados por los tribunales federales del país.
Lo llamativo es que Rodríguez, dedicado al negocio del narcotráfico, decidió encontrar un “escondrijo” que le aseguraba impunidad en esa actividad delictiva.
La experiencia le había enseñado que la “merca” no podía estar en su domicilio y decidió que el lugar indicado para almacenarla era el panteón que guardaba los féretros de su familia (Rodríguez-Hernández).
En 2007, en el marco de la investigación de una banda de narcotraficantes, se allanó la vivienda del por entonces “sospechoso”, en calle Ceferino Namuncurá, de Villa Regina.
Allanen el panteón
El 26 de octubre de 2007, a las 18.30, fue allanado el panteón N° 74 del cementerio de Villa Regina. Personal policial de Toxicomanía de la Policía de Neuquén había recibido una extraña, pero precisa llamada anónima: “Rodríguez oculta panes de marihuana en el interior del féretro que poseía la leyenda ‘Hernández A.N.R.S. 28/12/89’, colocado en la bandeja superior del mausoleo”.
En minutos se corroboró la veracidad del denunciante. En la bandeja inferior, los investigadores hallaron una cuchilla tipo carnicero sin mango, con restos de la sustancia vegetal.
Ante semejante precisión, el juez de turno dio la orden de allanamiento. En minutos se corroboró la veracidad del denunciante.
Entre los restos óseos del ataúd se encontraron cinco ladrillos de marihuana. La droga fue remitida a la Policía Científica de Gendarmería Nacional y se estableció que los ladrillos pesaban 4,656 kilos de los que se podían extraer 8.761 dosis, o sea “porros”.
Para hacer “honor” a las demoras que caracterizan a la mayoría de los tribunales federales donde se acumulan miles y miles de causas, debieron transcurrir más de siete años para que el caso se ventilara en un proceso oral y público.
“Yo no fui”
Rodríguez negó la acusación y trató de defenderse señalando que el día antes del allanamiento su hija había descubierto la droga. “Yo fui el día después a arreglar la cerradura”, sostuvo, para demostrar que había sido “reventada” por los supuestos “narcos” que ocultaron los panes de marihuana y que le habían tendido una “cama”.
En los alegatos, la fiscal Mónica Balaguer pidió cuatro años y seis meses de prisión para el imputado Rodríguez, por el delito de almacenamiento de estupefacientes.
A su turno, el asesor letrado Juan Luis Vincenty planteó diversas nulidades y solicitó la absolución. En caso de condena, el abogado oficial entendió que no correspondía almacenamiento de estupefacientes sino por tenencia simple.
Uno de los argumentos esgrimidos por Vincenty fue que no se podía tener en cuenta un llamado anónimo para el allanamiento en el cementerio.
Pueblo chico...
Al momento de las conclusiones, el tribunal rechazó todas las nulidades planteadas por la defensa. Respecto al llamado anónimo, los jueces lo encontraron justificado.
“El allanamiento del domicilio de Rodríguez fue un hecho público y notorio, potenciado en una localidad de las características de ‘pueblo chico’, lo que motivó el anónimo”.
El tribunal hizo hincapié en “la violencia que utilizan los delincuentes vinculados con el narcotráfico para vengarse de quienes los delatan, costándoles la vida a muchos de nuestros buenos ciudadanos que lo han hecho”, para reforzar su postura sobre la llamada anónima.
Entre los testimonios de testigos que declararon en el juicio o que no concurrieron y se incorporaron por la lectura de lo declarado en la instrucción, hubo uno que resultó lapidario para el acusado.
“Rodríguez frecuentaba con frecuencia el panteón familiar, en muchas oportunidades iba acompañado de su hija, de su esposa o de sus tíos. Las visitas eran de aproximadamente 20 minutos. Pero el día del allanamiento, Rodríguez estuvo como una hora adentro. Su mujer lo acompañaba, pero se quedó afuera mirando a ambos lados, como vigilando”.
Los dichos de Carlos Horacio Maripil, sereno del cementerio, fueron suficientes para condenar.
Para aplicar los cuatro años y seis meses reclamados por la fiscal, los camaristas tuvieron en cuenta “el lugar escogido para ocultar la droga, que debe ser consagrado al especial respeto y devoción”.
Y si el ocultamiento de droga en el féretro de un ser querido resulta insólito, lo más sorprendente es que el tribunal, además de ordenar el secuestro de todos los elementos vinculados al almacenamiento de drogas, la destrucción de los panes y la sentencia en contra de Rodríguez, dispuso “el decomiso del panteón N° 74 del cementerio del municipio de Villa Regina, provincia de Río Negro”.

